Trump borra el español de la Casa Blanca en menos de 24 horas
¿Se puede gobernar Estados Unidos sin una sola página oficial en español? Donald Trump ha demostrado que sí, o al menos que no piensa dedicarle un solo byte. En menos de un día desde su llegada al poder, la versión en español de whitehouse.gov y todas sus cuentas asociadas en redes sociales han desaparecido. No es un error de servidor ni una migración mal planificada: es una decisión política que ya ejecutó en 2017, cuando también eliminó la web en español que había dejado la Administración Obama. La diferencia es que ahora el gesto llega en un contexto demográfico y cultural mucho más tenso, con más de 40 millones de hispanohablantes en el país y un debate identitario que envenena cada conversación sobre el idioma.
Un gesto que repite el guion de 2017
La primera vez que Trump llegó a la Casa Blanca, en 2017, la web en español de la presidencia estadounidense corrió la misma suerte. Se eliminó sin más explicación que el silencio administrativo, y ahora ha vuelto a ocurrir con la misma velocidad. Hay quien sostiene que se trata de una señal deliberada hacia su base electoral: el inglés como única lengua oficial de facto, y el español como un recordatorio incómodo de que el país cambió hace décadas.
El argumento histórico que más circula estos días es que Estados Unidos le debe a España mucho más de lo que reconoce.
Hay quien sostiene que la mitad del territorio estadounidense perteneció al Imperio Español, desde Florida hasta California, pasando por Texas o Luisiana. Incluso hay quien afirma que Alaska fue explorada por españoles antes de que rusos y estadounidenses pusieran un pie allí. La paradoja es que ese legado se estudia en los libros de historia pero se borra de las webs oficiales.
El español como lengua de más de 40 millones de personas
Estados Unidos es, según los datos que maneja el propio censo, el segundo país del mundo con más hispanohablantes. No se trata solo de migrantes recientes: hay generaciones enteras de familias que llevan más de un siglo en el país y que mantienen el idioma en casa, en el trabajo y en los medios. Que la Casa Blanca decida ignorar esa realidad no la hace desaparecer, pero envía un mensaje sobre a quién considera interlocutor legítimo y a quién no.
Hay quien defiende que la medida es lógica: el inglés es la lengua común y las administraciones no tienen por qué traducir todo. En contra pesa el argumento de que
la web en español no era un capricho identitario, sino una herramienta de acceso a servicios públicos para millones de contribuyentes que no dominan el inglés. Eliminarla no ahorra dinero relevante; simplemente hace más difícil informarse a quien ya lo tenía difícil.
La reacción: entre el lamento y el «bien hecho»
La noticia ha caído como un jarro de agua fría entre quienes esperaban gestos de reconocimiento hacia la comunidad hispana. Algunos análisis apuntan a que Trump no actúa por motivos históricos, sino por cálculo electoral: su base más fiel no quiere oír hablar de bilingüismo institucional, y cada gesto de este tipo refuerza su narrativa de «Estados Unidos primero». Otros sostienen que el presidente simplemente no entiende la realidad demográfica del país, y que confunde el español con una lengua de inmigración reciente cuando lleva siglos en el continente.
En el lado opuesto, hay quien celebra la decisión sin matices. Se argumenta que el español en Estados Unidos se asocia a un colectivo concreto y que mantener webs oficiales en ese idioma solo fomenta la fragmentación. Es una postura que gana terreno en ciertos círculos, pero que choca con el hecho de que
el español es la lengua materna de millones de estadounidenses que nunca han vivido en otro país.
Qué pasa con las webs en otros idiomas
La pregunta que muchos se hacen es si la Casa Blanca mantiene versiones en otros idiomas. La respuesta, según lo que se desprende de la información disponible, es que no hay constancia de que existan webs oficiales en hebreo, árabe o cualquier otra lengua distinta del inglés. El español era la única excepción, y esa excepción ha sido eliminada. No es un recorte presupuestario: es una decisión sobre qué lenguas merecen el sello de lo oficial.
La ironía es que Trump pertenece a una familia de origen alemán que anglicanizó su apellido para integrarse mejor en la élite protestante. Nadie le exige que hable alemán, ni falta que hace. Pero la misma tolerancia que se aplica a su propia historia familiar no se extiende a quienes llevan el español en la sangre desde antes de que existiera Estados Unidos como país independiente.
Con estos mimbres, la comunidad hispanohablante de Estados Unidos se queda sin canal oficial en su idioma. Podrán seguir usando el inglés, claro. O podrán esperar a que el siguiente presidente lo restaure, como ya pasó una vez. La diferencia es que esta vez el gesto no parece un descuido, sino una declaración de intenciones. Y las declaraciones de intenciones, en política, rara vez se quedan en un simple borrado de web.