Vox, Ucrania y el pulso por la neutralidad española
Un partido que presume de tener la política exterior más clara de España lleva semanas sin ponerse de acuerdo sobre lo más básico: si Putin es un criminal o un socio incómodo. La pregunta que abre el asunto —«¿eres de Vox y no apoyas a los ucranianos?»— funciona como termómetro de una grieta que recorre a la derecha española de arriba abajo. Y el termómetro marca fiebre.
El punto de partida es una consigna sencilla:
España neutral. «Este marrón que se lo coman los sajones», resume una corriente que considera el conflicto un problema de Alemania, Suecia o Finlandia. Otra parte del electorado va más lejos y asume sin pudor la etiqueta de
rusófilo: «Es o Rusia o el fin de Europa», sentencia un simpatizante que dice haber tenido cargos orgánicos. Entre ambos extremos, un batiburrillo de argumentos que van del gas a la Agenda 2030.
Qué defiende cada bando dentro del votante de Vox
La neutralidad es la posición más repetida y también la más cómoda: no hay que elegir entre Washington y Moscú, solo entre pagar o no pagar la factura. «Bastante tenemos con nuestros fregaos», resume una postura que gana enteros cuando se habla de Ceuta, Melilla o Canarias. El argumento no es moral, es contable: si la guerra encarece la energía y hunde el consumo, que la paguen quienes la promueven.
El segundo bloque es el de la rusofilia explícita. No se molesta en disimular: apoya a Moscú porque es «el rival más débil» y porque los medios mayoritarios apoyan a Kiev. La lógica es puramente reactiva —si lo dice la tele, será mentira— y convive mal con cualquier dato sobre el terreno. «Yo apoyo a Putin porque en esto, igual que en casi todo, tengo claro que de lo que digan los medios oficiales y subvencionados, yo siempre lo contrario», resume una intervención que deja claro el mecanismo.
Y queda un tercer grupo, minoritario pero ruidoso, que directamente
niega la mayor: la guerra no es tal, es una operación de desgaste diseñada por terceros. «Esto era perfectamente evitable», sostiene quien se declara neutral porque ningún actor es inocente. La tesis tiene un problema: exige ignorar las ciudades arrasadas y los civiles muertos que mencionan otros mensajes.
El coste económico que nadie quiere firmar
El eje económico vertebra casi todas las intervenciones. La neutralidad no se defiende por principios, se defiende por cartera: sanciones que encarecen la energía, deuda que se dispara, tejido productivo que se resiente. «A disfrutar lo gasificado», ironiza quien ve en el corte del suministro ruso una factura que pagará el contribuyente español mientras Alemania negocia su parte.
Hay un cálculo que circula y que conviene mirar con lupa: la idea de que España podría haber mantenido relaciones comerciales con Moscú sin romper con Bruselas. Quienes lo defienden olvidan que el gas ruso llega a España por infraestructuras limitadas y que el mercado es global. Pero el argumento cala porque conecta con una sospecha más amplia: que las decisiones se toman en Bruselas y Washington, no en Madrid.
La paradoja es que Vox ha acabado defendiendo lo contrario de lo que pedía su base. El partido condena la invasión y respalda las sanciones, mientras una parte de su electorado pide neutralidad o directamente apoyo a Putin. «VOX apoya lo que apoye, que eso no me obliga a mí», zanja un votante que resume el divorcio.
La grieta que Vox no puede cerrar
El problema de fondo no es Ucrania, es qué significa ser de derechas en política exterior. Una parte del electorado entiende la soberanía como aislamiento: España primero, el resto que se apañe. Otra la entiende como alineamiento con Occidente, con la OTAN y con Estados Unidos. Las dos cosas no caben en el mismo programa.
La dirección del partido ha optado por el perfil bajo: condenar la invasión sin entrar en detalles, evitar la etiqueta de rusófilo y dejar que el asunto se enfríe. Funciona a corto plazo. A medio, deja un flanco abierto: cada vez que un dirigente habla de Ucrania, una parte de su electorado escucha a un traidor.
Mientras tanto, el debate sigue abierto en los márgenes. ¿Neutralidad o alineamiento? ¿Interés nacional o solidaridad con Kiev? La respuesta depende de a quién se pregunte, y eso, en política, es exactamente el problema.