¿Se puede ver una aurora boreal desde Valladolid? Sí, y se vio
¿Se puede ver una aurora boreal desde el centro de España a simple vista? Sí, y no hizo falta un vuelo a Islandia. Una
tormenta geomagnética de nivel G5 —el máximo de la escala— empujó el índice
Kp hasta 9 y arrastró el óvalo auroral hasta latitudes improbables: Austria, Bélgica, Alemania, Suiza y el norte peninsular. Desde Valladolid, el cielo se puso rojo y hubo minutos en que se distinguía sin cámara ni filtro. En paralelo, alguien miraba entre montañas y no veía nada. Así funciona esto.
Kp=9: qué significa una tormenta geomagnética G5
El índice Kp mide la perturbación del campo magnético terrestre en una escala de 0 a 9. Cuando marca 9, estamos ante una tormenta
G5, la categoría superior, y el óvalo donde se dibujan las auroras se desploma hacia el sur. Eso es lo que ocurrió: lo que normalmente se queda en latitudes polares apareció sobre media Europa. El flujo de electrones durante la aurora llegó a estimarse en
300 gigavatios según un cálculo que circula en el hilo, una cifra que conviene guardar en la cabeza para el apartado siguiente.
La intensidad no fue constante. Hubo arranques y desplomes en pocos minutos, con repuntes de brillo que permitían ver el fenómeno a simple vista y fases en las que solo quedaba una mancha roja difusa. Quien salió a mirar una hora antes o una hora después pudo ver algo muy distinto. La ventana buena duró poco, y quien no estaba fuera se la perdió.
¿Puede el HAARP provocar auroras en España?
No. La comparación de potencias que circula en el hilo, obra de un aficionado, deja la hipótesis sin argumentos: la potencia declarada del
HAARP es de 3,5 MW, es decir, 0,0035 GW, frente a los 300 GW estimados del flujo de electrones de la aurora. Con esa energía se puede, como mucho, calentar un trozo pequeño de la ionosfera justo encima de las antenas y generar una aurora local. Inducir un fenómeno a escala global, con la extensión que alcanzó, no está al alcance de esa instalación, sostiene ese mismo razonamiento.
La coincidencia con unos días de pruebas anunciadas por escrito días antes alimentó el runrún. Había aviso público del calendario y una petición de reportes a radioaficionados; eso es lo que hay, ni más ni menos. El resto vino de sumar dos cosas que sucedieron cerca en el tiempo y presentarlo como causa.
El precedente de 2003 y el fantasma del evento Carrington
La última vez que se alcanzó este nivel fue
en 2003, y entonces hubo cortes de luz por transformadores afectados en el norte de Europa y en Sudáfrica. Ese es el motivo por el que la etiqueta G5 activa todas las alarmas del sector eléctrico, no un capricho de los aficionados al cielo.
La referencia que se citó por encima de todas fue el
evento Carrington, la mayor tormenta solar documentada, con la advertencia de que una réplica moderna desencadenaría una cascada de fallos en cadena. Conviene separar dos planos: el riesgo real para la red de alta tensión y las hipérboles sobre el fin de la civilización. Lo primero está estudiado y se monitoriza; lo segundo es literatura.
La alerta G4 del día siguiente y otros avisos en el cielo
El episodio no terminó ahí. Se emitió una nueva alerta por
tormenta geomagnética G4, la segunda más poderosa de la escala, con expectativa de auroras en latitudes bajas otra vez. El miércoles previo se había visto además un
halo solar hasta desde Canarias y se registró una fulguración
X4 emitida por el Sol. La actividad del astro venía encadenando avisos.
La confusión de cifras y pronósticos fue notable. Hay previsión seria, con modelos y datos públicos, y hay relato de urgencia montado encima. Distinguir una cosa de la otra ahorra velas y baterías.
Y al final, ni apagón ni mochila de emergencia
Los transformadores aguantaron, la luz no parpadeó y las velas compradas de urgencia volvieron al cajón junto a la mochila que llevaba años guardada. Los cortes se quedaron en lo que suelen quedarse: nada que confirme el guion catastrofista. Otra vez.
Queda el consuelo de haber visto, sin moverse de casa, algo que muchos pagan por fotografiar a mil kilómetros. Y queda una certeza incómoda: la próxima G5, si llega, volverá a pillar a casi todos mirando al suelo.