Telecinco firma un 0% de audiencia en su franja musical
El último domingo del año dejó un registro que no se ve en una cadena nacional:
Miramimúsica, el clásico musical de madrugada, marcó un 0% de cuota de pantalla cerca de las siete y media de la mañana. No es que nadie viera el canal, es que el número de telespectadores no fue suficiente para aparecer en los informes oficiales de Kantar Media. El conjunto del día cerró con un
6,7% de media, el quinto peor dato promedio de toda la historia de la cadena, a solo una décima por encima de Cuatro.
La jornada fue un rosario de mínimos. El
prime time, la franja donde se decide la salud de una parrilla, se hundió con
La gran muralla, que firmó un 5% de share y medio millón de espectadores. La cinta posterior,
El guerrero nº13, bajó hasta el 4,5%. En la comida,
Vaya fama se quedó en un 5,4%. Los únicos puntos altos llegaron con
Fiesta, de Emma García, con un 8,7%, y el informativo de las nueve de la noche, con un 8,8%.
Una parrilla que pierde todas las franjas
El desglose del día dibuja una cadena que no gana en ninguna franja relevante. En la noche, la gala
Inocente, inocente de TVE monopolizó la audiencia con un 15%. Antena 3 siguió con
Una nueva vida y un sólido 10,4%. Por delante de Telecinco quedaron también
Muerte en el Nilo en Cuatro, con un 7,5%, y
Black Adam en La Sexta, con un 5,5%. La cadena de Fuencarral fue la última opción de la noche.
La madrugada tampoco salvó el día. El formato musical, que en la parrilla funciona como el programa que estira la noche hasta las primeras horas de luz, mantuvo una cuota del 1% a las cuatro de la mañana y del 3,5% a las seis menos diez. A las siete y media llegó el desastre: el
0,0%. Las reposiciones de
Got Talent recogieron el testigo y elevaron el dato hasta el 6,9%, pero el daño ya estaba hecho.
El diagnóstico del público: realities, cotilleo y público envejecido
La lectura que se hace del desplome apunta a un modelo agotado. Una corriente mayoritaria sostiene que la cadena lleva desde los años noventa intoxicando con realities, programas de cotilleo y formatos de salvamento, y que el público joven hace años que se marchó a Netflix, YouTube, Twitch o TikTok. El argumento demográfico es recurrente: la audiencia que queda es mayoritariamente mayor de sesenta años, y esa base se reduce sola con el tiempo.
No hay suficientes boomers para mantener todos los canales encendidos, resume una de las intervenciones más repetidas.
Hay quien va más allá y sostiene que el problema no es solo de formato, sino de quién paga la fiesta. La tesis que circula es que las cadenas privadas sobreviven en buena parte gracias a la publicidad institucional de los distintos gobiernos, y que ese colchón les permite ignorar el veredicto de la audiencia. La conclusión que se extrae: mientras llegue el dinero público, el desplome no obliga a cambiar nada.
En el lado opuesto, una minoría defiende que el error fue precisamente abandonar la fórmula que funcionaba. Quitar los programas de cotilleo clásicos, argumentan, fue un tiro en el pie, y la prueba es que la cadena termina recurriendo a ellos a la desesperada cuando los datos aprietan. La nostalgia por la parrilla de los noventa y dos mil aparece varias veces en la conversación, con la sensación de que aquel modelo tenía un público fiel que ahora no existe.
La televisión como la radio: el pronóstico que comparten todos
Más allá del caso concreto, el consenso transversal es que la televisión generalista camina hacia un modelo residual. La comparación que más se repite es con la radio: un medio que sobrevive con audiencias pequeñas, sostenido por estados y grupos empresariales, y que compite de tú a tú contra internet y las plataformas de
streaming. El horizonte que se maneja es que en dos o tres décadas todo esté entremezclado y que la parrilla tal y como se conoce hoy sea un recuerdo.
El dato del 0% tiene, además, una lectura técnica que conviene no perder. No significa que nadie estuviera viendo la cadena, sino que el número de espectadores no alcanzó el mínimo para aparecer representado en los informes oficiales. Es algo frecuente en cadenas autonómicas, pero en un canal nacional es una señal de alarma. La pregunta que queda flotando es sencilla: si el público ha dejado de mirar, ¿cuánto tiempo puede sostenerse una parrilla que solo se justifica por la inercia y la subvención?