Alaska: la cumbre que Putin no debería pisar
Un presidente ruso sentándose en territorio de la potencia que le suministra armas al país con el que lleva años en guerra. La escena, prevista para el
viernes 15 en Alaska, ha desatado todo tipo de teorías sobre por qué Vladímir Putin acepta un cara a cara con Donald Trump cuando podría negociar por canales discretos. La tesis más repetida en los análisis que circulan estos días es incómoda: o hay una
encerrona en marcha, o el ruso ya está jugando con cartas marcadas.
El precedente que todos citan es el de
Irán. Cuatro días antes de esta cumbre, unas conversaciones presentadas como contactos de paz sirvieron, según estas versiones, de cobertura para una operación militar que acabó con la vida de varios ingenieros nucleares en sus domicilios, civiles incluidos. Con ese antecedente sobre la mesa, la pregunta lógica es qué impide repetir el guion con un jefe de Estado.
El precedente Soleimani y la lógica del no te fíes
El caso que más se repite como advertencia es el de
Qasem Soleimani, el general iraní eliminado en un aeropuerto tras ser invitado a unas negociaciones. La diferencia de rango es evidente: allí cayó un militar de alto rango, aquí se sentaría el número uno de una potencia nuclear. Y ese salto cambia por completo el cálculo de riesgos.
Lo que sostienen quienes ven una trampa es que el objetivo de fondo no es Ucrania, sino
trocear Rusia igual que se hizo con otros imperios históricos. La reunión, en ese marco, solo buscaría ganar tiempo: Ucrania no aguanta el ritmo actual muchos años más y necesita una pausa. Si Putin no corta el acceso ucraniano al mar Negro, el país seguiría siendo viable como base de presión contra Moscú. Si cede, añaden, Rusia estaría vendida.
Hay una corriente que descarta el atentado por cálculo frío: eliminar a Putin sería lo peor que le podría pasar a Washington, porque lo que viene detrás no es tan dialogante. Y un ataque así, en suelo propio o en territorio neutral, sería un
casus belli de manual.
¿Por qué se expone Putin a un viaje así?
La pregunta recorre toda la conversación sin respuesta cerrada. Los servicios occidentales manejan capacidades que van del derribo de una aeronave a la manipulación química o la exposición a emisiones electromagnéticas, recuerdan algunos. El caso de
Hugo Chávez, fallecido a los 58 años, se cita como ejemplo de lo que puede pasar cuando un líder incómodo enferma sin explicación convincente.
La hipótesis alternativa es más fría: que el acuerdo esté ya encauzado y que la cumbre solo sirva para la foto. Dos jefes de Estado de ese nivel no se reúnen para charlar. Alaska está lo bastante cerca de Rusia y lo bastante lejos de otros actores que quieren sentarse en esa mesa como para que la elección del lugar sea, en sí misma, un mensaje.
Quién gana tiempo y quién pierde Europa
El otro eje del análisis es económico. Europa ha renunciado a comprar gas y petróleo rusos por disciplina política, mientras algunos gobiernos montan negocios indirectos por la puerta de atrás. Un pacto que sellara el reparto de tierras y abriera recursos rusos a precio bajo dejaría al continente en una posición de arrinconamiento difícil de disimular.
El efecto colateral apunta a Asia. El conflicto ucraniano habría beneficiado de facto a
China, que absorbe energía y mercado rusos que antes iban a Europa. Alejar a Moscú de Pekín es el viejo sueño de determinados círculos en Washington; sin Rusia, la posición china se complica. Y si a eso se suma un cierre del estrecho de Ormuz en un futuro conflicto con Irán, el tablero energético se reordena entero.
Queda la duda de fondo, la que nadie cierra: si Putin es consciente del riesgo, ¿qué gana exponiéndose? La respuesta más probable es que la reunión no sea el principio de nada, sino el final de algo que se negoció antes. Con estos mimbres, cualquier predicción es un ejercicio de fe.