El bulo de la muerte de Bryce Echenique que nadie desmintió a tiempo
Un titular urgente, una defunción anunciada a bombo y platillo y una comunidad entera celebrando antes de comprobar nada. El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique no había muerto. Alguien lo mató por escrito y el resto del personal se lo creyó durante el tiempo suficiente para descorchar botellas, insultar al mensajero y, de paso, dejar constancia de lo poco que se lee antes de opinar. La broma duró lo que tarda alguien en abrir una pestaña y buscar el nombre en cualquier periódico. Pero el daño ya estaba hecho:
127 respuestas y una lista de damnificados emocionales que iban del champán al ignore.
Qué pasó exactamente con Bryce Echenique
El anuncio llegó sin enlace, sin fuente y sin fecha. Solo el apellido en mayúsculas y la palabra urgente delante. Suficiente para que media docena de lectores empezara a repartir condolencias y la otra media a celebrar una muerte que nunca ocurrió. El autor del mensaje no volvió a dar señales.
Touché, resumió uno de los damnificados cuando se confirmó que el finado seguía vivo y, por lo visto, cobrando.
La reacción mayoritaria no fue de vergüenza sino de indignación. El reproche se repetía con distintas palabras: con los sentimientos no se juega. Hubo quien exigió el pago de una botella de champán abierta por error y quien se consoló pensando que al menos el susto le había ahorrado descorchar un vino bueno. La escena tiene su gracia y su parte oscura: una comunidad que se toma la muerte ajena como un espectáculo de confirmación ideológica.
Por qué algunos celebraron la noticia falsa
La alegría de ciertos mensajes no venía del fallecimiento en sí, sino de quién era el supuesto fallecido. Bryce Echenique, peruano afincado en España, arrastra una fama pública de escritor polémico, bebedor legendario y declaraciones incómodas. Para una parte del personal, su muerte habría sido una buena noticia. Cuando se supo que era falsa, esa misma parte tuvo que tragarse el entusiasmo y buscar culpables.
El asunto derivó hacia un reproche más amplio: la supuesta condición de extranjero que vive de lo público y critica al país que lo mantiene. Un participante lo desarrolló con detalle, comparando con lo que, según él, ocurre en sentido contrario. Es la vieja discusión sobre quién tiene derecho a quejarse y quién paga la factura, aplicada a un escritor que no había muerto ni tenía intención de hacerlo.
La anécdota que sobrevivió al bulo
Entre el ruido apareció un dato que sí tiene valor literario. Se recordó que Bryce Echenique asistió hace décadas a la presentación de un libro de Manuel Alvar con tal cogorza encima que, al oír el nombre del autor, confundió Alfredo con Alvar y soltó aquello de
«eso, al bar, todos al bar». La anécdota circula desde entonces como ejemplo de que el personaje y la obra iban en el mismo pack.
También se recuperó su condición de escritor que escribía cocido, según la descripción de quienes lo trataron. Un participante resumió la biografía con una frase que no tiene desperdicio: lo incinerarán y dentro de quince días seguirá ardiendo. El humor negro funcionó mejor que la noticia falsa.
El error de lectura que nadie quiere reconocer
El fallo no fue creer un titular sin fuente. Fue creerlo con ganas. La velocidad con la que se pasó de la condolencia al insulto hacia quien había abierto el mensaje demuestra que el contenido importaba menos que la oportunidad de posicionarse. Un lector lo dejó claro al pedir la cuenta del autor del bulo: es más falso que un billete de tres euros.
La discusión derivó, como suele, hacia el terreno lingüístico. Alguien aprovechó para corregir la sintaxis de un mensaje ajeno y montó una clase de gramática sobre el uso del verbo celebrar y sus complementos. El nivel de algunos es penoso, sentenció. Nadie le discutió la lección, pero tampoco nadie dejó de celebrar.
El bulo se deshizo solo, sin desmentido oficial ni rectificación. Bryce Echenique sigue vivo, la botella de champán sigue abierta y el autor del mensaje inicial sigue sin dar explicaciones. Lo único que quedó claro es que en según qué sitios la muerte de un escritor se celebra antes de confirmarla.