México: cultos ancestrales frente a la identidad católica
México no está abandonando el catolicismo. Sigue siendo
uno de los países con más fieles del mundo y la Iglesia conserva un peso central en la vida pública. Pero la tesis de que el país «regresa» a sus cultos prehispánicos ha dejado de ser una salida de tono para instalarse como marco recurrente en ciertos círculos, casi siempre envuelta en sospechas sobre quién manda y con qué intención.
El asunto se reavivó con la llegada al poder de una presidenta cuyo origen familiar se ha usado para tejer toda clase de teorías.
La acusación de fondo —que existe un plan coordinado para empujar a México hacia el paganismo— no está respaldada por ninguna prueba y se apoya en atribuciones sobre su ascendencia, no en hechos. Merece la pena decirlo pronto: el resto del debate, bastante más jugoso, quedó contaminado por esa capa de sospecha.
Santa Muerte y la persistencia de los cultos prehispánicos
La discusión sustantiva no es si hay un complot, sino si México abandonó alguna vez sus prácticas ancestrales. Aquí las posturas chocan sin matices. Hay quien sostiene que el país nunca dejó de rendir culto a la muerte y que devociones como la
Santa Muerte demuestran que el sincretismo católico fue siempre una capa fina sobre una religiosidad mucho más antigua.
Enfrente, la respuesta es que esos ritos los practicaba una minoría y que hoy la mayoría de la población desciende y participa de la cultura traída durante la colonización. El choque no se cierra con datos, porque nadie aporta censos de devoción. Lo que sí queda claro es que
nación católica es una etiqueta cómoda: sirve para reivindicar una identidad y, a la vez, para negar la que convive al lado.
El avance evangélico y el retroceso católico
Si algo cambia de verdad en el mapa religioso mexicano no es el retorno a Tláloc, sino la competencia entre confesiones. Una línea de análisis muy repetida apunta a que los evangélicos ganan terreno por un flanco y el islam por otro, mientras el catolicismo pierde posiciones. La idea, formulada con sorna, es que a la Iglesia le quedan pocos telediarios.
Conviene separar la provocación del dato.
El avance protestante en América Latina está documentado desde hace décadas; el crecimiento musulmán en México, en cambio, parte de bases muy pequeñas. Presentarlos como una tenaza que estrangula al catolicismo es una licencia retórica. Funciona en una discusión de barra de bar, no como diagnóstico demográfico.
Cuánto cuesta sostener la Iglesia
El dinero es el otro gran campo de batalla. La defensa eclesiástica insiste en que la mayoría de los sacerdotes vive con sueldos modestos, en torno a
800 euros mensuales, complementados de forma puntual con lo que se cobra por bautizos y bodas. La riqueza, argumentan, se concentra en patrimonios diocesanos heredados o donados, no en el bolsillo de quien oficia la misa.
La réplica llega con ironía: si la Iglesia se organiza como una empresa, no vale escudarse en el sueldo del cura de pueblo para negar que maneja un negocio. El intercambio se encona porque mezcla dos cosas distintas —la opulencia institucional y la renta individual— y porque nadie discute el detalle completo de las cuentas.
El desglose fino, con patrimonios y ventajas fiscales incluidas, es justo lo que nunca termina de aparecer sobre la mesa.
Ciencia, escolástica y la carta católica
Contra quienes acusan a la religión de frenar el conocimiento se alza un argumento que suele descolocar:
el método científico y buena parte de la física moderna son un producto de la escolástica medieval, es decir, de un entorno católico. No todas las confesiones generaron los mismos frutos, se añade, luego no todas son equivalentes.
El contraataque es simple y también viejo: un origen histórico no demuestra ninguna verdad trascendente. Que la ciencia naciera en un contexto religioso no valida las creencias de ese contexto. Quienes defienden la fe responden citando obras de autores con credenciales científicas; quienes la atacan elevan el tono con los mismos ejemplos. El intercambio acaba donde empieza.
Religión y violencia: el argumento incómodo
Uno de los golpes más repetidos es la supuesta correlación entre países muy religiosos y altos niveles de criminalidad. La frase, lanzada como sentencia, tiene gancho pero aguanta mal el escrutinio:
confunde correlación con causa y pasa por alto que la religiosidad se mide de mil maneras. Nadie aporta un solo estudio; el aserto funciona como consigna, no como hallazgo.
Aun así, el argumento incomoda porque toca un nervio real: en zonas donde la violencia es cotidiana, la fe convive con ella sin transformarla. Señalar esa convivencia no equivale a culpar a la religión de la violencia, pero tampoco se puede despachar con un encogimiento de hombros.
El pronóstico, con todas las reservas, es que el marco del «regreso al paganismo» pierda fuelle a medida que la política mexicana se centre en asuntos verificables —economía, seguridad, energía— y deje de servir como muleta identitaria. Pero los cultos ancestrales seguirán ahí, ni borrados ni dominantes, y la etiqueta de nación católica seguirá siendo más útil como bandera que como descripción. Eso no lo arregla ningún titular.