Tener un hijo sin pareja: la factura de la maternidad en solitario
Una mujer sin pareja puede tener hoy un hijo con una clínica, un donante anónimo y una tarjeta de crédito. La vía que se cita como equivalente para los hombres —la gestación subrogada en Estados Unidos— se cifra en
120.000 euros. Y ahí arranca todo el ruido. Una parte del análisis lee el fenómeno como un triunfo del individualismo extremo dentro del capitalismo: si apetece un hijo y da
pereza sostener una relación estable, se paga y se resuelve. Otra lo lee como una decisión privada que a nadie importa. En medio queda la pregunta que nadie esquiva: si el sueldo se acaba, ¿quién paga?
¿Cuánto cuesta tener un hijo sin pareja?
El coste de la reproducción asistida con donante se abona entero en el momento de decidir. No hay segunda nómina que amortigüe el mes malo ni pareja que reparta el recibo. Esa es la parte que el folleto no destaca.
La cifra que ordena la comparación es la del vientre de alquiler estadounidense:
120.000 euros, un desembolso que solo está al alcance de un bolsillo muy concreto. La inseminación se presenta como la opción económica y repetible, aunque el gasto real no termina en el nacimiento. Lo caro viene después, y se paga durante veinte años.
Hay además una letra pequeña en el mercado de donantes. Se sostiene que el número de candidatos aptos es bajo y que la calidad del semen en Europa empeora. Una parte del análisis va más lejos y duda del perfil de quienes donan a cambio de dinero; la sospecha circula sin más respaldo que el prejuicio, pero circula.
Quién paga la crianza: Estado, impuestos y abuelos
El argumento económico más repetido no va del parto, va de la nómina. Se afirma que buena parte de estas maternidades se apoya en una renta estable —empleo público, patrimonio familiar— y que el coste diferencial acaba socializado en guardería, sanidad y ayudas. La versión más dura del argumento sostiene que el contribuyente termina manteniendo al hijo de otro.
El relato que acompaña a estas decisiones se vende a menudo como una maternidad
monomarental, empoderada y resiliente, sostenida por una red de
sororidad entre amigas que, en los casos descritos, tiende a diluirse en cuanto aparece el primer problema serio. La red aguanta el embarazo. La red no aguanta un niño con fiebre un martes a las tres de la mañana.
Los casos concretos que se describen apuntan en la misma dirección por otra vía. Una funcionaria que pasa de los
45 años y compra el óvulo ya fecundado. Una mujer de
46 con un hijo de tres cuyos abuelos tienen 80. Cuando el apoyo familiar falla, el sustituto del segundo progenitor no suele ser el Estado: suele ser el abuelo, y después la residencia.
Madres a los 44, hijos a los 20, abuelos a los 80
El problema demográfico no es la intención, es la aritmética. Un hijo nacido cuando la madre tiene 44 años cumple veinte cuando ella tiene
64. El chaval entra en la edad de las oposiciones y del primer alquiler mientras su madre entra en la edad de las revisiones médicas.
La jornada que se describe en guardería —de
8:00 a 20:00— cuenta la parte que no sale en los titulares: media infancia transcurre en una institución, no en casa. No es un juicio moral, es un horario.
¿Qué pasa con los niños que crecen sin padre en casa?
Es la objeción con más carga. Se afirma que la ausencia de una figura paterna eleva las probabilidades de dependencia prolongada y de problemas de conducta, y se citan estadísticas estadounidenses según las cuales la mayoría de la población penitenciaria creció en hogares sin padre. Conviene tratar esas cifras como lo que son: una hipótesis con respaldo parcial, no un destino escrito.
En el otro lado se apunta algo más elemental. No todos los hogares sin pareja son iguales y no todos acaban mal. Las familias extensas —tías, hermanos, vecinas— llevan generaciones criando niños sin padre delante, y eso no convierte a cada uno de esos niños en un caso perdido.
La doble vara con la gestación subrogada
El punto que más incomoda es la asimetría. Se denuncia que la maternidad en solitario se acepta como ejercicio de libertad mientras la gestación subrogada se describe como
compraventa de niños, y que ese doble rasero deja a los hombres sin la vía equivalente. Para unos es protección del más débil; para otros, una regulación que decide de antemano qué deseos reproductivos son legítimos.
Con el coste de la vivienda donde está y la edad del primer hijo al alza, la previsión razonable es que la maternidad en solitario de pago gane terreno, sobre todo donde hay sueldo público y patrimonio detrás. Que la factura se discuta no significa que se reparta. Cada vez que el mercado diseña una vía nueva, la política tarda dos legislaturas en decidir cómo llamarla.