Un supuesto reptiliano respondiendo preguntas en internet
Autor: «Soy agente de desarrollo de proyectos especiales reptilianos». Sujeto: un personaje que responde preguntas en un tablón digital español. Resultado: ninguna prueba verificable. La paradoja no es que alguien diga ser reptiliano: es que una ficción tan elemental siga coleando.
El mensaje que abre la conversación marca las reglas desde la primera línea: el supuesto agente responderá solo a lo que no dañe a su especie ni
menoscabe su propiedad sobre la raza humana y sus obras. A partir de ahí despliega un pequeño universo doctrinal que se sostiene, como casi todo en este género, en la palabra del narrador.
El camuflaje, la hibridación y la geopolítica del personaje
El camuflaje, según el relato, ya no se hace con pieles sintéticas —un método que, dice, dejó de usarse en
1989— sino con una imagen tridimensional proyectada sobre el cuerpo, a modo de holograma. Sobre la hibridación entre especies admite que se ha practicado siempre y se sigue practicando, aunque se niega a dar detalles porque comprometería proyectos en curso de sus genetistas.
El repertorio técnico sigue: reconoce que tiene cola y que pasa frío en invierno, de ahí su necesidad de fuentes de calor extra. Si le cortasen la cola no habría drama, afirma, porque dispone de medios artificiales para regenerar cualquier parte del cuerpo perdido. Y la serie de televisión
V, en su versión, no fue más que un proyecto de su sección para introducir la narrativa reptiliana en el inconsciente colectivo.
¿Qué opina el reptiliano sobre Cataluña y sobre Franco?
Según el personaje, el conflicto catalán es un proyecto de su departamento de geopolítica destinado a generar crispación y división, y lo describe como irresoluble por diseño:
Cataluña no será independiente, pero España tampoco se librará nunca del independentismo, con fases de tensión aguda seguidas de largos tramos de calma. La parte incómoda del argumento es que describe la política real como una coreografía ajena, sin aportar nada que sostenga la afirmación.
Sobre el anterior jefe del Estado sostiene que trabajaba para ellos sin ser uno de los suyos, y añade que esa confusión —creer que quien sirve es quien manda— perjudica a más de un gobernante. Son declaraciones, obviamente, sin respaldo alguno. Lo llamativo no es lo que dicen, sino la seguridad con la que un personaje se atreve a tocar cualquier tema.
El relato se agota y entra la burla
A medida que avanza la conversación, la fórmula se desgasta. Las preguntas dejan de buscar revelaciones y empiezan a buscar el chiste: si el personaje podría hibridar con alguien, si come gusanos o angulas, si bebe cerveza, si se le puede denunciar, si en su especie se liga con música distinta. Alguna interpela directamente a otro responsable del lugar para preguntar si también es reptiliano.
Aparece entonces el rasgo más reconocible de estos espacios: el personaje deja de ser una fuente y pasa a ser el material con el que se juega. Un participante se inventa a su vez un embajador de otra civilización que dice manejar al reptil; otro sostiene que el propio reptil no es más que un esclavo. La autoridad del relato se disuelve entre bromas, y el que empezó mandando acaba ridiculizado.
Cuando el personaje se cruza con los bulos de siempre
En el tramo final la conversación deriva hacia viejos relatos conspirativos —documentos apócrifos, planes de ingeniería social atribuidos a supuestos poderes ocultos, programas de modificación del clima— que en ningún momento se acreditan con pruebas. Conviene decirlo con claridad: esas teorías, empezando por las que atribuyen un poder secreto a grupos religiosos o étnicos,
carecen de base y han sido desmentidas en repetidas ocasiones. Aquí funcionan solo como decorado del personaje.
También hay hueco para el escepticismo útil. Alguien pregunta si la sociedad humana sería distinta sin esta supuesta injerencia, o si una especie tan avanzada no tendría formas más productivas de pasar el tiempo que vigilar a otra. La duda, más que la respuesta, es lo que sostiene el interés.
Qué queda después de la conversación
Con todas sus respuestas repartidas a lo largo de la conversación, el balance es que nadie ha ganado. El personaje no ha convencido a nadie; sus interlocutores tampoco han desmontado nada, porque no hay nada que desmontar. Y sin embargo, ahí sigue, con sus hologramas y su propiedad sobre la raza humana. ¿Qué dice de nosotros que una ficción tan elemental aguante mientras las noticias de verdad se olvidan en una tarde?