La Fed paga 700 millones al día a la banca por sus reservas
La Reserva Federal ha dejado de ser rentable. Ya no envía miles de millones al Tesoro de Estados Unidos y, en su lugar, desembolsa casi
700 millones de dólares diarios a los bancos en concepto de repos inversos y remuneración de reservas. El dato, difundido a través de una publicación en redes sociales, ha reavivado una discusión que lleva años cocinándose a fuego lento: ¿cuánto cuesta sostener el andamiaje financiero que se levantó tras 2008 y hasta cuándo se puede pagar la factura?
La cifra no es una anécdota contable. Es el síntoma de un modelo en el que el banco central paga intereses a las entidades por dejar el dinero aparcado en lugar de prestarlo. Con los tipos oficiales en niveles que no se veían desde hace décadas, esa remuneración se ha convertido en una sangría silenciosa que, según los cálculos que circulan, equivale al coste de financiar todos los programas diseñados para mantener en pie el sistema. El asunto tiene miga porque toca la línea de flotación del dólar: si el emisor pierde dinero, alguien lo acaba poniendo.
Por qué la Fed ha pasado de ingresar a pagar
Durante años, la Reserva Federal compró deuda soberana y de agencias a mansalva. Esos títulos le generaban intereses que, una vez cubiertos los gastos, revertían al Tesoro. Era un negocio redondo: el banco central financiaba al Estado y le devolvía un pellizco. El mecanismo funcionó mientras los tipos estaban pegados al suelo y las carteras de bonos compradas a precios altos rendían lo suficiente.
El giro llegó con la subida de tipos. La Fed remunera ahora las reservas que los bancos depositan en ella a un tipo que ronda el 4% y paga también por los repos inversos, ese instrumento con el que absorbe liquidez del mercado. El resultado es una cuenta de resultados en rojo que, según el dato que ha disparado la discusión, se traduce en
casi 700 millones de dólares al día. Hay quien sostiene que esa cifra, proyectada a un año, supera con holgura lo que cuesta cualquier programa público de estímulo.
La paradoja es fina: el banco central que imprime dinero para sostener el sistema paga ahora a los bancos por no usarlo. Y lo hace mientras el Tesoro sigue emitiendo deuda a mansalva para cubrir sus propios desequilibrios. Dos agujeros que se alimentan el uno al otro.
El cálculo que explica por qué nadie quiere vender deuda antigua
El problema no es solo de la Fed. Cualquiera que tenga en cartera bonos comprados cuando los tipos estaban por los suelos está atrapado. El ejemplo que se maneja es demoledor: quien compró deuda a diez años al 0,5% y lleva cinco años cobrando cupones ridículos tiene por delante otros cinco años con la misma rentabilidad mísera. Si quisiera vender ese papel hoy, tendría que asumir una pérdida brutal, porque el comprador exige el rendimiento actual, muy superior.
Esa trampa de liquidez afecta a bancos, fondos y aseguradoras de medio mundo. El material completo, desglosado partida a partida, arroja un descuento que deja en evidencia la magnitud del pufo. Nadie quiere reconocer pérdidas en los balances, así que todos miran hacia otro lado y confían en que los tipos bajen antes de que la cuerda se tense demasiado.
De ahí que el sistema se sostenga sobre una ficción contable: los activos valen en los libros lo que costaron, no lo que valen hoy. Si alguien exigiera valoraciones reales, saltarían las alarmas y se reclamarían garantías adicionales. No interesa.
Quién paga el pato cuando el dinero deja de valer
La discusión deriva rápido hacia el reparto de la factura. Los sectores que siempre acaban pagando son los mismos: asalariados y trabajadores con rentas fijas que ven cómo su poder adquisitivo se evapora mientras los activos financieros se inflan. Un ejemplo que se repite en la conversación: en 2011 una habitación en una ciudad universitaria costaba 250 euros; hoy, en la misma zona, no baja de 700. El salario, mientras tanto, no ha corrido igual.
Hay quien sostiene que el empobrecimiento es masivo y que el mérito del relato oficial es conseguir que una parte de la población no lo note. Otros responden que el sistema aguanta porque a los grandes tenedores de deuda estadounidense —China entre ellos— no les interesa que el dólar pierda valor. Es la vieja teoría del rehén mutuo: todos atrapados, nadie dispuesto a soltar primero.
La pregunta que sobrevuela es qué pasa el día que los acreedores quieran cobrar en bienes tangibles y no en billetes que pierden valor por minutos. La respuesta más repetida es que no pasará nada, porque Estados Unidos tiene una impresora y un portaaviones. Mientras eso siga siendo cierto, el juego continúa.
Qué puede pasar si los tipos no bajan
El escenario que más inquieta no es una quiebra súbita, sino una década de purga lenta. Los tipos altos durante mucho tiempo obligarían a reconocer pérdidas latentes, a recapitalizar entidades y a recortar gasto público. Algunos hablan de un evento de extinción masiva comparable al pinchazo de las puntocom o de la burbuja inmobiliaria, pero multiplicado. La comparación se queda corta, dicen, porque esta vez el activo dañado es el propio dinero.
Frente a eso, la corriente escéptica recuerda que llevamos años anunciando el apocalipsis sin fecha. Que el sistema es un ponzi es una cosa; que colapse mañana, otra. La purga llegará cuando convenga a los que mandan, no cuando lo digan los gráficos.
Con estos mimbres, lo prudente es esperar que los tipos se relajen antes de que la factura diaria de la Fed se convierta en un problema político de primera magnitud. Si no lo hacen, el debate dejará de ser económico y pasará a ser otra cosa.