Qué se atribuye a Marruecos sobre Sánchez y qué sigue sin probarse
Un nombre técnico,
Pegasus, se ha colado en la conversación sobre Marruecos y el Gobierno de España. El programa lo fabrica la firma israelí NSO Group y su sola mención ha servido para alimentar toda clase de hipótesis sobre lo que un servicio de inteligencia extranjero podría tener guardado del presidente del Gobierno y de su entorno. De fondo late una pregunta sencilla: ¿qué hay de cierto y qué es literatura?
Conviene separar dos cosas desde el principio. Una es la herramienta: Pegasus es un programa de espionaje, un hecho técnico verificable. Otra, muy distinta, es la historia de un supuesto chantaje permanente de Marruecos sobre el PSOE. De la primera hay documentación; de la segunda, por ahora, solo relatos.
Pegasus: qué es y por qué aparece en la ecuación
Pegasus es un
software de vigilancia desarrollado por NSO Group, una empresa israelí que lo vende a gobiernos y agencias. Su capacidad para infectar teléfonos móviles sin que el usuario note nada lo ha convertido en objeto de deseo de cualquier servicio secreto y en munición de decenas de escándalos internacionales. En el caso español, su nombre ha quedado pegado a la sospecha de un espionaje que nunca se ha demostrado del todo en público.
El detalle importa porque marca la frontera entre lo comprobable y lo imaginado. Existe una tecnología; lo que no existe es una prueba pública de qué contenía exactamente esa información ni de quién la usó para qué. Ese hueco es justo el que ocupan las teorías.
Dos relatos opuestos sobre quién chantajea a quién
Una parte del análisis sostiene que Marruecos maneja información comprometedora —de índole turbia, se repite— con la que presionaría de forma continuada al Ejecutivo. La acusación se lanza sin aportar un solo documento y se apoya en el clásico «me lo han contado».
En el extremo contrario circula el relato invertido: que sería España quien maneja a Marruecos, que el país vecino actuaría como brazo ejecutor y que su economía depende del grifo español. Se llega a afirmar que España representa buena parte del PIB marroquí y que un cierre comercial desataría una crisis en la monarquía alauí. Ambas versiones, la del chantaje y la del control, conviven sin que ninguna aporte respaldo.
Del 11M a la fundación del PSOE: el cóctel conspirativo
El asunto arrastra una maraña de episodios históricos mezclados sin orden: la refundación del PSOE en el congreso de Suresnes en 1974, la supuesta financiación con dinero de Washington y de Arabia Saudí, la dimisión de Adolfo Suárez en enero de 1981, el intento de golpe de Estado del 23F ese mismo febrero y los atentados del 11M. Todo presentado como una conspiración única y encadenada, sin un solo documento que ate las piezas.
Hay incluso quien rebate esa cronología con datos elementales: el PSOE es anterior a la propia CIA, de modo que la tesis de que el partido fue creado por el servicio secreto estadounidense se cae por su propio peso. La corrección, sin embargo, no frena el relato. Por el camino aparecen también insinuaciones de conducta íntima que no se sostienen con ningún dato ni resolución y que se lanzan como simple munición dialéctica.
Por qué la historia no termina de caer
Aunque todo esto fuera falso, el asunto no se apaga. La razón es que el relato del chantaje funciona bien: explica la parálisis política, da sentido a decisiones que no se entienden y ofrece un culpable único a problemas complejos. Una teoría que lo explica todo siempre encuentra público.
Frente a ella, el argumento más sólido no es otro que la ausencia de pruebas. El empeño en que todo esté a punto de estallar contrasta con que, hasta la fecha, no haya aparecido ningún documento que confirme ni el contenido ni el mecanismo del supuesto chantaje.
Hay un dato que descoloca a quien espera un terremoto: la historia sigue exactamente donde empezó y, hasta la fecha, nadie ha mostrado el documento que lo demuestre.