Anexión de cuatro provincias: el pulso que deja a la UE sin gas
El mensaje que abrió el asunto lo dejó claro desde el primer renglón: «ya se han convertido en Rusia las 4 provincias de Ucrania». A partir de ahí, la discusión derivó hacia una pregunta incómoda: ¿sirvió de algo todo esto? La respuesta que se impone entre los análisis más fríos es que el resultado no se mide en el mapa de Ucrania, sino en la factura energética europea y en la dependencia que arrastrará el Viejo Continente durante años. La anexión formaliza el control sobre la zona industrial y agrícola más importante del país, incluidas reservas de litio y metales, y la salida al mar de Azov. Para Moscú, el coste ha sido una campaña militar larga y un aislamiento que le empuja al abrazo de China. Para Europa, el precio es otro: la pérdida del gas barato ruso y una recesión que algunos ya comparan con una crisis de hemorroides.
El reparto de ganadores y perdedores
La primera corriente de análisis sostiene que Rusia se queda con el territorio, pero hipoteca su futuro. «Rusia conserva el orgullo nacional, aunque a saber lo que les ha costado la campaña», señala el planteamiento inicial. El cálculo más optimista para Moscú subraya que se anexiona la zona industrial y minera, con una de las mayores reservas de litio del mundo, y que China e India, aunque compren más barato, aumentan el volumen de compra. El escenario pesimista parte de la idea de que Rusia ha perdido bajo todas las perspectivas y está condenada a una escalada armamentística que le va a volver a arruinar.
En el lado europeo, el consenso es más amargo. La UE aparece como la gran perdedora, con una «estupidez suicida» que no tiene parangón en la historia, según la tesis del mensaje inicial. La dependencia energética se convierte en el nudo del problema: sin gas para el invierno, el continente afronta un empobrecimiento irreversible mientras sigue disfrutando del aparato mediático anglo. Hay quien lo resume con sorna: «Preveo pisos baratos, taxis y putas muy baratos. Eso sí, arroz con tortilla de patatas durante al menos 2-3 años».
¿Se termina la guerra o se recrudece?
La predicción del mensaje inicial es que la cosa se empezará a enfriar. La anexión, en esa lectura, sería el paso para consolidar lo conquistado y forzar un armisticio en el que Ucrania acabe tragando. Pero no todos comparten ese guion. «Si el objetivo de la guerra fuera el Donbass sí se terminaría hoy, pero lo que ha causado la guerra nada tiene que ver con eso, así que seguirá y se recrudecerá», apunta otro análisis. La idea de que Kiev acepte la mutilación a cambio de la paz choca con la resistencia observada sobre el terreno.
El escenario nuclear aparece y desaparece en la conversación. Para unos, si hay riesgo de derrota militar, Rusia recurrirá a las armas nucleares tácticas y la OTAN se limitará a un ataque convencional de represalia. Para otros, las armas nucleares sirven como amenaza, pero en cuanto se usan se pierde todo el poder disuasorio. La anexión, en cualquier caso, cambia el marco legal: a partir de ahora, atacar esas provincias es atacar territorio ruso, lo que eleva el riesgo de escalada.
El papel de Estados Unidos y el desgaste europeo
La tesis de que EEUU y China salen ganando los que más recorre toda la discusión. Los americanos habrían querido desde los 90 una Rusia sometida, como Japón o Alemania, y la guerra les sirve para reforzar su poder estratégico y económico. «El imperio anglo buscaba aislar a Rusia del resto de Europa reforzando su poder estratégico y económico. En ese sentido también consiguió sus objetivos de pleno», resume una de las intervenciones más valoradas.
Europa queda como un protectorado que asume el coste. La pregunta que sobrevuela es si los votantes pueden cambiar algo. «¿Crees que la élite financiera mundial va a dejar sus planes en manos de lo que los votantes pongan en unas papeletas?», se pregunta con retintín. La respuesta, en el tono general, es que no.
La sombra de la pandemia y el control social
La discusión deriva en varias ocasiones hacia el paralelismo con la gestión de la covid. «Anda mira, casualmente salen ganando los mismos que con la primera fase de la farsa covid», se apunta. La teoría de que el objetivo final era la vacunación masiva mundial y que ahora se recoge el beneficio se cuela en el intercambio, aunque sin pruebas que la respalden. Se menciona que los mayores accionistas de las farmacéuticas son también los de las grandes telecos y que entre BlackRock y Vanguard acumulan 17 billones en activos. Son afirmaciones que circulan sin verificación independiente.
El trasfondo es la desconfianza hacia las élites y hacia un sistema que, según varias voces, ha dejado de responder a los intereses de la población. «Las élites llevan tiempo matándose entre ellas. Hay un vacío de poder», sostiene una intervención. La anexión sería, en esa lectura, un episodio más de una partida dirigida desde fuera.
El futuro inmediato: armisticio o escalada
Las dos alternativas que se barajan son claras: o la guerra se recrudece y se coquetea con el escenario nuclear, o EEUU empieza a presionar a Zelensky para que acepte un acuerdo. La UE, mientras tanto, se queda sin gas y con una factura que pagará durante años. «Nuestra estupidez suicida no tiene parangón en la historia», sentencia el mensaje que abrió el asunto. El dato que descoloca es que, pese a todo, la anexión se ha formalizado con referéndums y papeleo, mientras las bombas siguen cayendo. La burocracia rusa, esa que tanto admira los formalismos, ha encontrado la manera de anexionarse territorio en medio de una guerra. El resto es economía.