Por qué esta generación se queda sin hijos y afronta sola su vejez
¿Se puede vivir toda una vida sin descendencia y no lamentarlo? La pregunta ya no es retórica. Una parte creciente de los adultos de este país —la que algunos llaman la
generación sin hijos— no tendrá descendencia, y con ella se abre un asunto que mezcla dinero, soledad y biología. El diagnóstico con el que arranca el planteamiento es tajante: sería la generación con menos hijos de la historia. A partir de ahí, el terreno se parte en dos.
La tesis: sin hijos no hay continuidad
Un primer bloque sostiene que sin descendencia no queda proyecto. No hay a quién legar propiedades, objetos ni recuerdos; nadie pondrá flores, nadie contará las anécdotas. Quien defiende esa idea lo formula sin adornos: llegará la madurez, se acabarán las juergas y los ligues, y con ellas asomará un
vacío por un linaje que se extingue. La imagen es potente y, también, indemostrable: nadie sabe qué sentirá otro dentro de tres décadas.
El propio planteamiento recurre a la idea de legado: fotos, cartas, revistas que alguien conserve. Es una definición clásica de trascendencia, la de la familia como archivo. Quien no la comparte responde con el mismo argumento invertido: la memoria se pierde igual, y en tres generaciones no queda ni un recuerdo. De ahí la conclusión inversa: el arrepentimiento puede ir en los dos sentidos, y hay quien dice sentir
alivio de no dejar a nadie en un futuro que juzga hostil.
El freno económico: sin estabilidad no hay familia
El argumento con más recorrido no es moral, sino de nóminas. Formar una familia exige antes una pareja estable, y las condiciones laborales no acompañan: trabajos precarios, la imposibilidad de jubilarse en un mismo puesto y una vida laboral que se alarga sin remedio. El resumen que se repite es que solo se dispone de unos
veinte años de estabilidad aparente, justo la franja en la que se buscan pareja y se decide tener hijos.
Otra corriente apunta a los efectos secundarios del modelo: una mujer que se queda embarazada necesita una red —vivienda, sueldo, tiempo— que el mercado no garantiza. Detrás asoma una queja más amplia: la sensación de que el sistema premia trabajar sin proyecto y castiga formar una familia. Sin cifras cerradas, el diagnóstico compartido es que el problema no es de ganas.
Algunas voces llevan el diagnóstico al terreno migratorio y hablan de una sustitución demográfica; es un pronóstico que no se sostiene con los datos que manejan los propios mensajes y que se lanza como consigna, no como cálculo.
¿Quién cuida a quien no tiene hijos?
Aquí aterrizan los casos concretos. Un relato cuenta que cuida a su abuela con alzhéimer y se pregunta dónde acabará; otro describe a una vecina mayor llevada a una residencia entre gritos y aferrada a la puerta; un tercero lamenta que sus primos apenas pisaran el hospital mientras su madre cargaba con dos familiares enfermos. La conclusión práctica no es tener o no tener hijos, sino contar con
cuidados paliativos y con alguien que responda.
La tardoadolescencia como plan de vida
No todos ven drama. Una corriente sostiene que el modelo ha cambiado y que los adultos de 60, 70 y 80 años seguirán comportándose como si tuvieran 30, apoyados en fármacos, en algo de dinero y en ocio diseñado a su medida: locales, aplicaciones, viajes, series. La tesis es que la fiesta puede durar hasta el final, con un arrepentimiento de última hora que ni cambia nada ni molesta a nadie.
La propuesta más polémica: regular la gestación subrogada
En el tramo final, una parte plantea que quien no logra pareja no debería renunciar a la paternidad y reclama
legalizar la gestación subrogada como contrato para quien quiera ser padre en solitario; el argumento es que se crea una vida sin perjudicar a terceros. La objeción no tarda, aunque llega en forma de descalificación hacia quien la propone. A la fecha del planteamiento, la propuesta sigue siendo una demanda sin cauce legal.
El punto ciego
La división real no es tener o no tener hijos. Es quién puede decidirlo con medios: vivienda, sueldo estable, tiempo y una red que no sea una trinchera. Mientras se discute si uno se arrepentirá a los ochenta, la cifra que nadie pone sobre la mesa es la de cuánta gente se queda fuera por el camino. Los nietos, si aparecen, ya veremos quién los cuida.