Kim Jong Un se mete en un arrozal y el agua le llega a las pantorrillas
La escena tiene algo de parábola involuntaria. Un hombre con camisa clara y pantalones remangados avanza por un arrozal encharcado, el agua le cubre las pantorrillas, y detrás de él una comitiva de rostros impasibles finge que aquello es una inspección agrícola rutinaria. La imagen, difundida por cuentas que siguen la propaganda oficial norcoreana, muestra a Kim Jong Un comprobando el estado de la producción de grano. No hay botas de goma, no hay chubasquero, no hay protocolo sanitario. Solo un líder que se moja los pies para que el mundo vea que se preocupa por el arroz.
El gesto, leído en clave de comunicación política, es un manual de instrucciones. En un país donde la seguridad alimentaria es una cuestión de Estado —y de supervivencia del régimen—, la imagen del dirigente pisando el barro transmite más que cualquier discurso. Es la vieja receta del
buen pastor: el que se mancha las botas está más cerca del rebaño que el que despacha desde un despacho. La pregunta es si el rebaño se lo cree.
La liturgia del dirigente que se moja los pies
La comparación con otros líderes es inevitable. Hay quien sostiene que ningún presidente occidental se acercaría a un arrozal con el agua a la altura de los muslos ni aunque le pagaran. Y hay quien responde que la diferencia no está en mojarse, sino en para qué. En las economías planificadas, el dirigente fija precios, salarios y niveles de bienestar, y carga sobre los productores la responsabilidad del reparto. La visita al campo no es una inspección técnica: es una representación. El líder no comprueba el arroz, comprueba que le vean comprobarlo.
La escena recuerda a los viejos carteles de la revolución agraria, esos en los que el dirigente caminaba entre espigas mientras el pueblo aprendía a mirar. La propaganda no ha cambiado tanto: el decorado es el mismo, el agua es la misma, el mensaje es el mismo. Solo cambia el protagonista y el siglo.
El arroz como termómetro del régimen
En Corea del Norte, el arroz no es un alimento: es un indicador político. Cuando la cosecha va bien, el régimen lo celebra. Cuando va mal, se busca un responsable. La visita al arrozal, por tanto, no es una anécdota agrícola: es una señal. Si el líder se moja los pies, es porque el asunto importa. Y si el asunto importa, es porque algo se está cociendo.
La comitiva que acompaña a Kim Jong Un en la imagen no son técnicos agrícolas. Son rostros de protocolo, funcionarios que saben que su trabajo consiste en no estorbar y en aplaudir en el momento justo. Detrás de la cámara, alguien espera con una toalla. La escena es tan artificial que resulta casi entrañable.
Lo que el gesto no dice
La imagen no aclara si la cosecha es buena o mala. No dice cuánto arroz se ha producido, ni cuánto se ha perdido, ni cuánto se ha almacenado. Solo dice que el líder ha ido a verlo. Y en un sistema donde la información circula en una sola dirección, eso es exactamente lo que se pretende: que la única noticia sea la visita.
Hay quien sostiene que el gesto es una muestra de compromiso. Y hay quien responde que el compromiso no se mide en centímetros de agua, sino en toneladas de grano. La discusión, en cualquier caso, no se produce dentro del país. Se produce fuera, en foros y redes, donde la imagen se convierte en meme antes que en noticia.
El líder que vale para todo
La escena ha generado una cascada de comparaciones. Se ha dicho que el dirigente norcoreano es agrónomo, balístico, filósofo y jinete, todo en la misma semana. Que lo mismo inspecciona un arrozal que supervisa un lanzamiento de misiles. Que su currículum es tan amplio que ya no cabe en ningún organigrama. La ironía es evidente, pero también lo es el fondo: en un régimen personalista, el líder tiene que estar en todas partes porque no hay nadie más que pueda estar.
La imagen del agua hasta las pantorrillas se ha convertido en la metáfora perfecta de esa ubicuidad. El líder no delega. El líder se moja. Literalmente.
El eco en España: comparaciones y chascarrillos
La escena ha cruzado fronteras y ha aterrizado en la conversación pública española, donde se ha comparado con la clase política local. Hay quien ha señalado que ningún dirigente español se metería en un arrozal, y hay quien ha respondido que tampoco hace falta: basta con visitar una fábrica o un mercado. La comparación es injusta, pero ilustra algo: la política como espectáculo no es exclusiva de Corea del Norte. La diferencia está en el grado de sofisticación.
El episodio también ha servido para recordar que la seguridad alimentaria es un asunto global. En un contexto de tensiones comerciales y crisis climática, el arroz es un bien estratégico. Que un líder se moje los pies para verlo de cerca puede ser propaganda, pero también es una señal de que el asunto no es menor.
Lo que queda por ver
La imagen no resuelve nada. No dice si la cosecha será buena, ni si el régimen cambiará de política agrícola, ni si el gesto tendrá consecuencias. Solo dice que el líder ha ido, ha visto y se ha mojado. En un sistema donde la información es opaca, eso es todo lo que hay. El resto es interpretación.
Y mientras tanto, el arroz sigue creciendo en el arrozal, ajeno a la comitiva, al protocolo y a la cámara. El agua sube y baja según la lluvia. El líder, en cambio, solo pasa por allí una vez al año.