Sandoval, de 46 a 55 años: engordar no es cuestión de voluntad
Un entrenador con traje impecable, pelo abundante y 46 años dirige primero al Rayo y después al Granada. La foto es de 2015. Nueve temporadas más tarde, la misma persona vuelve al banquillo del Granada con
55 años y otro cuerpo. «Si, es la misma persona, se que cuesta creerlo», admite quien coloca las dos imágenes una al lado de la otra. Lo que arranca como una broma sobre el paso del tiempo deriva en una discusión bastante más seria: cuánto del deterioro físico se debe a la dejadez y cuánto es biología cumpliendo su guion.
¿Por qué se engorda entre los 45 y los 55 años?
El argumento hormonal aparece pronto y no tiene nada que ver con la pereza. Según sostiene un participante, a esas edades se produce
alrededor de la mitad de testosterona que en plena actividad deportiva, y esa caída arrastraría al metabolismo: menos músculo, más grasa y una velocidad de crucero distinta. Se habla mucho de la menopausia y casi nada de la
andropausia, añade, aunque afecta a cualquier hombre que llegue vivo a la cincuentena.
Otro participante rebaja el drama individual: a su juicio, el salto físico de los 40 a los 50 es brutal en cualquier parte del mundo. Diez años son muchos años. Que el cuerpo de un hombre de 55 no se parezca al de uno de 45 no demuestra nada sobre su disciplina.
Sobre la mesa está también la vía agresiva que, según se comenta en el hilo, circula en Hollywood: inyectarse testosterona para sostener cifras de veinteañero a los sesenta. Se llama TRT y el problema, apuntan, es que implica mantenerla en el tiempo. El atajo tiene precio.
¿Cuánto adelgaza la dieta y cuánto el gimnasio?
El testimonio más detallado que se cruza en la conversación viene de alguien que
perdió 16 kilos y lleva año y medio sostenido en 73 kilos con 1,81 metros de altura. Su reparto es tajante: entre el
80% y el 90% del resultado es la dieta, y el ejercicio —flexiones, dominadas, mancuernas, algo de abdomen— solo remata la faena. No hace falta matarse. La conclusión incómoda es otra: hay que asumir que se va a pasar hambre.
La cifra que maneja ronda las
1.700-1.800 calorías diarias. Bastante menos de lo que se ingiere sin pensar, y muy lejos de una comida de restaurante con callos de primero, solomillo de segundo, pan, vino y postre. Ese menú puede superar las 3.000 calorías de un tirón, y explica por qué después nadie se mueve en toda la tarde.
El deportista que se retira y sigue comiendo igual
Hay un patrón que se repite entre exdeportistas: siguen comiendo como cuando entrenaban dos horas al día, pero ya no entrenan. Jugadores de baloncesto semiprofesional con la misma deriva, y el caso de
Javi Moreno, exdelantero de Alavés y Milan, que habría llegado a 121 kilos y a pasar por el quirófano. La condición de gordo, dicen, estaba escondida debajo del ejercicio.
Comer poco, comer mucho y el club de los longevos
Los ejemplos se amontonan.
Clint Eastwood, 94 años, sigue haciendo películas y, según lo que se cuenta, come dos veces al día. Arturo Fernández comía un plato y el resto manzanas, y pasó de los 90. Son anécdotas, no ensayos clínicos, pero empujan en la misma dirección: la restricción y el alimento sin procesar aparecen una y otra vez entre los que llegan muy arriba en años.
La observación hospitalaria va en la misma línea: tres comidas, sanas y escasas, para todos los ingresados, no solo para los diabéticos o los hipertensos, sostiene otro participante. Comer mata, pero comer y comer también.
El zumo natural y otras trampas del azúcar líquido
Uno de los puntos donde más se insiste es en el azúcar que se bebe. Un participante afirma que el zumo, aunque sea exprimido en casa, llega sin fibra y de golpe: el cuerpo no procesaría ese chute y lo mandaría directo a grasa, con un aumento del riesgo de diabetes y de acumulación de grasa que él mismo cifra en un
200% frente a la fruta entera. En el formato industrial, la cifra que menciona se dobla hasta el 400%. No es un dato comprobado, sino su apreciación.
La fruta entera, con pulpa, se libra del reproche. El pan, en cambio, es el punto débil confesado de más de uno: cuesta dejarlo aunque se hayan corrido tres maratones.
El espejo miente: cuando estar gordo rejuvenece la cara
Y aquí llega el giro desconcertante. Alguien con
174 centímetros y 115 kilos, 53 años, asegura que nadie le echa más de 40: la cara redonda estira la piel y disimula la edad, la espalda ancha y la actitud activa completan el engaño. Enfrente, el caso contrario: 1,85 y 58 kilos, una cifra que a más de uno le parece directamente un problema.
De 46 a 55 hay nueve temporadas, miles de días y un cuerpo que cambia con o sin permiso. La báscula baja, sube y a veces no dice nada útil. Lo único que se sostiene en todas las versiones es que el espejo miente en las dos direcciones y que la voluntad, sola, no explica el resultado.