Trabajan sin descanso y no ahorran un euro: ¿derroche o estrategia?
Hay una escena que se repite en muchas conversaciones de sobremesa. Alguien con un sueldo decente, jornada completa y ninguna deuda aparente confiesa que llega al día 25 con la cuenta temblando. No es un caso aislado. En el centro del malestar está una pregunta incómoda: ¿por qué quien más trabaja es quien menos margen tiene? El diagnóstico que más se repite apunta a un cambio de prioridades: se ha pasado de acumular para el futuro a gastar para no quedarse fuera del grupo. Quien no viaja, no cena fuera o no cambia de coche cada cierto tiempo empieza a ser mirado con extrañeza. Y eso tiene un coste.
La discusión sobre el ahorro se ha convertido en un campo de batalla. Por un lado están los que sostienen que
privarse de todo para acumular saldo es una condena: con los precios actuales, la vivienda inalcanzable y los salarios estancados, guardar dinero se parece más a una penitencia que a una estrategia. Por otro, los que advierten de que
llegar a la vejez sin colchón es una ruina anunciada y que, cuando vengan mal dadas, los que hayan ahorrado tendrán que sostener a los que no. La pelea no es solo económica. Es moral.
El coste real de mantener el estatus
El fenómeno tiene nombre en sociología: consumo posicional. No se gasta para cubrir necesidades, sino para no descender en la escala social del entorno. Un cálculo que circula entre los que analizan este comportamiento señala que
mantener el ritmo de cenas, escapadas de fin de semana y viajes low cost puede consumir varios cientos de euros al mes. En una ciudad como Barcelona, conocer todos los restaurantes de moda no es un hobby: es una factura.
La presión no viene solo de uno mismo. Hay quien describe
círculos sociales que funcionan como peajes: si no vas a la cena, si no te apuntas al viaje, si no cambias de coche, quedas fuera. Una participante cita a la escritora Carmen Lomana, que en una entrevista señalaba que la vida de los ricos es muy gastosa porque hay que estar a la altura en vivienda, ropa y clubes. Quien no sigue el ritmo, sale del grupo. Esa lógica, trasladada a la clase media, produce un efecto paradójico: se trabaja más para gastar más, y se gasta más para no perder el sitio.
¿Por qué se ha dejado de ahorrar?
La primera respuesta que aparece es la inflación.
Con una subida de precios acumulada que ronda el 40% en cinco años, según uno de los cálculos que se manejan, el dinero quieto pierde valor a una velocidad que desanima a cualquiera. Si el saldo de la cuenta se va a depreciar igual, ¿para qué privarse? La segunda es la vivienda: con los precios actuales y los salarios medios,
ahorrar para una hipoteca exigiría vivir como un mendigo durante décadas para acabar de pagarla dos días antes de morir. La tercera es emocional:
la conciencia de que la salud puede quebrar en cualquier momento empuja a disfrutar hoy, porque mañana no está garantizado.
Frente a esto, la defensa del ahorro se apoya en un argumento de hierro:
cuando llegue la próxima crisis, los rescatados serán los que no ahorraron, y los rescatadores, los que sí lo hicieron. Es la vieja fábula de la cigarra y la hormiga, actualizada. El problema es que la hormiga moderna, después de treinta años de privarse, descubre que lo que no disfrutó se ha perdido para siempre. La cigarra, mientras tanto, ha vivido.
El perfil del que no ahorra: ¿irresponsable o lúcido?
La caracterización más repetida es la del
figurista: alguien que se rodea de gente que solo le valora por lo que gasta y que acabará pidiendo dinero que nunca devolverá. Hay casos extremos:
un trabajador que pide adelantos de nómina a mitad de mes de forma sistemática para financiar caprichos, salidas nocturnas y alcohol. Pero no todos los que no ahorran responden a ese patrón. Muchos tienen hijos, hipoteca y una vida ordenada. Simplemente han decidido que el margen que les queda después de pagar lo esencial se destina a experiencias, no a un fondo que probablemente no les saque de pobre.
La discusión deriva a menudo hacia el juicio moral. Se acusa a los que no ahorran de analfabetos financieros, de tener un coeficiente intelectual bajo o de ser dependientes del Estado. Y se acusa a los que ahorran de cobardes, de pollaviejas que llevan décadas viviendo peor de lo que podrían para juntar 30.000 o 50.000 euros que no les cambian la vida. En medio, una generación que ha visto cómo el suelo se movía bajo sus pies y que ya no cree en las recetas de sus padres.
El ahorro como conflicto generacional y de clase
La brecha no es solo entre ahorradores y gastadores. Es también entre quienes heredaron un piso y quienes no, entre quienes tienen un empleo estable y quienes encadenan contratos, entre quienes pueden permitirse un año sabático y quienes no.
La vivienda se ha convertido en el gran separador: quien la tiene pagada o heredada puede permitirse gastar; quien paga alquiler o hipoteca vive con el agua al cuello. El discurso del esfuerzo choca con una realidad en la que el esfuerzo ya no garantiza nada.
Hay un dato que descoloca:
la tasa de ahorro de los hogares españoles ha caído en picado en la última década, y no solo por la inflación. También porque el modelo productivo empuja al consumo: sin demanda, las fábricas cierran, y el sistema necesita que la gente gaste. El capitalismo, dicen algunos analistas, ya no se basa en acumular, sino en consumir. Quien ahorra, en cierto modo, sabotea el engranaje.
¿Qué pasa cuando llega la jubilación?
La pregunta que nadie quiere responder es qué ocurrirá cuando esta generación llegue a los 70.
Las pensiones públicas se enfrentan a una presión demográfica creciente y los planes de pensiones privados no han calado en la cultura financiera española. Quien no haya ahorrado dependerá exclusivamente de la pensión, y quien haya ahorrado verá cómo su colchón se diluye en impuestos y rescates. La conclusión, amarga, es que
el sistema castiga al previsor y premia al que gasta. O al menos, eso sostienen quienes han dejado de creer en el ahorro como virtud.
Mientras tanto, la vida sigue. Los que reman lo hacen por motivos que van desde la necesidad hasta el miedo al suegro, pasando por la simple costumbre. Y los que ahorran miran su cuenta con una mezcla de orgullo y resentimiento. Nadie tiene la respuesta. Pero el dato que descoloca es este:
los que se matan a trabajar y no ahorran un euro probablemente estén viviendo mejor que los que se matan a trabajar y sí ahorran. Al menos, hasta que dejen de trabajar.