Rozovsky vota unirse a Donetsk con las manos en alto
La escena no necesita papeletas. En el distrito de Rozovsky, en la provincia ucraniana de Zaporiyia, un grupo de residentes se reunió para decidir si su territorio dejaba de pertenecer a Ucrania y se integraba en la República Popular de Donetsk (RPD). Según las fuentes prorrusas que difundieron la convocatoria, la adhesión salió por unanimidad. Ni urnas, ni censo, ni colegio electoral. Manos alzadas y decisión unánime.
El anuncio abrió un pulso sobre qué significa votar y quién tiene derecho a hacerlo. La discusión no es si aquella reunión fue multitudinaria o discreta: es quién firma el acta que convierte una asamblea vecinal en una frontera.
Qué se votó en Rozovsky y con qué censo
El primer problema es de escala. Rozovsky es un distrito, no una provincia entera —un
óblast, en la terminología soviética que sigue en uso—, y confundir los tres niveles (ciudad, óblast y distrito) es más fácil de lo que parece: la ciudad de Zaporiyia y el óblast de Zaporiyia comparten nombre. De esa confusión salieron varios de los cruces más ásperos.
A partir de ahí, las preguntas se acumulan. ¿Sobre qué censo se convoca? ¿Dónde queda el voto secreto? ¿Se vota por correo? ¿Qué base legal sostiene que la soberanía de un distrito se decida en una reunión y no en una consulta con garantías? Hay quien responde que en tiempos excepcionales las medidas son excepcionales, y que el Euromaidán de 2014 tampoco pasó por las urnas.
La respuesta más socorrida es que la votación a mano alzada es, cuando menos,
transparente: todo el mundo ve quién levanta la mano. El contraargumento no tarda: que se vea quién vota no significa que esté votando todo el que debería, ni que nadie esté contando. La cifra de
300 asistentes que se menciona en tono irónico no consta en ningún registro verificable.
¿Qué valor tiene un referéndum en mitad de una guerra?
Un referéndum en mitad de una guerra, con población desplazada y sin censo fiable, es difícil de certificar. Ese es el argumento que más se repite:
no se sabe quién queda vivo y quién se ha tenido que marchar, así que cualquier recuento es una foto incompleta.
La defensa es la contraria y también tiene su lógica: si el Estado del que se quiere separar el distrito es un Estado fallido, cumplir sus leyes electorales es un requisito imposible. De ahí el salto a la
democracia directa como fórmula de emergencia. La objeción señala que una asamblea de vecinos a mano alzada no es democracia directa: es una reunión, y entre ambas cosas cabe un país.
El origen de todo: el golpe de 2014
La discusión deriva siempre al mismo punto:
2014. Quien defiende la legitimidad de estas consultas sostiene que el Euromaidán fue un golpe de Estado camuflado, que destituyó al presidente prorruso
Yanukóvich sin pasar por las urnas, y que lo que vino después no es más democrático. La crítica responde que las elecciones ucranianas posteriores sí fueron verificables, y que el referéndum de Rozovsky no se parece a ninguna de ellas.
Entre los dos relatos queda una conclusión compartida a medias: en tiempos de guerra, la
parafernalia electoral importa poco y lo que decide es quién controla el territorio.
El doble rasero: de Kiev a Cataluña
El reproche más repetido es el del doble estándar. Quienes exigen urnas homologables para Rozovsky no las exigían, se argumenta, para el Euromaidán ni para las consultas que precedieron a la independencia de facto de las autoproclamadas repúblicas. Y al revés: quienes validan la asamblea de Rozovsky miran con lupa cualquier consulta en otros lugares.
La comparación con Cataluña aparece y se agota, casi siempre para señalar que los paralelismos se eligen según convenga. El resultado es incómodo:
el rasero cambia según quién convoca. No hay criterio estable; hay intereses.
De quién es este territorio: historia y lengua
Aparece entonces el argumento histórico. El territorio que hoy llamamos Ucrania fue, en distintos momentos, el
Janato de Crimea, el Gran Ducado de Lituania, Polonia, el Imperio otomano y el Imperio austrohúngaro, antes de ser absorbido por el Imperio ruso y la URSS. Presentarlo como una nación milenaria e indivisible es, para esta corriente, una simplificación interesada.
La ronda lingüística es más técnica. El ucraniano, el bielorruso y el ruso descienden de una lengua común, el
antiguo eslavo oriental, escindida en torno a los siglos XII-XIII. Sostener que el ucraniano es un artefacto administrativo reciente chirría: por esa regla, media Europa sería un invento. La acusación de que los ucranianos son invasores de su propio país choca, además, con siglos de rusificación, repoblación y episodios como el
Holodomor.
Lo que se gana, en la práctica
Más allá del simbolismo hay un motivo funcional. Los territorios que pasan a la RPD adquieren el derecho a formar su propia milicia armada, con la que mantener el orden público y combatir el bandidismo con medios propios. Quien permanece bajo administración rusa directa depende, en cambio, de tropas de operación escasas o de policías locales de lealtad dudosa.
Ahí está el incentivo real. No es un plebiscito sobre identidad: es un cambio en la gestión de la seguridad.
Con el mapa en movimiento y los censos sin actualizar, la pregunta no es si Rozovsky pertenece a Ucrania o a Donetsk sobre el papel. Es cuántas fronteras más se van a decidir a mano alzada antes de que alguien se siente a contarlas.