Danone cierra su planta de Barcelona y el yogur se hace político
La fábrica de Danone en Parets del Vallès tiene, según se apunta en el debate, una vecina incómoda: pegada a ella, en el mismo entorno industrial, opera una planta de Grifols. Dos industrias muy distintas, pared con pared. La compañía cierra una de sus factorías históricas en la provincia de Barcelona y deja una pregunta en el aire: ¿por qué se apaga una fábrica de Danone en el mismo sitio donde el yogur industrial nació como negocio en España?
La factoría afectada acumula
más de cincuenta años de actividad, emplea a
noventa personas y fabrica pan tostado y snacks —fue la antigua factoría de Ortiz—, según los datos que han circulado sobre el cierre. Noventa empleos no son una catástrofe macroeconómica. Son, en cambio, el síntoma de algo mayor: la producción de gran consumo que se repliega en España y el rastro de proveedores, transportistas y comercios que arrastra detrás.
El yogur que nació en Barcelona
Hay una ironía histórica que casi nadie recuerda. Danone no es una multinacional que llegó de fuera a vender yogures: la marca se fundó en Barcelona.
Isaac Carasso, sefardí de Tesalónica (1874-1939), dejó la ciudad griega en 1912, cuando pasó a soberanía griega, y se instaló en la capital catalana cuatro años después con un objetivo: comercializar el yogur, un producto de origen caucásico que en Turquía y Bulgaria se consumía a diario. Europa lo acababa de descubrir gracias a la microbiología.
Casi un siglo más tarde, el mapa se ha invertido. La empresa que él levantó repliega ahora su producción en el sur de Europa y, según se sostiene en el debate, las decisiones se toman en París. La geografía del beneficio cambió; la del empleo, también. Y quien manda en el balance no vive en el polígono que cierra.
Los precedentes de 2023
Tampoco es un movimiento aislado, a juicio de quienes siguen el hilo. En el debate se enlazan informaciones de
enero y de
noviembre de 2023 sobre factorías del sector alimentario que echaban el cierre. Cada anuncio se vive como excepcional. La secuencia, mirada en conjunto, se lee como una retirada lenta de capacidad productiva.
Ahí está la trampa del relato: la planta que cierra siempre es «la última». Hasta que llega la siguiente.
El cierre entra en el tablero político
Ningún cierre industrial escapa hoy a la política territorial. Una parte de los comentarios sostiene que Junts pedirá multas por cerrar en Cataluña o que el Gobierno acabará forzando la continuidad de la planta por decreto; otras voces responden, con sorna, que «de Cataluña no se sale con vida». El sindicato CCOO rechazó el cierre con dureza, y no faltó quien le recordó su afinidad con el Ejecutivo central.
Un participante lee el episodio en clave nacional: todo lo que se cierre o se vaya de Cataluña sería bueno para España. Es un marco discutible, pero explica por qué una fábrica acaba compartiendo titular con las negociaciones de investidura. Cuando la política entra en la fábrica, los noventa empleos se convierten en argumento.
¿Por qué cierra una fábrica de yogur en España?
Los motivos que se manejan son los de siempre y todos apuntan al coste. Una industria láctea es intensiva en energía —pasteurización, frío, transporte— y el precio de la luz se ha convertido en el factor que desequilibra cuentas que hace una década salían. Un comentario del hilo lo resume sin adornos: todas las industrias actuales son muy dependientes de la energía fósil.
El segundo frente es el precio final. El yogur es producto de marca blanca por excelencia: según se argumenta en el debate, el supermercado decide qué fabricante le suministra y cambia de proveedor cuando la balanza se tuerce. Con ese poder de compra en manos de las cadenas, y siguiendo ese razonamiento, el fabricante de marca no fija el precio, lo recibe. Y cuando la marca no defiende su margen, la planta pasa a ser una línea prescindible del balance.
Marca blanca, yogurtera y kefir
La respuesta del consumidor ha sido la previsible: bajar un escalón. La marca blanca ya domina categorías enteras y su calidad, defienden muchos, no tiene nada que envidiar a la de marca. Detrás hay, según un participante, un negocio curioso: el fabricante de marca conocida que coloca sus excedentes —o tiradas que no pasan su propio control de calidad— bajo etiqueta ajena, y que también vendería más marca blanca que su propia marca, como apunta ese mismo participante a propósito de un gran grupo bodeguero.
La otra salida es doméstica y tiene su propio equipamiento: la yogurtera, la panificadora, la freidora de aire, la sandwichera. Nada nuevo, en realidad. En los años ochenta ya había yogurteras en las cocinas, recuerda un participante, y hubo una generación que dejó de comprar leche al lechero para comprarla envasada. La diferencia es que ahora el coste energético viaja también en el recibo de casa: el kefir, ironizan algunos, al menos no necesita enchufe.
De López de Hoyos a Tesalónica
Queda la memoria industrial. Hubo, según recuerda un participante, una fábrica de Danone en pleno centro de Madrid, cerca de López de Hoyos, que veía de camino a casa de una tía suya. Quedan también los yogures Chambourcy, que alguien echa de menos, y los vendedores de leche a domicilio, que desaparecieron cuando la leche dejó de saber a leche.
No es nostalgia pura. Es la constatación de que el mapa industrial se reorganiza cada veinte años y de que cada mudanza deja atrás empleos que no vuelven. La fábrica de yogures que un día estuvo en el centro de una capital hoy se planifica en un polígono de las afueras, con la logística pesando más que la tradición.
El dato que un participante pone sobre la mesa no sale de ningún informe:
casi tres euros por cuatro yogures de la gama infantil de la propia marca, según cuenta de su propia compra. A ese precio, la yogurtera casera no era una excentricidad: era una estrategia de ahorro.