La industria alemana pide subvencionar la luz hasta 2030
Alemania es el único país industrial del mundo en recesión técnica. Es la frase que abre el escrito que un sindicato del sector ha hecho llegar a sus afiliados, traducido después para su disección. El próximo 2 de noviembre, a las 12 de la mañana, las grandes empresas industriales del país se detienen una hora. En toda una carrera en el sector, será la segunda o tercera convocatoria de este tipo; a ninguna de las anteriores le dieron semejante despliegue.
La petición es una sola y chirría viniendo de quien durante décadas fue
la locomotora europea: que el Estado subvencione la electricidad industrial. Sin esa ayuda, sostiene el escrito, la producción alemana no es competitiva, y los países con energía más barata se están quedando con los pedidos, las fábricas y la inversión.
¿Cuánto ha caído la producción industrial alemana?
La respuesta está en el propio informe sindical, y no es amable.
La industria cerámica y del cristal produce una octava parte menos que hace cinco años; la papelera y la del metal, una sexta parte menos; la química, una quinta parte menos. En esos recuentos no entra la automoción, fuera de ese ámbito sindical, aunque
el palo allí se presume mayor.
El resto del diagnóstico apunta igual de mal: un buen número de empresas ha puesto en marcha programas de ahorro, reestructuraciones y ajustes de plantilla. Y Alemania aparece como caso único entre las naciones industriales: mientras otras crecen o se estancan, ella encadena contracción.
El precio de la luz que duplica la factura industrial
El informe sitúa el origen en dos golpes encadenados: la pandemia y la guerra de Ucrania con sus sanciones a Rusia. Resultado:
el precio de la electricidad para la industria se ha multiplicado por dos. En Francia, Estados Unidos y China la energía se paga mucho más barata, y esos países pueden arrebatar industria e inversiones a Alemania. Otro marcador apunta en la misma dirección: el PMI alemán, en
37 cuando se esperaba 38, frente al 48 español. Por debajo de 50, contracción.
La consecuencia no es abstracta. Con costes energéticos disparados, quien tenía previsto invertir en Alemania deja de hacerlo: nadie monta una planta donde no puede garantizar precios de producción competitivos. El efecto se retroalimenta, y el sector lo resume sin adornos: si no hay inversión, no hay fábrica; si no hay fábrica, no hay empleo.
2,4 millones de empleos y un cuarto de billón de euros en juego
¿Renunciar a la industria intensiva en energía? El escrito responde con cifras:
2,4 millones de empleos directos, un cuarto de billón de euros de valor al año y 90 millones de euros en impuestos. Renunciar a eso es renunciar, dicen, al propio Estado del bienestar.
¿Y no se pueden comprar fuera las materias primas intensivas en energía? Tampoco: romper la cadena de suministro puede provocar paradas constantes —algo que la crisis del coronavirus ya enseñó—, dispararía la dependencia de terceros países y multiplicaría las emisiones del transporte. A la vez, la transformación digital y climática exige inversiones enormes, y con estos precios no se harán en Alemania.
¿Quién paga la subvención eléctrica a la industria alemana?
Con los fondos de estabilización de la economía, responden. Se subraya que la ayuda sería
temporal, hasta 2030, cuando el 80% de la energía alemana debería ser renovable y la industria volvería a competir por sí sola. Voluntad política, dicen, es lo único que falta. También se recuerda que Francia lleva tiempo subvencionando la electricidad a su industria, un extremo que queda pendiente de confirmar con datos franceses.
La letra pequeña es la de siempre: los fondos son dinero público. Y en pleno episodio inflacionista, inyectar más gasto para abaratar la energía industrial es, según una de las lecturas que circulan, un plan sin fisuras.
«Bienvenidos a los PIGGS», ironizan, metiendo a Alemania en el mismo saco que Portugal, Italia, Grecia y España. Ahí queda abierto si el contribuyente tiene algo que opinar sobre su propia factura.
BASF y la inversión que se va a China
El termómetro no es el discurso, sino los balances. BASF ha presentado sus resultados del tercer trimestre y ha anunciado recortes de inversión para los próximos años, sobre todo en Europa. Su acción subió ese día un
4,45%: el mercado lee los recortes como buena noticia para el accionista.
En la cúpula, el movimiento es revelador. La responsable del negocio europeo salió de la empresa en febrero, y el favorito para dirigir el grupo es el consejero que supervisa las operaciones en China, partidario de expandirse en Zhanjiang antes que en Europa. De fondo, la pregunta de una analista de Goldman Sachs en la presentación de resultados sobre descarbonizar más rápido en otras regiones. El traslado es literal: la industria intensiva en energía se plantea producir donde la energía no sea el problema.
Y no es solo Alemania. Hay quien apunta que, con los aranceles a los vehículos chinos en camino, a España le tocará vender energía barata al socio industrial mientras le compra sus coches. Los bares llenos nunca han sido señal de prosperidad; y las fábricas vacías no se llenan solas.
¿Puede una economía costearse su propia transición energética sin subvencionarla, o la factura acaba siempre en el mismo bolsillo?