Tessa y los 24 minutos: el debate sobre la conciencia
Tessa volvió. Estuvo 24 minutos clínicamente fallecida, según el relato que recoge la prensa, y al despertar contó que se había visto a sí misma en la camilla mientras los médicos intentaban reanimarla. El caso, difundido por
Diario Córdoba, ha reabierto una discusión que lleva décadas atascada en el mismo punto: si la conciencia puede funcionar al margen del cuerpo físico o si todo es un truco neuroquímico de un cerebro agonizante. En medio del ruido, un nombre se repite: el del psiquiatra
Bruce Greyson, que lleva más de cien publicaciones en revistas médicas intentando demostrar que estas experiencias no son alucinaciones culturales.
Qué es una experiencia cercana a la muerte y por qué se estudia
Las ECM no son un fenómeno nuevo. Greyson empezó a interesarse por ellas casi recién salido de la facultad, cuando un paciente inconsciente al que atendió en urgencias le describió al día siguiente lo que había pasado en la sala. Aquello le desmontó su idea de que la mente era solo el cerebro. Cofundó la Asociación Internacional de Estudios Cercanos a la Muerte y dirigió durante 27 años la única revista académica dedicada al tema.
Lo que él y otros investigadores han encontrado es un patrón: personas de culturas distintas describen sensaciones parecidas, y muchas salen de la experiencia con cambios duraderos en sus valores y su personalidad. Eso no prueba nada por sí solo, pero complica la explicación fácil de que todo es sugestión.
¿Se puede volver de la muerte? El problema de la definición
Aquí empieza el lío. La muerte, en términos biológicos, es irreversible. Si alguien vuelve, no estaba muerto: estaba en otra cosa. Es el argumento más repetido en el análisis escéptico, y tiene su lógica. Pero el concepto que se usa en medicina es el de muerte clínica, que se certifica por ausencia de constantes vitales, no por la imposibilidad de revertirlas.
Y ahí está el problema: si se certifica la muerte clínica y luego el paciente despierta, o hay una plaga de diagnósticos precipitados o el criterio necesita una revisión. Hay quien sostiene que el caso de Tessa no es una resurrección sino una salida de un estado alterado de conciencia previo a la muerte. Otros responden que, con ese criterio, cualquier cosa vale para no mover una coma del paradigma.
Los casos que no cuadran con el relato médico
El caso de Tessa no está solo. En el material que circula se menciona a un neurólogo que también debía haber muerto o quedado en estado vegetativo y que se recuperó contra todo pronóstico. También se habla de personas que despertaron en el depósito de cadáveres o en medio de su propio funeral. Son anécdotas, no estadística, pero se acumulan.
El detalle que más incomoda a los escépticos es el de los pacientes que describen hechos verificables que no podían conocer desde una camilla. Hay quien lo atribuye a reconstrucciones del cerebro a posteriori; otros apuntan a que el cerebro no puede reconstruir lo que nunca percibió. La discusión sigue abierta.
El cerebro sin oxígeno: por qué 24 minutos es mucho tiempo
Un cerebro humano no aguanta 24 minutos sin riego sanguíneo sin daño severo. Eso es lo que hace extraordinario el caso. La duda razonable es si el titular es sensacionalista y oculta las condiciones reales: si hubo reanimación manual, si el tiempo se mide desde la parada o desde la certificación, si el daño neurológico existe pero no se ha contado.
La crítica al periodismo de impacto es legítima. También lo es la crítica al escepticismo de despacho: si el caso se descarta por improbable, no se está analizando, se está cerrando el asunto.
Qué dicen las tradiciones religiosas sobre el alma
En el terreno de las creencias, la discusión tiene siglos. Para los cristianos, el alma es el yo, la conciencia; el espíritu es su intelecto. Hay un cuerpo físico perecedero y un cuerpo espiritual que solo Dios podría eliminar. El texto de Corintios que se cita en el debate habla de sembrar cuerpo animal y resucitar cuerpo espiritual, de lo corruptible vistiéndose de incorruptible.
La analogía que se usa es la del alimento: igual que el cuerpo físico necesita comida, el alma necesita alimento espiritual para la vida eterna. Y la objeción clásica: todas las religiones responden a qué pasa después de morir, pero casi ninguna se preocupa por dónde estábamos antes de ser engendrados. La respuesta creyente es que también está escrito, solo que pocos lo estudian.
El miedo a la muerte y el argumento de la utilidad
Una parte del debate no discute datos, discute funciones. La hipótesis es que las promesas de vida eterna existen para quitarle hierro al asunto. Morir da miedo, y las religiones ofrecen un relato que lo hace digerible. La contra: que algo sea reconfortante no lo convierte en falso.
Hay una postura intermedia que se repite: no hay que temer a la muerte, sino a la agonía. Una vez muerto no te enteras de nada. El problema es que esa frase también es una afirmación sobre lo que pasa después, y nadie ha vuelto para confirmarla.
Lo que sí se puede afirmar es que el caso de Tessa no cierra nada. Deja el mismo interrogante que abrió: si la conciencia se apaga con el cerebro o si el cerebro es solo la antena. Y mientras no haya una forma de medirlo, cada cual elegirá la explicación que le deje dormir.