Solo el 10% de los europeos cree que Ucrania ganará la guerra
¿Cuántos europeos siguen creyendo que Ucrania puede ganar esta guerra? La respuesta, según la encuesta exclusiva que publicó
La Vanguardia, es un dato que desmonta dos años de relato: apenas un 10% confía en que Ucrania recupere los territorios ocupados. Los que creen que prevalecerá Rusia son ya el doble. La opinión mayoritaria, en todo caso, es que el conflicto acabará en tablas o en un punto muerto que nadie sabe cómo romper. El dato no es una encuesta más: es, según algunos participantes del debate, el acta de defunción del consenso europeo sobre la guerra.
El 10% que sostiene el relato oficial
El número duele porque venía de muy arriba. Al principio de la invasión, la fe en la victoria ucraniana era mayoritaria en casi toda Europa. Hoy el 10% es una anomalía estadística, no una corriente de opinión. Y no es solo la ciudadanía: la propia retórica oficial ha mutado. La portavoz de Exteriores rusa, María Zajárova, lo resumía con retranca: Occidente ha pasado de hablar de «derrota estratégica» de Moscú a conformarse con «no dejar que Rusia gane». Ese cambio de verbo es el cambio de siglo.
Hay quien sostiene que la encuesta no mide la realidad, sino la fatiga. Y la fatiga tiene causas concretas: otro invierno duro para la población ucraniana, con dificultades para disponer de luz y calefacción, y la previsión de que Rusia vuelva a apuntar a la red eléctrica, como hizo el año anterior. Aunque hay siete reactores nucleares en funcionamiento, el problema no es la generación sino la distribución. Defender eso exige recursos que Europa ya no parece dispuesta a poner sin discutir.
¿Por qué ha caído la confianza europea en la guerra?
Porque la guerra es la política por otros medios, y la política europea se ha quedado sin medios. El análisis más repetido en los círculos escépticos es que Europa no decide nada en geopolítica y actúa como correa de transmisión de intereses ajenos. Se argumenta que se gobierna para y por intereses de élites angloamericanas, incluso contra los intereses de su propia gente. Es una tesis discutida, pero explica por qué el desgaste económico europeo se percibe como un coste sin beneficio.
El cálculo más optimista asume que Ucrania resiste y negocia desde una posición digna. El escenario pesimista parte de que la guerra ya está perdida y lo que viene es peor: la negociación. Y en medio, una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia prolongar el conflicto? Los datos disponibles apuntan a que a Europa, desde luego, no.
La guerra de los memes también se perdió
Hubo un tiempo en que el apoyo incondicional a Ucrania tenía una legión ruidosa y divertida en redes: los ciber-voluntarios que se retroalimentaban entre sí. Hoy, según el material que circula, son cuatro locos. Han perdido hasta la guerra de los memes y las simpatías en la red. La bandera de Ucrania desapareció de las retransmisiones de fútbol, ese termómetro infalible del borreguismo mediático. Cuando un símbolo se cae de los estadios, se ha caído de todo.
La prensa que antes empujaba el relato ha empezado a cantar las verdades del barquero, sin diferenciarse ya gran cosa de los medios prorrusos. No es un cambio de bando: es una preparación de la población para la hostia de realidad. Los editoriales hablan de «fatiga de la guerra» y de que el conflicto se prolongará en el tiempo. Traducción: nadie sabe cómo salir de esto.
El país que ya era un país de mierda
Ucrania antes de todo esto ya era un país con problemas estructurales serios. Ahora, con los pocos mimbres que le quedan, veremos qué canastos teje. La pregunta que sobrevuela es si alguien usó a Ucrania como herramienta y quién paga la factura. El país destrozado es el suyo: las bombas y las balas caen en su tierra. Ucrania perdió la guerra el primer día, sostienen algunos análisis. Otros replican que eso es una simpleza y que Putin no es solo un matón que vaya a suicidarse contra la OTAN.
En el fondo, el 10% no mide el apoyo a Ucrania. Mide la fe ciega. Y la fe ciega, cuando se queda sin argumentos, se convierte en lo que siempre fue: una cuestión de creer o no creer. Con estos números, la victoria ucraniana ya no es un objetivo militar. Es un acto de fe.