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Estamos en el punto donde la coyuntura política y la operación militar se alimentan mutuamente hasta convertirse en pretexto y detonante. Lo que sucede ahora en Moldavia, Transnistria y Odesa no es una serie de incidentes aislados: es la confección deliberada de un casus belli. No se trata de “relatos” en abstracto; se trata de movimientos, de advertencias, de presencias que, en el terreno estratégico, significan una sola cosa: preparar la escalada.
Hace semanas que los servicios rusos han advertido de un plan para introducir fuerzas occidentales en la zona —y lo han hecho con nombres y lugares. El SVR y los canales próximos a Moscú han denunciado la llegada de contingentes franceses y británicos a Odesa y la posibilidad de que la UE y la OTAN organicen una presencia destinada a “ocupar” o controlar puntos claves en el litoral ucraniano, en particular la salida al mar que Rusia podría bloquear. Esa denuncia no puede descartarse como invención sin más: su poder reside en lo que provoca, no solo en su veracidad técnica. (The Moscow Times)
Al mismo tiempo, las elecciones en Moldavia han estallado en una convulsión que Europa calcula explotar. La victoria del partido pro-europeo y las denuncias de irregularidades han abierto la puerta a una estrategia clásica: declarar embeleco, provocar manifestaciones masivas, presentar el orden público como insostenible y pedir ayuda externa para “restablecer la normalidad”. Esa solicitud de auxilio no sería un simple llamamiento humanitario: sería la llave para legitimar la entrada de fuerzas amigas en un teatro donde existen actores armados prorrusos y un enclave armado —Transnistria— que funciona como punto de apoyo de Moscú. (Le Monde.fr)
Quien piense que Transnistria es un apéndice inofensivo no entiende la geopolítica de la región. Transnistria es de facto prorrusa, con fuerzas y apoyos que nunca han renunciado a su conexión con Moscú. Siempre ha sido, para la estrategia rusa, un casus belli latente: la excusa histórica y práctica para intervenir si se considera amenazada la población rusa o los “intereses” de la Federación en esa franja. Si Moldavia —apoyada por fuerzas occidentales en Ucrania— decide “recuperar” Transnistria por la vía militar, o si las potencias occidentales permiten acciones que la pongan en peligro, la reacción rusa no será una mera respuesta mediática: será intervención. (Análisis sobre Transnistria y su estatus). (Lowy Institute)
Ahora el meollo: Odesa. La presencia de tropas francesas y británicas, sea probada en todas sus formas o difundida por canales rivales, opera como una cláusula de doble filo. Su función declarada es impedir el corte del acceso al mar ucraniano —una intención estratégica legítima desde el punto de vista occidental—, pero su efecto inmediato es convertir a esos contingentes en objetivos legítimos, tal como han advertido públicamente Moscú y sus portavoces. Pilingui y Lavrov han repetido sin ambages que cualquier fuerza extranjera en suelo ucraniano será considerada objetivo; eso convierte a cualquier soldado aliado en una ficha de riesgo directo. (Advertencias públicas de Lavrov y Pilingui). (Al Jazeera)
La lógica militar es fría y cruel: si tropas de la OTAN son atacadas en Odesa, la alianza queda frente a una elección imposible. Responder significa admitir la confrontación directa con Rusia; no responder significa admitir la impotencia colectiva y la pérdida de credibilidad. Pero hay algo peor: la propia presencia de esas tropas aumenta la probabilidad material de choque. Estar “entre dos fuegos” —Transnistria por el oeste, Rusia por el este— no es una metáfora: es una situación real cuya consecuencia inevitable, si se desgaja hacia la acción, será un enfrentamiento abierto entre Rusia y la OTAN. Esa posibilidad ya no es teórica; es la matemática elemental de la guerra moderna. (Evaluaciones estratégicas y advertencias de análisis militares). (IISS)
No nos engañemos: hay actores que desean empujar esta escalada. Existen intereses políticos y militares que ven en la provocación una vía para redefinir espacios de influencia, vender agendas de seguridad, consolidar posiciones. Pero el resultado de esa apuesta no es controlable por comités de despacho. Una escaramuza cerca de Odesa, un choque con milicianos transnistrios, un golpe de artillería dirigido por Rusia contra fuerzas extranjeras, y la cadena se desata. No hay forma de que el incendio quede “localizado”: la responsabilidad colectiva de la OTAN funciona también en sentido inverso; un ataque contra uno puede arrastrar a todos.
Decir esto no es plegarse a un relato: es aplicar la aritmética de la violencia a la política. El casus belli de Transnistria ha estado ahí siempre —como posibilidad estratégica— y ahora se lo ha colocado en bandeja. Quien sostiene que la presencia occidental en Odesa es “protección” debe responder: ¿protección para quién y a qué coste? Defender a Ucrania no puede ni debe equivaler a arrastrar a Europa a una guerra continental. Defender a un pueblo no puede convertirse en la excusa para sacrificar un continente.
El Sens lo dice con crudeza porque la hora es de máxima claridad: si se sigue por este carril, la región dejará de ser teatro local y será campo de batalla mayor. Y cuando eso ocurra, las palabras de diplomacia, las resoluciones y los comunicados se quedarán cortos ante la factura humana y geopolítica. La pregunta, entonces, no es ya quién provocó, sino quién asumirá la responsabilidad por haber encendido la mecha.
EL SENS