Hasta 3.400 euros por combatir en Ucrania: lo que queda tras Hacienda
Una empresa de seguridad con sede en Lérida ha puesto en circulación una oferta para reclutar combatientes dispuestos a alistarse en la guerra de Ucrania, con retribuciones de hasta
3.400 euros. La información, difundida a través del medio Segre, coloca sobre la mesa una pregunta incómoda: cuánto dinero hace falta para que alguien firme un contrato con el frente al otro lado. Porque la cifra que encabeza el anuncio no es la que acaba cobrando quien sobrevive, y eso lo ha visto cualquiera que se haya molestado en coger el lápiz.
De 3.400 euros brutos a 2.500 netos en doce pagas
El desglose más repetido es demoledor para el gancho comercial. Si al bruto se le aplica
el 18% que se va en impuestos, el resultado se queda en torno a
2.500 euros netos repartidos en doce pagas. Sigue siendo un sueldo por encima de la media española, sí, pero la épica se desinfla cuando el puesto consiste en estar en una trinchera bajo fuego de artillería. El cálculo completo, partida a partida, deja una diferencia entre lo anunciado y lo ingresado que sorprende a quien solo lee el titular.
Y hay quien añade la puntilla: el salario apenas supera en
unos 800 euros el sueldo medio de un trabajador español. Para jugarse la vida. Ahí empieza el forcejeo de cifras que domina toda la conversación.
Un cursillo de una semana por 700 euros antes de firmar
Antes de cobrar nada, hay que pagar. La versión que más circula sostiene que el aspirante debe pasar por un
cursillo de una semana que cuesta 700 euros. La paradoja se explica sola: te cobran por el derecho a que después te paguen por arriesgarte. No es el único detalle que chirría. La oferta llega por los mismos canales por los que se busca camarero o reponedor, y ya hay quien bromea con verla anunciada en portales de empleo generalistas. La broma, con retintín, es que esto acabará apareciendo en
Infojobs.
¿Cuánto cobra un mercenario según el país del que viene?
Aquí la paga no es universal. Se sostiene que el salario se ajusta al país de procedencia: a un policía venezolano se le pagaría por debajo de
100 euros, mientras un recluta europeo aspira a las cifras del anuncio. La lógica es la de cualquier subcontrata: el precio lo fija el mercado de origen, no el riesgo de la trinchera. Y hay otro episodio que se cita como advertencia, el de combatientes sudamericanos a los que, según estas versiones, se les habría pagado con billetes falsos.
En paralelo aparece el detalle jurídico que más incomoda. Quien combate como mercenario queda fuera de la protección de la
Convención de Ginebra: sin estatus de prisionero de guerra, sin red legal y con la repatriación en el aire. De ahí que muchas réplicas se centren menos en el dinero y más en qué ocurre con el cuerpo cuando ya no sirve.
Atuneros, camioneros y una campaña de Navidad
Comparar salarios ha sido el deporte favorito de la discusión. Se ha puesto sobre la mesa el sueldo de un
camionero, soldador o fontanero en el norte de Europa: unos 3.000 euros, misma cifra y sin drones encima. Se ha mencionado el de los camareros, también alrededor de 3.000. Y se ha tirado de sector del atún, donde alguien asegura haber visto ofertas muy superiores, aunque las respuestas rebajan el dato y recuerdan que un atunero son meses encerrado en un barco.
La tesis que se repite es sencilla: si el objetivo es ganar dinero, hay caminos con paga parecida y sin plomo. Si el objetivo es la guerra, entonces el sueldo importa menos que volver.
El frente real: drones, artillería y munición sin fin
No es la contienda de hace una década. Las descripciones que se cruzan insisten en lo mismo: un frente saturado de
drones, artillería, misiles y munición abundante, con poco hueco para la improvisación heroica. El adversario no son milicias mal equipadas, subraya algún mensaje, sino un ejército con satélites, blindados y capacidad industrial. Los vídeos de combatientes extranjeros que han narrado el día a día en esas posiciones han hecho más por enfriar el entusiasmo que cualquier editorial.
El doble rasero de Siria y los reclutas de 71 años
Encima planea la incoherencia. Hubo españoles procesados por alistarse como voluntarios en Siria; ahora se normaliza que una empresa privada contrate combatientes para otro conflicto. Es la clase de asimetría que nadie se molesta en justificar, y que una parte del análisis despacha con un encogimiento de hombros: la importancia de estar en el bando correcto.
El anuncio guarda, además, un detalle que no encaja con ninguna épica: admiten a gente de
hasta 71 años. Alguien lo ha descrito como una forma de dejar atrás la residencia y hacer caja para los herederos. Entrenamiento exprés, avión, frente y a rezar.
La cifra de 3.400 euros funciona como reclamo publicitario. El número que de verdad importa, el de cuántos vuelven, no figura en el anuncio. Tampoco hay casilla para eso.