Ultras, muy ultras, en la plaza de María Pita (Luis Ventoso en El Debate)

Ultras, muy ultras, en la plaza de María Pita (Luis Ventoso en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Un acto de Vox con unas 200 personas en la plaza de María Pita de A Coruña terminó con una protesta de 4.000 manifestantes, una docena de heridos y el mobiliario de las terrazas volando hacia la policía. La alcaldesa, Inés Rey, había animado la protesta con un mensaje previo contra el fascismo.

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Un acto de Vox con unas 200 personas en la plaza de María Pita de A Coruña terminó con una protesta de 4.000 manifestantes, una docena de heridos y el mobiliario de las terrazas volando hacia la policía. La alcaldesa, Inés Rey, había animado la protesta con un mensaje previo contra el fascismo.

El 22 de octubre de 2026, la plaza de María Pita de A Coruña dejó de ser la plaza tranquila que suele ser. Santiago Abascal, líder de Vox, había convocado unas declaraciones ante unos 200 simpatizantes en una esquina del recinto. Lo que debía ser un acto breve de partido se convirtió en el escenario de una protesta de 4.000 personas, según la crónica de Luis Ventoso en El Debate, con una docena de heridos y adoquines, huevos y sillas volando hacia los antidisturbios. Diez furgonetas de la policía tuvieron que proteger al líder de Vox y a sus seguidores.

Un acto legal que necesitó diez furgonetas

La secuencia es sencilla de contar y difícil de digerir. Vox, un partido con representación parlamentaria y votado por millones de personas, organiza un acto público en una plaza. Un grupo de manifestantes, convocados por la izquierda y el independentismo gallego, decide que ese acto no debe celebrarse. La policía despliega diez furgonetas. No bastan. Los manifestantes arrojan adoquines, huevos y el mobiliario de las terrazas de los hosteleros. Hay una docena de heridos.

El acto de Abascal se celebró, pero el coste fue el de una plaza tomada. Ventoso lo describe como un acoso organizado: no fue una protesta espontánea, sino una cita para impedir que un partido legal expresara sus opiniones. El mismo patrón se repitió por la tarde en Avilés, según el texto. La pregunta que sobrevuela es incómoda: si un partido no puede celebrar un acto con normalidad, ¿qué queda del derecho de reunión?

El papel de la alcaldesa y el delegado del Gobierno

Inés Rey, alcaldesa socialista de A Coruña, no condenó los disturbios. Antes de que ocurrieran, animó la protesta con una frase: «Esta ciudad ha sido siempre un bastión contra el fascismo y un muro contra los que vienen a recortar conquistas sociales». Después, silencio. El delegado del Gobierno permitió la concentración contra el acto de Vox, lo que para el articulista es una dejación de funciones: la autoridad no está para facilitar que se impida hablar a un partido, sino para garantizar que todos puedan hacerlo.

La alcaldesa tiene, según el texto, las arcas municipales semiquebradas, ha tardado más de tres años en meter un «cementazo horrible» en el paseo de los Cantones, mantiene abandonada la vieja cárcel, deja que la Domus se caiga por falta de mantenimiento y no ha movido una carretilla ante la reforma del puerto. Las calles están sucias y la inseguridad ha crecido. Pero para organizar la protesta contra Abascal, diligencia máxima.

Quién es el ultra en esta historia

El artículo de Ventoso no es neutral y no lo pretende. Su tesis es que el término «ultra» se ha invertido: quienes organizan algaradas violentas para acosar a los que no piensan como ellos son la extrema izquierda y el separatismo, no el partido al que intentan silenciar. Los manifestantes portaban banderas rojas comunistas y enseñas independentistas. Un individuo con simbología de los Blues increpó a una mujer venezolana con un insulto despectivo, según el relato. Los seguidores de Abascal, en cambio, portaban banderas españolas y no asaltaron terrazas ni lanzaron mobiliario.

La comparación es dura, pero el articulista la sostiene con nombres y hechos. El BNG, socio de gobierno de Rey en A Coruña, se define todavía hoy como «marxista leninista» y obtuvo tres concejales, la cuarta parte que el PP. El PSOE ganó 11 escaños frente a 12 del PP, pero gobierna gracias a ese pacto. La ciudad templada que Ventoso describe —la de las playas, la historia desde 1446 y el tirón económico de Amancio Ortega— convive con una política municipal que, en su opinión, ha convertido la plaza pública en un ring.

La democracia que no deja hablar

El cierre del artículo apunta más alto. Si Vox no puede celebrar actos con normalidad en España, dice Ventoso, la democracia no funciona. Y añade otro síntoma: el defensor del pueblo, Ángel Gabilondo, no dimite tras fracasar en su recurso ante el Tribunal Constitucional por la ley de nietos, un recurso que, según el texto, seguía órdenes del Gobierno. El «autócrata monclovita» habría asustado incluso a Pumpido, que no quiso bendecir la operación para no sentarse en el banquillo.

Son opiniones, no sentencias. Pero el hecho que las sostiene es verificable: en la plaza de María Pita, un partido legal necesitó diez furgonetas para hablar y una docena de personas acabó herida. Eso no es una anécdota. Es un termómetro.

Datos clave
  • Unas 200 personas asistieron al acto de Santiago Abascal en la plaza de María Pita de A Coruña el 22 de octubre de 2026.
  • La protesta reunió a 4.000 manifestantes y dejó una docena de heridos, con adoquines, huevos y sillas lanzados contra la policía.
  • Diez furgonetas de antidisturbios protegieron el acto de Vox.
  • Inés Rey, alcaldesa socialista, animó la protesta con la frase «esta ciudad ha sido siempre un bastión contra el fascismo».
  • El BNG, socio de gobierno en A Coruña, se define como «marxista leninista» y tiene tres concejales frente a los 12 del PP.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Ultras, muy ultras, en la plaza de María Pita​

22/10/2026

Luis Ventoso-El Debate
  • Al final, en España, quien organiza grandes acosos a los que no piensan como ellos y arma algaradas violentas es la extrema izquierda y el separatismo
La Coruña, y escribo así su nombre porque es como siempre la he llamado en español, es una magnífica capital, bonita, tranquila y divertida. Tiene tras sí mucha historia (recibió su título de ciudad en 1446) y hoy disfruta de un fuerte tirón económico (gracias, Amancio). Cuenta con varias playas en su término municipal, se come de manera opípara y en sus calles impera siempre una sorprendente animación, porque a los coruñeses les gusta comerse la vida a bocados. Y no suelto todas estas loas porque yo naciese a 200 metros de la playa de Riazor, en un hospital ya desaparecido, sino porque es la verdad. Aunque reconozco que he omitido las inclemencias de nuestro clima tropical-húmedo y su incómodo Nordés.

Políticamente se trata de una ciudad templada. Las últimas municipales las ganó el PP, con 12 escaños, y el PSOE logró 11, pero gobierna gracias a que se coaligó con el BNG, dirigido por una facción separatista que todavía hoy se autodefine como «marxista leninista». El Bloque solo obtuvo tres concejales. La cuarta parte que el PP.

La idea que todos tenemos de Coruña, la de una ciudad sosegada y acogedora, se ha visto enturbiada por el comportamiento de unos ultras en la plaza de María Pita. Me refiero, por supuesto, a las hordas separatistas y de izquierda radical que se fueron allí para intentar impedir un pequeño acto de Abascal, que consistía en unas declaraciones en una esquina del recinto rodeado de unos doscientos simpatizantes.

Vox es un partido que defiende la legalidad constitucional y que jamás ha empleado ni jaleado la violencia. Entonces, ¿cuál es el problema? Pues estriba en que Vox es una formación visceralmente opuesta al separatismo y también contraria al marco mental que propugna la izquierda, eso que ahora se hace llamar «pogre».

Debido a que Vox osa cuestionar «el consenso pogre», ultras de la izquierda y del separatismo, incluido el PSOE de Sánchez, trabajan para cercar con un muro a un partido votado por tres millones de personas (que serán más el 29-N). Le niegan hasta su derecho a organizar actos públicos, que tratan de impedir de forma violenta, como se vio ayer por la mañana en La Coruña y por la tarde en Avilés.

¿Quiénes son los únicos radicales de esta historia? Pues los intransigentes violentos que se citaron en María Pita para acosar a Abascal. Necesitó la protección de diez furgonetas de los antidisturbios, que se quedaron cortas ante 4.000 manifestantes exaltados y su vandalismo (hubo una docena de heridos y volaron adoquines, cigot y sillas).

Abascal expresó sus puntos de vista de la manera más tranquila ante sus admiradores, algunos de los cuales portaban banderas españolas. Abascal y sus seguidores no asaltaron las terrazas de la plaza para arrojar el mobiliario de los hosteleros a la policía. Abascal y sus seguidores no increparon a una venezolana que andaba por allí, como sí hizo un individuo que vestía simbología de los Blues. Abascal y sus seguidores no portaban banderas rojas comunistas, la ideología más letal de la historia, ni tampoco enseñas independentistas, que postulan una Galicia separada de España, que además de ser inconstitucional es rechazada por la inmensa mayoría de los gallegos.

Lamentable el delegado del Gobierno, que permitió una concentración contra la libertad de expresión de un partido político. Y más criticable todavía el papelón de Inés Rey, la ineficaz alcaldesa socialista, que no tuvo idea mejor que animar a la protesta con esta desdichada frase: «Esta ciudad ha sido siempre un bastión contra el fascismo y un muro contra los que vienen a recortar conquistas sociales».

Inés, piénsalo un poco: ¿No será lo tuyo lo realmente facineroso, al promover que un partido legal sea acosado? ¿No es ultra lo de enviar allí a las Juventudes del PSOE al grito de «no pasarán»? ¿No es extremista una alcaldesa que no emite ni la más mínima condena tras lo sucedido delante del Palacio Municipal? Aunque, ¿cómo vas a condenar unos disturbios que en cierto modo has promovido?

Esta inoperante alcaldesa tiene las arcas municipales semiquebradas y ha necesitado más de tres años para meter un cementazo horrible en el paseo de los Cantones. Mantiene abandonado el edificio de la vieja cárcel. La Domus, obra de un premio Pirtzker, se cae por falta de mantenimiento. No ha movido ni una carretilla ante la enorme oportunidad urbanística que ofrece la reforma del puerto. El tráfico ilegal y la inseguridad se han disparado en su mandato. Las calles están sucias. Pero eso sí, muy diligente para ponerse al frente de los ultras contra Abascal.

Si Vox no puede celebrar actos con normalidad en España es que la democracia no está funcionando. Del mismo modo que se muestra disfuncional cuando el defensor del pueblo no dimite tras fracasar en su recurso ante el TC por la ley de nietos, con el que seguía órdenes bolañescas. El delirio jurídico era tal que esta vez el autócrata monclovita ha logrado asustar hasta a Pumpido. El viejo Cándido, turbio pero no […], sabía que bendecir la operación de Moncloa podía sentarlo en el banquillo. Ay, Ángel Gabilondo, pringarse así a los 77 años y ya de salida…
 
 
¿Dónde están los aficionados que llenaron esa plaza durante la final del mundial? Ni se les ve, ni se les espera.
 

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