Occidente se queda sin munición: la industria no da abasto
Las economías más tecnificadas del planeta, con los presupuestos de defensa más abultados, no consiguen fabricar al ritmo que exige una guerra de desgaste en Europa. Ese es el resumen crudo de los dos artículos que abrieron este asunto: uno titulaba que Occidente se queda sin misiles para Ucrania; el otro acotaba el problema a EEUU, cuyo suministro está al límite.
Los Javelin no son infinitos. Las fábricas, y los materiales, no dan abasto. Con la contienda a punto de cumplir tres meses se pone en duda algo que se daba por descontado: que la OTAN podía inundar de armamento a quien quisiera durante el tiempo que hiciera falta.
El Javelin no es infinito: qué se agota y qué se escenifica
Los enormes aviones C-17 despegan casi a diario desde la Base de la Fuerza Aérea de Dover, en Delaware, cargados de misiles antitanque Javelin, antiaéreos Stinger, obuses y otra munición que EEUU envía a Europa del Este para reabastecer al ejército ucraniano. El presidente Joe Biden tenía previsto visitar una planta para subrayar la importancia de esas armas a la hora de cambiar la situación de la guerra. La escenografía, sin embargo, admite lo incómodo: la misma información que airea la producción reconoce que Washington se acerca a un límite en las armas que puede entregar.
El arma estrella de la primera fase del conflicto es también la que antes enseña su techo. Un misil contra carro no se fabrica como una lavadora: requiere componentes específicos, plazos largos y una cadena de Proveedores que no se improvisa. Cuando la demanda se multiplica en semanas y la oferta se mide en años, el cuello de botella aparece antes en el taller que en el campo de batalla.
De dónde salen los chips, las balas y hasta las mascarillas
Buena parte de los análisis que circulan no culpan al dinero, sino al tejido industrial que se dejó marchar. Se señala el parón de la producción china de semiconductores durante la pandemia como factor añadido, con una coletilla que admite que la coincidencia se presta a la sospecha y sin aportar prueba alguna. Y se recuerda el precedente doméstico: durante la crisis sanitaria no hubo forma de fabricar mascarillas a escala, porque casi todo llegaba de Asia y montar una fábrica no es cosa de un día.
El espejo español se pone sin pudor. Se sostiene que no hay planta preparada para surtir ni la munición de los entrenamientos, hasta el punto de que
como mucho disparan tres veces al año. Quien defiende esta tesis insiste en que mandar la producción a China porque es más barato tiene estas facturas diferidas: la capacidad se va y no vuelve cuando la necesitas.
¿Falta de capacidad industrial o falta de voluntad de pago?
Frente al relato del agotamiento se levanta un argumento incómodo: quizá no falten fábricas, falte chequera. La sospecha que recorre esta parte del asunto es que la producción arranca en tiempo exprés en cuanto aparece un comprador con dinero contante, y se pone el ejemplo de un socio petrolero al que nunca le faltó género. En esa lectura, la escasez sería selectiva y la caridad infinita no figura en ningún presupuesto.
Hay una tercera vía, menos épica y más contable. Se apunta a una
industria militar inflada por sobrecostes y comisiones donde trinca todo el mundo, comparable a lo ocurrido con las mascarillas en Madrid pero
a una escala descomunal. Si el problema fuera solo de fábricas, resulta difícil explicar por qué los plazos se estiran también cuando el dinero ya está aprobado.
El misil que caduca y por qué se lanza para no desmontarlo
Los misiles no esperan. Tienen fecha de uso y un final administrativo tan caro que a veces sale más barato dispararlos en maniobras que desguazarlos: hasta España lanza de vez en cuando proyectiles carísimos para deshacerse de ellos. Es el detalle menos comentado del asunto y explica por qué ciertos arsenales se consumen aunque nadie los use en combate.
En el capítulo de cifras se maneja un misil de crucero en torno al
millón de euros la unidad, con varios miles disponibles entre distintas plataformas de lanzamiento. También se afirma que solo España podría producir un millón de proyectiles de 155 milímetros al año, dato que, de ser cierto, dibuja una UE mucho menos desarmada de lo que sugiere el titular.
Rusia tampoco va sobrada y el desgaste es mutuo
La otra cara de la moneda es que el desgaste no es patrimonio de un bando. Se describe una táctica rusa de mandar carros baratos a montones con tropa poco entrenada que se curte o muere, brutal pero eficaz a plazo largo. Y se recuerda que las guerras contra Estados continentales no se ganan con sanciones, un instrumento que funciona contra economías pequeñas y no contra potencias con recursos propios.
A eso se suma la memoria larga. Se recuerda quién abasteció a la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial cuando su industria se desmoronaba, y se apunta la posibilidad de que Moscú devuelva la moneda con el mismo manual que se usó para desangrarla entonces. Hay predicciones sobre el futuro del propio Estado ruso y quien las lanza no las matiza.
El asunto resucitó tiempo después, ya con dieciséis meses de contienda, y con un detalle revelador: se vieron proyectiles fabricados en 2023 en manos del ejército ucraniano, señal de que se tira de producción nueva y no solo de fondos de almacén. La clave no está en si Occidente tiene fábricas, sino en cuánto tarda en convertirlas en cartuchos útiles. Y quién paga esa factura cuando la guerra dure más de lo previsto