El diagnóstico de Trevijano que casi nadie discute y nadie ejecuta
Hay una tesis que recorre el descontento político español desde hace años: el sistema no es una democracia plena, es una partitocracia donde los cargos no responden ante quien les vota. El problema no es discutirla. El problema es que, admitida la tesis, la respuesta mayoritaria sigue siendo
rascarse la barriga y esperar a que algo cambie solo. La exigencia de pasar del diagnóstico a la acción es el eje del asunto: si la mayoría dice apoyar el cambio, ¿por qué no se traduce en presión real sobre el sistema?
El punto de partida es una rendición de cuentas pendiente. Quien sostiene que el sistema es una farsa tiene que explicar por qué no hace nada con esa convicción. Y quien defiende votar tiene que explicar por qué vota a listas que no dependen de él.
Qué sostiene el diagnóstico trevijanista
La tesis central es que España no tiene separación de poderes efectiva, que los partidos se reparten las instituciones como un cartel y que las listas cerradas impiden cualquier control del votante sobre su representante.
El cargo no responde ante el elector, responde ante quien le colocó en la lista. Ese es el núcleo del diagnóstico, y es el punto donde más consenso existe entre posturas que por lo demás se detestan.
Hay quien añade que el problema es anterior al sistema: que sin cambiar la mentalidad del votante, ningún rediseño institucional funcionaría.
Poner un sistema perfecto en un país sin cultura cívica da el mismo resultado que no tenerlo. Es el argumento más repetido contra el optimismo institucional, y no lo firma nadie en concreto: circula como sentido común.
Por qué el abstencionismo no arranca
El cálculo es sencillo. Si la mayoría apoyara de verdad los postulados democráticos, la abstención sería masiva y el sistema estaría en ebullición. No lo está.
La abstención no ha pasado de ser una postura testimonial. Quien la defiende se enfrenta siempre al mismo reproche: que no votar no cambia nada porque el sistema sigue funcionando igual con o sin tu papeleta.
La contra-respuesta es que votar tampoco cambia nada, y que al menos abstenerse es honesto.
Meter una lista en una urna no obliga a nadie a cumplir nada. El votante no elige programa, elige papeleta, y la papeleta la confecciona el aparato. Ahí el diagnóstico trevijanista y el desencanto genérico convergen sin necesidad de compartir ideología.
El caso que descoloca a los que votan
La conversación da un giro cuando aparece un nombre propio: el regreso de un dirigente concreto a las listas de un partido que había prometido otra cosa.
La pregunta que queda sin respuesta es quién tiene la fuerza para imponer ese regreso. Si el votante no puede vetar a un candidato, ¿qué está votando exactamente?
Ese episodio funciona como prueba empírica del diagnóstico. No hace falta discutir la teoría: basta ver cómo se confeccionan las listas.
El aparato decide, el votante ratifica. Y quien había defendido ese partido como herramienta de cambio empieza a replantearse su voto sin haber cambiado una sola de sus ideas sobre el sistema.
Qué haría falta para pasar a la acción
Las propuestas concretas que circulan son de mínimos: listas abiertas, primarias reales de afiliados, requisitos de idoneidad para cargos públicos, límites de mandato, incompatibilidades estrictas.
Nada de eso exige una revolución, exige voluntad de quien tiene la llave. Y quien tiene la llave no la va a soltar por las buenas.
El obstáculo es de aritmética política.
Los que quieren cambiar el sistema son pocos y están dispersos. La estimación más optimista habla de miles de convencidos; la más pesimista, de un puñado de miles en toda España. Con esa masa crítica no se tumba nada, y sin masa crítica el diagnóstico se queda en diagnóstico.
El callejón sin salida
La discusión termina siempre en el mismo punto muerto. Unos dicen que sin organización y sin presión sostenida no hay cambio; otros responden que la presión sostenida requiere gente dispuesta a sostenerla, y esa gente no aparece.
El diagnóstico es compartido; la ejecución, inexistente.
Queda una pregunta incómoda para todos: si de verdad la mayoría apoya el cambio, ¿por qué la mayoría no lo ejerce? La respuesta más honesta que da el material es que apoyar algo en una encuesta mental no es lo mismo que organizarse para conseguirlo. Y ahí, de momento, la conversación se detiene.