Un suizo ve «mucha pobreza» al alejarse de la capital
¿Es España un país desarrollado? La respuesta cambia según dónde se formule la pregunta. En el centro de una capital parece obvia; en una carretera secundaria de provincias, no tanto. Un ingeniero suizo jubilado, casado con una española, ha dejado en su familia política un diagnóstico incómodo: tras visitar
siete ciudades españolas en distintos viajes —el primero hace muchos años, los últimos recientes— sostiene que al alejarse de la capital vio «mucha pobreza» y que «se nota que no es un país desarrollado».
Qué vio el jubilado al alejarse de la capital
Su inventario es concreto: suciedad en las calles, carreteras en mal estado, mendicidad, gente gritando y, por encima de todo,
viviendas a medio construir y edificios enteros abandonados. Repite la escena en cada ciudad visitada. También concede que la comida le parece buenísima, aunque asegura que la tortilla le da diarrea, un detalle que aporta color y algo de caricatura. Y remata con una afirmación más discutible: que los españoles no gozan de buena fama en el resto de Europa porque, a su juicio, tienden a armar jaleo.
Es aquí donde el relato deja de describir y empieza a juzgar. Un viajero puede contar lo que ve; convertir esa impresión en un rasgo nacional es otra cosa.
¿Por qué hay tantas casas a medio construir abandonadas en España?
La explicación más repetida apunta a la explosión de la
burbuja inmobiliaria: promociones enteras levantadas al calor del crédito fácil que quedaron sin terminar cuando el ciclo se dio la vuelta. El rastro de hormigón sin pintar es más visible en la periferia que en los centros históricos, lo que refuerza la sensación de abandono de quien recorre el país por carretera. Pesa además la escala: quien visita España desde un país del tamaño de Cataluña tiende a comparar realidades que no tienen la misma extensión ni la misma dispersión territorial.
Conviene añadir un matiz. Se recuerda que también en Suiza existen zonas degradadas, barrios tristes y calles frías, y que una vista parcial no define un país entero. La comparación entre un Estado y una impresión de viaje siempre sale mal parada.
¿Están las carreteras españolas peor que las europeas?
Aquí el consenso se rompe. Frente al diagnóstico del jubilado se alza la experiencia de quien dice recorrer Francia desde
1991 en coche, furgoneta y moto y sostiene que comparar la red viaria francesa con la española no resiste el menor análisis. Otros añaden que Italia está peor y que los propios italianos se sorprenden de la calidad de las infraestructuras españolas cuando las cruzan. También se matiza el coste: un interviniente cifra en
4,50 euros el trayecto desde el aeropuerto de Barajas al centro de Madrid, difícil de calificar como abuso.
Lo que sí admiten casi todos es el aburrimiento helvético: bares cerrados a media tarde y una vida social que, vista desde el Mediterráneo, parece un documental.
El precio de la vivienda y la presión del turismo extranjero
La conversación deriva hacia un asunto con números: la demanda de compradores foráneos. Una parte de los intervinientes sostiene que esa presión encarece la obra nueva, que el alquiler de corta duración se come el mercado residencial y que en algunas inmobiliarias del Levante ya se atiende en inglés. El cálculo que se maneja sitúa el sobreprecio de chalets y pisos en decenas de miles de euros sobre lo que se consideraría razonable. El desglose completo, con las cifras enfrentadas, arroja una diferencia que sorprende.
Junto a ese análisis económico aparecen mensajes de rechazo explícito hacia los compradores extranjeros. Es una tensión social real, pero generalizar a partir de ella es exactamente el error que aquí se le reprocha al visitante suizo.
Riqueza por habitante: España frente a Suiza
Si algo descoloca de la comparación es la distancia en riqueza por habitante. Los datos que se manejan sitúan a España muy por debajo de Suiza, aunque a la par de Italia y de Estados Unidos y por encima de buena parte de los países del entorno. De ahí surge una tesis que circula con fuerza: España no sería primer mundo ni tercer mundo, sino algo intermedio, un
segundo mundo con infraestructuras de país rico y rentas de país mediano.
Esa mezcla explica la contradicción que percibe el visitante. Autopistas impecables y naves abandonadas en el mismo trayecto.
¿Se puede generalizar sobre España con siete ciudades?
Depende de cuáles. Hay quien sostiene que la percepción cambia por completo según la región: los barrios del sur y del Levante presentan un deterioro que no aparece en el norte, donde ni siquiera en las ciudades grandes se ven zonas comparables. Otros defienden lo contrario, con el norte de Madrid y su provincia a la altura de lo mejor de Europa en equipamientos, vivienda y renta. Y hay quien sospecha, directamente, que la anécdota del ingeniero está aderezada o es un invento.
A eso se suma el perfil del observador. Los jubilados europeos que se instalan en la costa se mueven entre su urbanización, el centro del pueblo más cercano y el aeropuerto. De su propio país conocen, muchas veces, la terminal de salidas.
La pregunta inicial —si España es un país desarrollado— probablemente no se responde con siete ciudades ni con una tortilla indigesta. Se responde mirando cuántas grúas quedaron paradas y quién sigue pagando la factura de aquel espejismo. Lo que nadie ha explicado todavía es por qué el paraíso alpino necesita exportar jubilados al Mediterráneo para no morirse de aburrimiento.