Putin reúne a sus rivales electorales y la escena se vuelve contra el Kremlin
La dictadura de Vladimir Putin celebró una farsa disfrazada de
elecciones presidenciales. Cuatro candidatos en liza: el propio Putin por Rusia Unida, Nikolay Kharitonov por el Partido Comunista de la Federación Rusa, Leonid Slutsky por el Partido Liberal Democrático y Vladislav Davankov por Gente Nueva. Ninguno atacó al presidente en campaña. Ninguno rechazó la invasión rusa de Ucrania. Los dos que sí se oponían a la guerra, Yekaterina Duntsova y Boris Nadezhdin, fueron excluidos del proceso. El Kremlin publicó después tres fotos y dos vídeos de la reunión entre Putin y esos tres rivales de atrezo. Las caras lo dicen todo.
Qué se ve en la reunión del Kremlin
El canal de Telegram del Kremlin publicó tres fotografías de Putin sentado a una mesa con los tres candidatos alternativos. En el centro hay un objeto ovalado del que salen cuatro cables hacia cada uno de los asientos: parece un sistema de micrófonos para captar cada intervención. Putin esconde la mano izquierda bajo la mesa durante parte del encuentro. La descripción que circula es la de un jefe mafioso que recibe a sus subordinados y vigila cada gesto por si toca disciplinar.
El grupo de periodistas de la agencia oficial RIA Novosti difundió dos vídeos. En el primero, Slutsky le dice a Putin que le dieron muchos votos al «candidato principal». Un supuesto rival presumiendo de haber suministrado votos al dictador, casi sin mirarle a los ojos. En el segundo, los tres felicitan a Putin por su victoria. La escena se describe como una mezcla de temor y odio.
Quién era la oposición real y qué le pasó
El candidato con más posibilidades de hacer frente a Putin, Alexei Navalny, murió el 16 de febrero en una prisión rusa tras ser encarcelado por motivos políticos. En 2020 ya había sido envenenado con Novichok, un agente nervioso producido por la URSS que se ha usado en asesinatos o intentos de asesinato contra otros opositores al régimen. La tesis que recorre el asunto es que Rusia funciona como una dictadura mafiosa, y las imágenes de la reunión vendrían a confirmarlo.
Hay quien sostiene que la propaganda del Kremlin cometió un error al difundir esa escena: en lugar de normalizar la farsa electoral, expone el tipo de régimen. Otros análisis apuntan en dirección contraria y recuerdan que la disidencia interna en Rusia lleva dos décadas siendo neutralizada mediante el exilio, la prisión o el asesinato, de modo que la reunión no revela nada que no se supiera.
La comparación con España y la UE que domina la discusión
Buena parte del intercambio deriva hacia el terreno doméstico. Una corriente sostiene que España tiene un sistema aún más corrupto y podrido que el ruso, y que criticar a Moscú sirve de cortina de humo. Otra responde con el argumento de que aquí se puede escribir lo que allí no, y que esa diferencia, por mínima que parezca, es la que separa dos regímenes. En medio aparece la tesis de que la UE aprueba normas restrictivas —calefacciones de gas, certificados energéticos de vivienda, reparación de coches— con la formalidad de pasar por el parlamento, lo que las convertiría en atentados contra las libertades con sello democrático.
El eje del desacuerdo no es Putin. Es si el marco occidental aguanta la comparación o si la comparación se usa para tapar lo de casa.
Los observadores internacionales y el argumento de la legitimidad
Uno de los datos que se lanza sobre la mesa es que 1.150 personas de 129 países acudieron como observadores a las elecciones, y que ninguno de ellos denunció irregularidades en las votaciones. De ahí se extrae la conclusión de que calificar el proceso de dictadura es exagerado. La objeción que se opone es que la presencia de observadores no equivale a pluralismo real cuando los candidatos que se oponen a la guerra han sido excluidos y el principal opositor está muerto.
La discusión se enreda en un punto sin salida: qué prueba la ausencia de denuncias formales y qué prueba la ausencia de alternativas reales en la papeleta.
Ucrania, el exilio y el resto de dictaduras que nadie mira
Otra línea del intercambio desplaza el foco a Ucrania y a los regímenes que la UE y Estados Unidos protegen: Egipto, Marruecos, Venezuela, Guinea Ecuatorial, China, Tailandia, Singapur, Arabia Saudí, Bahréin, Kuwait, Emiratos, Omán, Catar, Irak o Pakistán. El argumento es que Rusia es la dictadura mala porque se niega a malvender sus recursos, mientras las demás son dictaduras sanas y buenas. La contrarréplica señala que la existencia de otras dictaduras no convierte a la rusa en democracia.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: si la crítica a un régimen exige coherencia con el resto o si la coherencia es solo una forma de no criticar a ninguno.