175.000 dólares por un robot que no discute ni envejece
¿Merece la pena pagar 175.000 dólares por un robot humanoide que sabe conversar, gesticula y no envejece? Esa es la pregunta que sobrevuela una discusión que arranca con un tuit que califica esa cifra de «ganga para todo lo que cuesta tener una mujer real» y que deriva, en cuestión de horas, hacia un asunto bastante más prosaico: qué materiales lleva, cuántos orificios tiene y si aguanta una discusión por gilipolleces cuando se aburre. El precio, lejos de ser el obstáculo, aparece en varios mensajes como el principal argumento de venta: hay quien calcula que con el 50% de su patrimonio le sale barata, y quien avanza que la versión 3.0 llegará por 20.000 pavos.
Qué sabe hacer el robot además de saludar
La primera pregunta que se hace cualquiera que vea el cacharro es la más obvia: ¿qué sabe hacer aparte de saludar? La respuesta que circula en la discusión es que conversa, hace gestos y poco más, con la coletilla de que lo de felar rabos, que es lo que interesa, no lo dicen en ninguna parte. La lista de tareas domésticas pendientes es la que marca el rasero real: hay quien exige verla con la fregona en la mano antes de decidir si merece la pena el esfuerzo monetario, y quien sentencia que cuando sepa cocinar, limpiar la casa y follar, adiós mujeres. Las lentejas, en concreto, aparecen como prueba de fuego.
El problema gordo, según varios mensajes, no es lo que hace sino lo que puede pasar mientras lo hace. Se apunta a que la batería explote en el momento menos oportuno, a que un calambrazo deje la polla como un calçot a la parrilla y a que el pinchazo de la coñoburbuja sea apoteósico. La versión Pro, bromea alguien, lleva incorporada la Thermomix.
El efecto valle inquietante y la cara de adicta al fentanilo
El rechazo estético es el otro gran bloque de la discusión. Se describe un efecto valle inquietante al mirarla y no verla con cara de oler mierda, ese gesto que, según el argumento más repetido, es lo que la delata como no real. La crítica va a la cara: parece que va hasta arriba de benzos, tiene la mirada demasiado perdida, los labios operados, botox y silicona por todas partes, y solo le faltan los tatuajes. Hay quien pide directamente una versión teen pizpireta sonriente e inocente, con rasgos más suaves e ibéricos, y quien se conforma con esperar a la versión que no tenga cara de adicta al fentanilo.
La comparación con las personas reales es el hilo conductor de casi todo. Se sostiene que ya hace más que las reales, que solo ponen cara de oler mierda cuando nos ven, y se celebra que simule a una rubia borracha a la perfección. Frente a eso, la alternativa que plantea otro mensaje es cruda: entre eso y mujeres con pene, me quedo con el cacho plástico.
Lo que la ley y el mercado harán con ella
La derivada regulatoria aparece pronto: se especula con que la CE sacará alguna regulación para impedir su comercialización, del estilo de no puedes comprarte una buenorra si no tienes antes cuatro o cinco diversas. Es la misma lógica que se aplica a los coches, y alguien lo compara directamente con los Ferrari: como los Ferrari, no envejece.
El cálculo económico se hace en voz alta y sin pudor. Si el 50% del patrimonio sale a cuenta, la compra está justificada. La versión 3.0 por 20.000 pavos se recibe con un shut up and take my money. Y hay quien avisa de que a las españolas se les va a acabar el chollo, con la coletilla de que el motor del cuello tendrá que ser resistente.
El chiste de la sirena y el problema de por dónde
El cierre más repetido es el chiste de los pescadores gallegos que sacan una sirena con las redes y, después de mirarla un rato, la vuelven a tirar al mar. El colega pregunta por qué y el otro responde: ¿por dónde? Es la síntesis de todo el asunto. Con 175.000 dólares de por medio, la pregunta sigue sin respuesta.