La lista de perfiles femeninos a evitar lleva horas circulando por internet. Primero fueron dos arquetipos –la fiestera, la del «solo es mi amigo»–, luego una docena más. Llamémosles red flags, señales de alarma, o simplemente rasgos que otros han de evitar. La etiqueta importa menos que la pregunta incómoda que deja flotando: ¿qué dice de quien la escribe?
Los arquetipos del desencanto
La fiestera que convierte cada fin de semana en una batalla contra el reloj y el Instagram; la que arrastra una legión de «mejores amigos» en espera; la madre soltera a la que, según se argumenta, nunca se le podrá disputar la prioridad de un hijo. Son retratos reconocibles para cualquiera que haya navegado por las aplicaciones de citas, y todos comparten un mismo susurro de fondo: la sensación de competir con algo más grande que otro varón.
Del «todas» a la única matización
Hay quien va más allá y sentencia que con el marco legal actual cualquier relación es una trampa; quien liquida el debate con un «todas»; y quien añade perfiles hasta dejar la lista irreconocible: viajeras, tatuadas, adictas al teléfono o la entusiasta de los bailes latinos, comparada con una secta para quien no comparte la afición. En medio, la única matización pragmática: para fines recreativos, cualquier perfil vale. El problema, dicen, es la relación seria.
El punto ciego del catálogo
Culpar a la «mujer moderna» –categoría que algunos elevan a la práctica totalidad– evita una pregunta incómoda: qué papel juega quien confecciona la lista. Si el mercado de citas es tan hostil, la respuesta más coherente sería abandonarlo, no seguir ampliando un inventario de perfiles a evitar que acaba por no dejar a nadie con quien hablar.
El debate se atasca exactamente ahí: si el problema es estructural, nadie explica por qué la solución nunca pasa por retirarse, sino por seguir buscando a la excepción que confirme la regla.