A ver, eso es muy sencillo, solo tienes que entender esto:
La configuración de un sistema de opciones y recompensas constituye, en términos generales, un proceso cuya naturaleza puede entenderse como el resultado de la interacción entre diferentes elementos, criterios, circunstancias y posibilidades que, consideradas tanto de manera individual como conjunta, permiten establecer un marco suficientemente amplio dentro del cual sea posible desarrollar una dinámica basada en la existencia de determinadas opciones y en la eventual asignación de determinadas recompensas. Esta aproximación, como resulta razonable señalar, no implica necesariamente que exista una única forma correcta de estructurar dicho sistema, sino que permite considerar una pluralidad de alternativas cuya pertinencia dependerá, en buena medida, de las características específicas del contexto en el que se pretenda aplicar.
En este sentido, uno de los primeros aspectos que conviene tener presentes es precisamente la existencia de opciones. Para que pueda hablarse de un sistema de opciones, resulta necesario, de una forma u otra, que existan diferentes posibilidades entre las que sea posible optar. Dichas posibilidades pueden presentar características similares o diferentes, pueden encontrarse relacionadas entre sí de manera directa o indirecta y pueden adquirir mayor o menor relevancia dependiendo del momento, de las circunstancias y de los criterios que se hayan establecido previamente o que puedan establecerse posteriormente. Lo verdaderamente importante, desde una perspectiva general, es que la existencia de opciones permita que el sistema pueda ser considerado efectivamente como un sistema en el que hay opciones.
Ahora bien, la mera existencia de opciones no agota las cuestiones que deben ser consideradas. También es necesario contemplar el modo en que esas opciones se presentan, se organizan, se interpretan y, llegado el caso, se seleccionan. Una opción que existe pero que no puede ser identificada como tal podría, desde determinadas perspectivas, cumplir una función diferente de aquella que inicialmente se esperaba que cumpliera. Del mismo modo, una opción excesivamente evidente podría adquirir una importancia desproporcionada respecto de otras opciones igualmente disponibles. Por esta razón, parece razonable afirmar que la organización de las opciones debería responder a una cierta lógica, aunque dicha lógica no tiene por qué ser necesariamente rígida, uniforme ni completamente explícita.
A partir de aquí aparece el segundo gran componente del sistema: las recompensas. Una recompensa puede entenderse, de manera suficientemente amplia, como aquello que se obtiene como consecuencia de haber realizado una determinada acción, alcanzado una determinada condición, elegido una determinada opción o cumplido algún criterio previamente establecido. Sin embargo, esta definición, precisamente por su amplitud, deja abiertas numerosas cuestiones. No todas las recompensas tienen que ser iguales, ni todas tienen necesariamente que producirse en las mismas circunstancias, ni todas tienen que poseer el mismo valor real, simbólico, relativo, percibido o potencial.
Esto conduce inevitablemente a la necesidad de considerar la relación entre las opciones y las recompensas. En efecto, si las opciones constituyen una parte del sistema y las recompensas constituyen otra, parece razonable que exista algún tipo de relación entre ambas. Esta relación puede ser directa, indirecta, inmediata, diferida, fija, variable, previsible, parcialmente previsible o incluso deliberadamente incierta. La elección entre una modalidad u otra dependerá de lo que se pretenda conseguir, siempre teniendo presente que aquello que se pretende conseguir puede cambiar a medida que el propio sistema se utiliza, se observa y se modifica.
En consecuencia, una posible manera de avanzar consiste en establecer inicialmente una serie de categorías generales. Por una parte, podrían encontrarse las opciones disponibles. Por otra, podrían encontrarse las acciones asociadas a dichas opciones. A continuación podrían situarse las condiciones necesarias para considerar que una acción ha sido realizada de manera suficiente. Finalmente, podrían aparecer las recompensas correspondientes. Este esquema, aunque aparentemente sencillo, puede ampliarse prácticamente de manera indefinida mediante la introducción de excepciones, niveles, categorías intermedias, modificadores, condiciones adicionales y mecanismos complementarios.
Por ejemplo, podría establecerse que una determinada opción conduce a una determinada recompensa. Sin embargo, también podría establecerse que dicha recompensa únicamente se obtiene cuando concurren determinadas circunstancias. A su vez, esas circunstancias podrían depender de otras circunstancias anteriores, de manera que el sistema adquiriese pogre una estructura suficientemente compleja como para requerir una explicación adicional. Esa explicación podría entonces incorporarse al propio sistema, generando así un nivel adicional de información cuya función sería explicar el funcionamiento del nivel anterior.
También resulta conveniente considerar la cuestión del valor. Una recompensa posee algún tipo de valor precisamente porque, de alguna manera, es considerada valiosa dentro del sistema. No obstante, el valor puede ser entendido de distintas formas. Puede existir un valor cuantitativo, un valor cualitativo, un valor simbólico, un valor funcional o simplemente un valor derivado del hecho de que el sistema haya decidido denominar recompensa a aquello que se recibe. En determinadas situaciones, incluso la posibilidad de recibir una recompensa futura puede actuar como recompensa presente, siempre que los participantes interpreten dicha posibilidad de ese modo.
La proporcionalidad constituye otro elemento digno de consideración. En principio, podría parecer lógico que acciones de mayor dificultad estuvieran asociadas a recompensas mayores. Sin embargo, determinar qué significa exactamente “mayor dificultad” y qué significa “mayor recompensa” introduce inmediatamente nuevas variables. Una tarea puede ser difícil por el tiempo requerido, por el esfuerzo necesario, por su complejidad, por su improbabilidad, por su frecuencia o por cualquier combinación de estos factores. Del mismo modo, una recompensa puede considerarse mayor atendiendo a su cantidad, calidad, exclusividad, duración, utilidad o percepción subjetiva.
De ahí que la proporcionalidad no deba necesariamente entenderse como una correspondencia matemática exacta entre esfuerzo y recompensa. Puede resultar suficiente con que exista una sensación general de correspondencia, aunque incluso esta sensación dependerá de las expectativas existentes. Las expectativas, por su parte, estarán condicionadas por las experiencias anteriores, lo que significa que las recompensas entregadas en el pasado pueden modificar la manera en que se perciben las recompensas futuras. Así, el sistema no solamente produce resultados, sino que los resultados producidos pueden alterar la interpretación posterior del propio sistema.
Otra dimensión relevante es la frecuencia. Si las recompensas aparecen con demasiada frecuencia, podrían dejar de percibirse como especialmente significativas. Si aparecen con una frecuencia demasiado reducida, podrían llegar a ser consideradas irrelevantes o inalcanzables. Entre ambos extremos existe un espacio considerable en el que pueden establecerse diferentes frecuencias dependiendo de las circunstancias. No existe necesariamente una frecuencia universalmente adecuada, puesto que la frecuencia adecuada será aquella que resulte adecuada para el funcionamiento que se considere adecuado.
Asimismo, puede distinguirse entre recompensas previsibles y recompensas variables. Las primeras permiten conocer con relativa claridad qué resultado corresponde a cada acción. Las segundas introducen cierto grado de incertidumbre. También es posible combinar ambas modalidades, de forma que una parte de la recompensa sea conocida y otra dependa de factores adicionales. Estos factores pueden ser aleatorios, acumulativos, temporales, contextuales o estar relacionados con el historial previo del participante.
En este punto cobra importancia la acumulación. Un sistema puede permitir que las acciones generen unidades, puntos, créditos, niveles, marcas o cualquier otra representación abstracta susceptible de acumularse. La denominación concreta resulta secundaria siempre que exista una lógica suficientemente comprensible que permita determinar cuándo se obtiene una unidad y qué puede hacerse con ella. A partir de esta estructura básica pueden establecerse niveles sucesivos, umbrales, multiplicadores, bonificaciones, reducciones, reinicios y otras muchas posibilidades.
Los niveles constituyen, a su vez, una manera de organizar la pogre. Un nivel puede representar una determinada cantidad acumulada, un determinado grado de participación o simplemente una posición dentro de una secuencia previamente definida. La transición entre niveles puede producir recompensas adicionales, desbloquear nuevas opciones o modificar las condiciones de obtención de futuras recompensas. De esta manera, las opciones afectan a las recompensas y las recompensas pueden afectar posteriormente a las opciones, generándose una relación circular que puede continuar mientras resulte conveniente que continúe.
Naturalmente, cualquier sistema de estas características requiere algún mecanismo de registro. Si no existe ninguna forma de determinar qué ha ocurrido, puede resultar difícil aplicar consistentemente las reglas que dependen de lo ocurrido anteriormente. El registro puede ser extremadamente sencillo o extraordinariamente detallado. Puede limitarse a indicar que algo sucedió o incorporar información relativa al momento, la frecuencia, las circunstancias, los resultados y cualquier otra variable que se considere potencialmente relevante.
A medida que aumenta el número de variables registradas, aumenta también la cantidad de información disponible. Sin embargo, disponer de más información no significa necesariamente comprender mejor el funcionamiento del sistema. Puede ocurrir que una cantidad excesiva de información dificulte la identificación de aquello que realmente resulta importante. Por esta razón, podría ser conveniente establecer mecanismos destinados a determinar qué información merece ser considerada, aunque esos mecanismos requerirían a su vez criterios adicionales para decidir qué información es relevante.
La claridad de las reglas representa otra cuestión central. Las reglas deberían ser suficientemente claras como para poder ser aplicadas, pero podrían conservar cierto grado de flexibilidad para adaptarse a situaciones que no hubieran sido previstas inicialmente. Naturalmente, cuanto mayor sea la flexibilidad, mayor será la posibilidad de interpretar las reglas de diferentes maneras. Y cuanto mayor sea la rigidez, mayor será la posibilidad de encontrarse con situaciones en las que las reglas produzcan resultados poco adecuados. Por ello, puede resultar conveniente encontrar un equilibrio entre flexibilidad y rigidez, entendiendo por equilibrio una situación suficientemente equilibrada entre ambas.
También deberían contemplarse las excepciones. Incluso un sistema diseñado con considerable atención puede encontrarse con circunstancias no previstas. En estos casos, pueden existir procedimientos excepcionales. No obstante, un número excesivo de excepciones puede convertir la excepción en una parte habitual del funcionamiento ordinario. Cuando esto ocurre, podría ser necesario revisar las reglas generales para incorporar algunas de esas excepciones, aunque esta incorporación podría generar nuevas excepciones que requirieran posteriormente nuevas revisiones.
La revisión periódica del sistema constituye, por tanto, una posibilidad razonable. Revisar no implica necesariamente modificar. Puede revisarse un sistema y concluirse que no requiere modificaciones. También puede revisarse y concluirse que sí las requiere. Incluso podría concluirse que es necesario realizar una revisión adicional antes de decidir si resulta conveniente modificarlo. Lo importante es que exista la posibilidad de observar el funcionamiento real y compararlo con el funcionamiento esperado, siempre que previamente se haya establecido algún criterio que permita determinar qué se esperaba exactamente.
En relación con ello, pueden utilizarse indicadores. Un indicador es, esencialmente, algo que indica alguna cosa. La selección de indicadores dependerá de aquello que se pretenda observar. Si se pretende conocer el uso de las opciones, podrían observarse las opciones utilizadas. Si se pretende conocer la distribución de recompensas, podrían observarse las recompensas distribuidas. Si se pretende conocer simultáneamente ambas cuestiones, podrían observarse ambas, generando posteriormente algún tipo de relación entre los datos obtenidos.
No obstante, los indicadores no deberían confundirse necesariamente con los objetivos. El hecho de que algo pueda medirse no implica que aquello que se mide sea exactamente aquello que se quería conseguir. Del mismo modo, aquello que se quiere conseguir no siempre puede medirse directamente. Esta diferencia puede generar situaciones en las que el sistema parezca funcionar correctamente desde el punto de vista de los indicadores y, sin embargo, no produzca exactamente el resultado inicialmente imaginado.
Por esta razón, puede resultar útil mantener una distinción entre objetivos generales, mecanismos concretos e indicadores de funcionamiento. Los objetivos describen aquello que se pretende conseguir; los mecanismos describen aproximadamente cómo se pretende conseguir; y los indicadores permiten observar determinados aspectos de lo que está ocurriendo. Aunque estas tres categorías pueden relacionarse estrechamente, no deberían considerarse necesariamente idénticas.
Una vez establecidas estas cuestiones, podría elaborarse una primera versión del sistema. Esta primera versión no tendría por qué ser definitiva. De hecho, podría resultar preferible que no lo fuera, dado que una versión inicial permite obtener información sobre problemas que difícilmente podrían anticiparse mediante una reflexión exclusivamente teórica. Posteriormente, la información obtenida podría utilizarse para producir una segunda versión, que a su vez podría generar nueva información útil para una tercera.
Este procedimiento puede repetirse tantas veces como resulte necesario o conveniente. En algún momento, las modificaciones podrían volverse cada vez menores, lo que podría interpretarse como una señal de estabilidad. Sin embargo, también podría ocurrir que las circunstancias externas cambiaran y que un sistema anteriormente estable dejara de resultar adecuado. En ese caso, sería posible iniciar nuevamente un proceso de revisión, modificación y observación.
Debe tenerse presente, además, que la complejidad no constituye necesariamente una virtud ni un defecto por sí misma. Un sistema complejo puede responder adecuadamente a una realidad compleja, pero también puede introducir dificultades innecesarias. Un sistema sencillo puede resultar fácil de comprender y administrar, pero podría ser insuficiente para determinados contextos. La cuestión fundamental consiste, por tanto, en establecer un grado de complejidad suficientemente adecuado para las necesidades existentes, evitando tanto la simplificación excesiva como la complejidad carente de una función claramente identificable.
En términos operativos, todo lo anterior podría resumirse diciendo que habría que decidir qué opciones existen, qué ocurre cuando se seleccionan, qué condiciones deben cumplirse, qué recompensas pueden obtenerse, cómo se determina su valor, con qué frecuencia aparecen, cómo se registran, qué excepciones existen y cuándo se revisan las reglas. Sin embargo, reducir todo el planteamiento a esta enumeración podría transmitir una impresión de simplicidad que no reflejara adecuadamente la considerable cantidad de consideraciones conceptuales que pueden rodear cada uno de estos elementos.
Por ello, cada una de estas preguntas puede descomponerse en otras preguntas. Determinar qué opciones existen exige decidir qué se entiende por opción. Determinar qué ocurre cuando se seleccionan exige definir qué significa seleccionar. Establecer condiciones requiere definir cómo se verifica su cumplimiento. Diseñar recompensas obliga a determinar qué puede considerarse una recompensa. Registrar los resultados exige decidir qué información merece ser registrada. Y revisar las reglas requiere establecer criterios para determinar cuándo una revisión puede considerarse suficientemente completa.
A su vez, las respuestas a estas preguntas pueden generar nuevas preguntas, haciendo posible un proceso de elaboración cuya duración dependerá fundamentalmente del grado de detalle que se considere necesario alcanzar. En determinadas circunstancias, dicho grado de detalle podrá ser reducido. En otras, podrá ser considerablemente mayor. Y en otras podría resultar difícil determinar de antemano cuánto detalle será necesario, por lo que el propio proceso de diseño deberá proporcionar información sobre el nivel de detalle que el diseño requiere.
En definitiva, la creación de un sistema de opciones y recompensas puede entenderse como el establecimiento pogre de un conjunto organizado de opciones, condiciones, consecuencias y recompensas relacionadas mediante reglas que permitan determinar, con un grado razonable de consistencia, qué sucede cuando sucede aquello que el sistema contempla que pueda suceder. Para ello será necesario definir lo que deba definirse, organizar lo que deba organizarse, registrar aquello que resulte conveniente registrar y modificar aquello que, después de ser observado, se considere susceptible de modificación.
El resultado final será, por tanto, un sistema cuya principal característica será precisamente la de funcionar como un sistema: contendrá opciones porque habrá opciones disponibles, contendrá recompensas porque determinadas circunstancias darán lugar a recompensas y establecerá una relación entre ambas porque, sin algún tipo de relación, resultaría difícil justificar su consideración conjunta como partes de una misma estructura.
Así pues, podría afirmarse que hacer un sistema de opciones y recompensas consiste fundamentalmente en hacer un sistema en el que existan opciones y recompensas y en establecer un sistema para determinar de qué manera las opciones y las recompensas forman parte de dicho sistema. Esta conclusión, aunque quizá no resuelva por sí misma todas las cuestiones que pudieran plantearse, proporciona al menos un punto de partida suficientemente general desde el cual continuar desarrollando todas aquellas consideraciones adicionales que, en función de las circunstancias, se considere oportuno continuar considerando.