El torero vicepresidente y la cajera que nunca fue titular
Un torero licenciado en Derecho que figura como administrador de dos empresas ejerce de número dos en una comunidad autónoma. Una cajera licenciada en Psicología llegó a un ministerio y en el debate hay quien la reduce a su antiguo puesto tras el mostrador. Puestos los dos currículums en la misma balanza, la distancia no está ni en los títulos ni en los estudios: está en quién redacta el titular. El nombramiento del torero como vicepresidente ha reabierto la discusión de fondo, esa que nunca se cerró: qué cuenta como mérito y qué cuenta como chiste según las siglas de quien firma el cargo.
Qué currículum hace falta para gobernar una comunidad
El perfil del nuevo número dos es el de un hombre licenciado en Derecho, que se ha ganado la vida en la plaza y que, sobre el papel, acumula responsabilidad societaria al frente de dos empresas. Currículum mixto: formación jurídica, oficio de cara al público y gestión. Sus defensores insisten en que hay
administrador de dos empresas donde el rival quiere leer solo
torero.
El otro caso que sirve de espejo tampoco es un problema de titulación. Había carrera, había méritos y, sin embargo, el foco se quedó, según esa lectura, en el supermercado. Hay quien sostiene que a uno se le etiqueta de torero para descalificarlo y a la otra se la llamó cajera con idéntica intención. El sustrato es el mismo: reducir a alguien a su primer empleo cuando estorba.
Dos empresas en el bolsillo: el argumento de la gestión
La defensa más sólida del nombramiento se apoya en la experiencia empresarial. Llevar dos sociedades obliga a cuadrar cuentas, negociar proveedores, asumir riesgo y responder con el patrimonio propio. Eso, se argumenta, enseña más sobre gestión que muchos despachos.
La objeción llega por el otro flanco. Regentar una sociedad no equivale a dirigir una administración pública, donde no decides con tu dinero sino con el de todos y donde el margen de maniobra lo marcan presupuestos y leyes. La experiencia de gestión, en este terreno, se mide con otras varas.
El detalle que cierra el párrafo es de manual: la comparación acaba siempre en el mismo sitio, en el
nivel de estudios, no en la capacidad demostrada. Y ahí los dos perfiles empatan.
El titular que nunca se escribió sobre la cajera
Quien siga los informativos generalistas sabe con qué etiqueta abren según el día. Lo que no aparece por ningún lado es la simetría. No se recuerda un titular del tipo
la cajera de Podemos será ministra repetido hasta la náusea. Sí se escucha, en cambio, el sonsonete del torero camino de la vicepresidencia.
De esa asimetría nace la queja central: el tratamiento no informa, posiciona. La misma pieza que ridiculiza un oficio en un caso lo ensalza en el otro, y viceversa. Y el espectador, que ve el telediario de su madre y no un debate sesudo, acaba interiorizando la etiqueta sin preguntarse nunca por el expediente.
Hay también una vuelta de tuerca que el propio debate pone sobre la mesa: al final, de lo que se habla no es de la profesión, sino de la profesión como arma arrojadiza. Da igual el sector. Lo que pesa es el color del carné.
Derecho frente a Psicología: los estudios de los dos
Aquí el empate es total y nadie lo discute. Ella, Psicología. Él, Derecho. Dos universitarios con papeles en regla. Lo llamativo es que, en esta discusión, el salto de la ministra desde la caja de un supermercado siga sobre la mesa; al torero, a la fecha de esta discusión, se le mide por su verónica.
Junto a esa comparación circula otra, más afilada: el consejero de Cultura de la comunidad que se ha ganado la vida toreando sí acabó la licenciatura, mientras el ministro de Cultura apenas pasó de primero de carrera, según un tuit citado en el debate. El detalle, repetido en la conversación, busca desmontar la idea de que aquí hay un
titulado frente a un
analfabeto de la gestión.
Lo que subyace es una pregunta incómoda para todos: si el título académico vale como aval cuando conviene y desaparece cuando estorba, entonces nunca valió nada. Era solo un argumento de conveniencia.
Lo que se juega el gobierno valenciano con el nombramiento
Más allá del folclore, el fichaje tiene riesgo real. Un consejero sin rodaje administrativo puede aprenderse el organigrama o puede estrellarse con las competencias. Los nombres se olvidan; la gestión no. La calle lo medirá por presupuestos ejecutados, no por faenas.
Y ese es el problema de fondo que la etiqueta tapa. Comparar currículums es fácil y sale gratis. Gobernar una comunidad con sanidad, educación y cuentas propias no admite verónicas.
Con estas piezas, cabe esperar que el asunto se resuelva en el terreno donde el simbolismo pesa mucho más que el presupuesto. Si en unos años la gestión es discreta, nadie se acordará del toro ni de la caja. Si es mala, el apodo volverá con más fuerza del que se fue. Nada de esto está escrito todavía.