Contables, taxis y atención al cliente: el punto de mira de la IA
En 2015 se hablaba de
inteligencia artificial sin que existiera nada potente que la respaldara. Años después, la pregunta que abre el asunto es incómoda y muy concreta: ¿habéis visto ya a alguien perder el trabajo por la IA? La respuesta, en la práctica, no llega con nombres y apellidos. Lo que sí aparece es un diagnóstico de urgencia: sectores enteros
patas abajo, profesionales que empiezan a quejarse y la previsión de que miles pierdan clientes o que sus empresas les den la patada en cuanto puedan. El aviso va dirigido, de entrada, a los programadores.
Ahí se parte el terreno en dos. Un lado sostiene que el cambio ya está en marcha y que solo lo percibe quien está dentro del sector. El otro exige pruebas y no las encuentra. Entre ambas aguas flota una idea recurrente: la tecnología destruye más empleo del que crea. Y por debajo, una duda económica que nadie cierra: si se produce más con menos gente, ¿quién compra lo producido?
Qué trabajos se citan como los primeros en caer
La contabilidad es el primer nombre propio. Hay quien afirma que esa tarea ya la ejecuta un programa
totalmente solo. Enfrente, la réplica llega rápido: decidir en qué cuenta contable va un gasto exige un criterio que, a día de hoy, una máquina no tiene.
Los taxistas son el caso más repetido. Con las aplicaciones, el alquiler de coches entre particulares y los vehículos compartidos, el negocio tradicional habría perdido ya una parte relevante de su clientela. La atención al cliente se suma a la lista, igual que las cajas de autoservicio de los supermercados. Aquí el argumento es poco habitual: no solo desaparecen puestos, es que una parte del público celebra librarse de ellos.
Siete empleos destruidos por cada uno creado, según una cita atribuida
El dato más repetido viene con firma ajena: la tecnología destruye
siete empleos por cada uno que crea, según la cita atribuida al economista Niño Becerra. Con esa premisa, el círculo se cierra solo. Se produce más con menos empleados, pero menos gente trabaja y, por tanto, menos gente puede comprar lo producido.
La proyección más ambiciosa apunta al transporte: según un cálculo lanzado en el hilo, los conductores —camioneros, repartidores, taxistas, autobuseros— representan en torno al
20% del trabajo total mundial, y su automatización empujaría el trabajo hecho por máquinas del
40% al 60% en pocos años. Las cifras completas de esa secuencia, con su ritmo de implantación, son el pasaje más detallado de todo el análisis.
¿Existe de verdad la inteligencia artificial fuerte?
La frontera que ordena esta parte de la discusión es la de la llamada
IA fuerte, la que investigaría y experimentaría por su cuenta, día y noche, sin supervisión. Para una parte del análisis sigue siendo ciencia ficción: no hay una línea progresiva que lleve hasta ella ni se atisba el conocimiento necesario sobre cómo funciona el cerebro humano.
Eso no impide que la IA débil haga bien una tarea concreta, y mejor que un humano en muchos casos. La discrepancia está en si eso es inteligencia o solo automatización sofisticada. El matiz importa poco al empleado que ve desaparecer su función, pero mucho a la hora de calcular cuánto queda por caer.
Cómo se mide si un sistema es inteligencia artificial o solo software
Un programa que abre y cierra válvulas en una central nuclear o que controla un semáforo no es inteligencia artificial. Sí lo es, en cambio, un sistema experto que analiza imágenes con redes neuronales entrenadas con miles de casos de problemas neurológicos, porque aprende y generaliza. Con ese rasero, buena parte del ruido se cae solo.
Las limitaciones actuales también tienen ejemplos concretos. En una prueba clínica, un sistema que movía servos fallaba una de cada cien veces: suficiente para descartarlo con pacientes por sistema. En traducción técnica, el software generó tal caos que hubo que recuperar a la traductora de siempre para ordenar los textos. Y en descubrimiento de fármacos, los modelos matemáticos los siguen construyendo científicos y programadores, que no se ven reemplazados.
El precedente: calculadoras, CAD y coches autónomos que no llegan
La comparación histórica es el argumento más socorrido de quienes piden calma. La calculadora no acabó con los contables, el CAD no acabó con los arquitectos y MATLAB no acabó con los ingenieros. La IA sería un asistente que se lleva lo farragoso; quien no sepa usarla, eso sí, se quedará obsoleto.
En el otro lado, la respuesta es una fecha:
1886, cuando el automóvil se despachó como una carreta más cara. Y un matiz que rebaja el entusiasmo: los coches sin conductor no se ven por la calle. El cuello de botella señalado está en la duración de las baterías y en la resistencia de parte del público a soltar el volante.
El balance queda en el aire. Los sectores señalados son siempre los mismos —contabilidad, transporte, atención al cliente—, pero el despido con nombre propio no aparece por ningún lado. Y el problema de fondo sigue sin respuesta: si las máquinas hacen el trabajo y las nóminas desaparecen, el mercado que las justifica se queda sin clientes. Nadie ha cerrado ese círculo.