Una tormenta geomagnética G5 valida la fecha de un relato de 2021
La fecha se cumplió y eso es lo único verificable. Un texto firmado por
Bret Weinstein y fechado el
19 de julio de 2021 situaba el arranque del colapso industrial el
12 de mayo de 2024, con una eyección de plasma solar como detonante. Entre el 10 y el 12 de mayo de 2024, la NOAA elevó una tormenta geomagnética al nivel
G5, el máximo de su escala, y las auroras aparecieron en latitudes donde no se ven nunca. Los apagones simultáneos en medio planeta, los transformadores calcinados y la extinción de la especie 309 años después siguen sin llegar.
Detalles menores.Qué anunciaba exactamente el texto de 2021
El relato no se andaba con matices. La nube de plasma saltaba de la superficie del Sol el
9 de mayo de 2024, quemaba transformadores desde dentro y provocaba cortes de luz que al principio no eran universales. El tercio oriental de América del Norte se llevaba la peor parte, con
30 transformadores destruidos. El detalle venenoso venía después: en tiempos normales, entregar un único transformador de repuesto tardaba
tres años, y de golpe hacían falta más de cien.
Sobre esa premisa se montaba la cascada. Noche sin luz, cielo lleno de auroras visibles hasta Costa Rica y un ambiente casi festivo durante las primeras horas, que se torcía en pánico a partir de la segunda noche. Coches abandonados sin gasolina, carreteras bloqueadas, militares desbordados, deserciones y oleadas de gente huyendo hacia cualquier zona que aún tuviera electricidad. El texto remata con la cifra que lo resume todo: la humanidad tardaría
309 años en extinguirse del todo, hasta 2333.
Lo llamativo es que el autor no vendía fatalismo gratuito. Un informe de
2013 ya advertía de que una tormenta geomagnética extrema era casi inevitable y calculaba en
una entre ocho la probabilidad de un colapso eléctrico de este tipo por década. La vulnerabilidad, decía, se corregía con menos de una décima parte de lo que el mundo gastaba al año en mensajes de texto. Nadie lo hizo.
¿Qué ocurrió de verdad el 10 de mayo de 2024?
La NOAA emitió una alerta por tormenta solar severa desde el mediodía del viernes 10 de mayo hasta el domingo 12. Las condiciones extremas G5 llegaron a la Tierra poco antes de las siete de la tarde de ese viernes. Era la primera tormenta geomagnética de esa magnitud desde
Halloween de 2003, la que provocó cortes de suministro en Suecia y daños en transformadores en Sudáfrica.
La comparación aguanta en una parte: hubo auroras boreales visibles en zonas poco acostumbradas y el GPS y las redes eléctricas quedaron bajo vigilancia por posible impacto. En la otra no: la cascada de fallos descrita nunca arrancó. Conviene separar dos cosas que el relato mezcla a propósito. Que una eyección de masa coronal llegue la misma semana que anunciaba un texto escrito tres años antes es un acierto de calendario. Que la red se caiga en medio mundo es un resultado. El primero se comprobó; el segundo, a la vista de los hechos, no.
Por qué el ciclo solar de 11 años aguanta el escepticismo
Los ciclos solares duran alrededor de once años entre un mínimo y un máximo de actividad, y eso es material de manual para cualquier radioaficionado. En las fases altas aumentan los episodios de propagación esporádica y las tormentas geomagnéticas. Sabiendo eso, situar una ventana de riesgo con años de antelación no tiene ningún mérito especial.
El matiz contrario también se sostiene: una cosa es decir que el ciclo dura once años y otra clavar el día. Que la llamarada salga un 9 de mayo y la tormenta llegue dos días después no lo sabe nadie por conocer el ciclo.
Y ahí está la trampa. Cuando la fecha no cuadra, se reajusta: antes de que mayo se llevara el mérito ya hubo intentos de recolocar el aviso en octubre.
El eslabón que sí preocupa: los transformadores
Aquí el relato pisa terreno real. El daño a los equipos depende de un número amplio de factores, y los más expuestos serían los transformadores y el cableado kilométrico de alta tensión y comunicaciones. Un aparato doméstico no sufre por una tormenta salvo que el evento sea de nivel extremo. El problema serio no es el electrodoméstico: es la máquina gigante cuyo plazo de fabricación se cuenta en años.
El pánico hace el resto. Aunque el daño físico sea limitado y se concentre en zonas concretas, basta con que el fallo se propague entre sistemas y con que la reacción social sea desproporcionada para que el efecto multiplicador supere al del propio Sol. Es la parte de la historia que no se puede descartar por sistema, y la que conviene vigilar sin dramaturgia.
HAARP, Bluebeam y el plan que nadie demuestra
En la lectura más conspirativa, la tormenta ni siquiera es una tormenta natural. Las antenas HAARP habrían calentado la ionosfera para fabricar auroras artificiales y arrancar un guion conocido: caos global, nuevo orden mundial y un supuesto proyecto con nombre de color que anuncia intervenciones sobrenaturales.
El problema de esa versión es siempre el mismo: no hay prueba que la sostenga más allá de la coincidencia de fechas y de la desconfianza previa.
Quien sostiene que detrás del aviso hay un plan organizado se apoya en el calendario, no en datos. Y el calendario, como se ha visto, también lo manejan los que saben sumar once.
Lo que queda por delante
Queda lo previsible. Si el ciclo sigue subiendo hacia su máximo, habrá más episodios G4 y G5 en los próximos años y más avisos de la NOAA. La red eléctrica seguirá siendo vulnerable no por el plasma, sino por el coste de reponer un transformador y por la falta de inversión en blindarla. Es probable que algún relato vuelva a clavar la fecha del próximo susto. Y bastante probable, a juzgar por este, que vuelva a fallar todo lo demás.