La selección femenina cae en penaltis y el debate explota: audiencia, calidad y polarización
Las semifinales olímpicas de fútbol femenino dejaron una imagen ambigua: España, que había estado a tres minutos de ganar en el tiempo reglamentario, sucumbió ante Inglaterra en la tanda de penaltis. Pero más allá del resultado deportivo, la conversación social se centró en la audiencia real del partido y en la calidad del juego, con una polarización que partió a la opinión pública.
Según las estimaciones que circularon durante el encuentro, la audiencia televisiva habría sido irrisoria: «no me puedo creer que más de 5.000 personas en todo el territorio vean esto», se aventuró, añadiendo que la cifra incluiría familiares, amigos y personal técnico. Este escepticismo sobre los datos de audiencia –habitual en los debates sobre deporte femenino– se combinó con críticas al nivel de juego: se señaló la lentitud, la falta de definición y el pobre rendimiento en los penaltis, descritos como «los más mediocres de los últimos años».
El rol de la portera alemana y los fallos de Salma Paralluelo
La heroína inesperada fue la guardameta alemana Ann-Katrin Berger, que realizó paradas decisivas durante los 120 minutos y mantuvo a su equipo vivo hasta forzar la prórroga. En el bando español, la delantera Salma Paralluelo fue señalada por errar ocasiones claras en los minutos finales y en la tanda –«Salma no define», «Salma vuelve a fallar», se repitió en la retransmisión–. Estos fallos individuales alimentaron la narrativa de que el equipo «se cagó en el momento clave», un diagnóstico que se extendió a la dirección técnica, criticada por no saber gestionar la presión.
Polarización: entre la celebración de la derrota y la defensa del equipo
Lo que más llamó la atención fue la división de la audiencia: una parte celebró abiertamente la derrota de la selección femenina, argumentando que así se evitaba una «matraca» mediática y que el equipo era «insoportable». Otros, en cambio, lamentaron la eliminación y denunciaron el tono de los comentarios, que llegaron a incluir descalificaciones personales hacia las jugadoras. El debate traspasó lo deportivo y se centró en la identidad del equipo, con referencias a la orientación sexual de las jugadoras –calificaciones que rozan lo difamatorio– y a la bandera LGTB asociada al conjunto.
Un fracaso que se repite: el peso de la directora técnica
La derrota en penaltis no fue un hecho aislado. Se recordó que la selección femenina ya había sufrido un fracaso en los anteriores Juegos Olímpicos, y que la actual directora técnica acumulaba dos grandes torneos sin éxito. La decisión de apostar por una entrenadora local –«porque entre chicas hay mejor comunicación»– fue puesta en duda, especialmente cuando se compararon los recursos invertidos con los resultados.
El partido, en definitiva, no solo resolvió quién iba a la final, sino que abrió una brecha en la percepción del fútbol femenino en España. Los datos de audiencia, la calidad del juego y la actitud del equipo quedaron bajo la lupa de una opinión pública que no encuentra punto medio. ¿Puede el deporte femenino superar este ambiente de polarización o se consolidará como un campo de batalla ideológico más?