La sociedad de chiflados que nos están fabricando
Hay una tesis que circula con fuerza en los foros económicos y que cada vez más gente comparte en voz baja: la sociedad occidental está atravesando un proceso de
subnormalización acelerada. No se trata de un lamento nostálgico sobre tiempos mejores. Se trata de la constatación de que, en apenas un lustro, han proliferado masivamente creencias que hace una década habrían sido consideradas marginales: negacionismo de virus y bacterias, teorías sobre microchips en vacunas, estelas químicas de aviones, terraplanismo televisado. El diagnóstico que se repite es contundente: ya no son cuatro idiotas con megáfono, son legiones.
El negacionismo que empezó con la pandemia
El punto de inflexión que señalan quienes sostienen esta tesis es la crisis sanitaria. Durante aquellos meses, una parte de la población comenzó a negar la existencia misma de virus y bacterias, a despreciar el riesgo para los mayores y a reivindicar su derecho a la barra del bar por encima de cualquier consideración sanitaria. La crítica que se lanza no es solo moral: es consecuencialista. Si la enfermedad asintomática no se entiende, la cadena de contagios se rompe en el eslabón más básico. El resultado, según este análisis, fueron muertes evitables.
Lo que más inquieta no es el episodio concreto, sino su persistencia. Cinco años después, según esta corriente, los mismos que negaban el virus siguen atribuyendo cada fallecimiento a la vacuna. Todos los días. La sospecha que se extiende es que no estamos ante un error corregible, sino ante una epistemología alternativa que se retroalimenta.
De las estelas químicas al terraplanismo televisado
El catálogo de creencias que se enumeran es amplio. Las estelas de condensación de los aviones no serían vapor de agua, sino fumigaciones deliberadas. Las nevadas históricas serían plástico pulverizado. Las inundaciones no serían fenómenos meteorológicos, sino aperturas de pantanos orquestadas o ataques con botón. La sequía estructural de medio país se niega porque en una semana de primavera cayó un chaparrón.
El salto cualitativo, argumentan, llega cuando estas tesis alcanzan la televisión generalista. Que se organicen debates con terraplanistas no es pluralidad, sostienen, es promoción institucional de la imbecilidad. La pregunta que se lanza es retórica: ¿en qué momento se decidió que todas las opiniones merecen el mismo espacio?
El diagnóstico que apunta a una campaña financiada
Aquí el análisis se bifurca. Una parte sostiene que estamos ante un fenómeno espontáneo: la combinación de redes sociales, algoritmos de engagement y una población con formación deficiente produce este resultado sin necesidad de conspiración. Otra parte, más numerosa en el material analizado, apunta a una campaña deliberada y financiada. El argumento central es la sincronía global: los mismos eslóganes, los mismos bulos, traducidos a cincuenta idiomas simultáneamente. Eso, dicen, no es espontáneo.
La hipótesis que se maneja es que el objetivo final no es la creencia concreta, sino la erosión de la confianza en cualquier institución. Si nada es verificable, todo es opinable. Y si todo es opinable, el Estado del bienestar pierde su base de legitimidad. Hay quien va más lejos y habla de un retorno a estructuras feudales, con una masa de población incapaz de distinguir realidad de ficción.
El problema no son los bots, son los vecinos
Uno de los matices más interesantes que aparecen es la distinción entre el ruido digital y la realidad física. En redes, se argumenta, el porcentaje de cuentas automatizadas o trols pagados puede ser altísimo. Pero eso no explica lo que uno se encuentra en la calle. Hay quien sostiene que los chiflados de verdad, los de carne y hueso, son muchos menos de lo que parece. Y hay quien responde que eso es consuelo de tontos: basta con que sean el cinco por ciento para que cualquier sistema complejo —un hospital, un juzgado, un aeropuerto— empiece a fallar.
La predicción más sombría que se lanza es que las consecuencias graves aún no han llegado. Si durante la pandemia murieron millones por no entender un concepto básico, sostienen, lo que viene es peor: negligencias normalizadas en infraestructuras críticas, en suministros básicos, en la administración de justicia. No por maldad, sino por incapacidad de comprender la causalidad.
La discusión se atasca siempre en el mismo punto. Si el fenómeno es espontáneo, la solución es educación y tiempo. Si es financiado, la solución es otra cosa que nadie termina de definir. Y mientras tanto, cada día aparece una chifladura nueva. La sensación que queda flotando es incómoda: puede que el diagnóstico sea exagerado, pero la dirección de la flecha no parece discutible.