Íker Jiménez arremete contra la publicidad institucional en un directo por YouTube
Un presentador con programa propio sale en directo por YouTube para denunciar la publicidad institucional y a los medios que considera afines al poder. En abstracto, el mensaje es difícil de rebatir. En concreto, es un problema: la hemeroteca de
Íker Jiménez se ha convertido en la principal acusación de quienes le escuchan. El directo ha derivado en una liquidación a varias bandas donde caben la gestión de la dana, la polémica de las vacunas y un ajuste de cuentas entre colegas de profesión.
¿Qué denuncia exactamente Iker Jiménez?
El eje del discurso es la publicidad institucional y la relación de determinados medios con el Gobierno, a los que se señala como parte de un mismo aparato de propaganda. No hay cifras de contratos ni adjudicaciones concretas: la crítica se mueve en el terreno de las dinámicas y los gestos. Eso no impide que el mensaje haya calado entre un público que lleva años sospechando de según qué tertulias.
Lo interesante llega con la respuesta. Una parte de quienes siguen el directo sostiene que Jiménez no denuncia el sistema, sino a la competencia: su problema no sería la información veraz, sino hacer caja. Otra corriente le reprocha que se coloque por encima de la refriega y que, al final, el ruido impida oír nada. El propio presentador vendía la idea de que entre bomberos no conviene pisarse la manguera; hay quien leyó ahí una advertencia a sus colegas y no un diagnóstico del sector.
La ayuda de la dana: 100 trailers frente a 28 furgonetas
El asunto ha arrastrado al terreno de los números. En un vídeo previo,
Ángel Gaitán, al llegar a Valencia, habló de 28 furgonetas; en el directo se ha insistido en la existencia de 100 trailers de 16 metros con su correspondiente distancia de seguridad, lo que ocuparía unos cinco kilómetros de carretera. La comparación la hizo un participante del debate: pasar de cien trailers a 28 furgonetas es un salto que, como poco, exige explicación.
Nadie discute que la ayuda llegara. Lo que se discute es el relato que se construye alrededor de ella. Que sean cinco kilómetros de convoyes o 28 furgonetas no cambia que hubiera vecinos sin nada; sí cambia quién se apunta el mérito y con qué cifra. En una catástrofe de esta escala, la contabilidad de la solidaridad se convierte en arma arrojadiza.
El informe n.º 382 y la versión sin pruebas
En el directo se ha llegado a citar un documento, el informe n.º 382, que una parte presenta como prueba y que otra califica de bulo. La escena es un clásico de estos episodios: quien tiene el documento no lo publica íntegro y quien lo niega no aporta nada mejor. Sin verificación independiente, la pieza sirve para lo de siempre, para sostener la fe de los ya convencidos.
Algo parecido ocurre con la versión sobre la retirada de víctimas. Quien la rebate lo tiene fácil: sin pruebas contundentes, montar una película sobre camiones saliendo a hurtadillas es exactamente lo contrario del periodismo que se dice defender. El criterio que se exige a los medios criticados es, aquí, el mismo que se les debería aplicar a ellos.
La pandemia, el reproche que nunca se apaga
Ningún directo de este tipo se libra de la comparación. Una parte del público recuerda que durante la crisis sanitaria se llamó conspiranoicos a quienes dudaban de la utilidad de las mascarillas en platós de televisión y que se avaló sin matices el proceso acelerado de las vacunas. Cuatro años después, ese mismo público sostiene que entonces se difundió el relato oficial y que ahora se cobra por criticar a quienes lo difundían. Se le puede dar más o menos crédito, pero el material para el reproche existe.
Hay una segunda capa. Parte de la conversación sitúa al presentador entre los altavoces de la Agenda 2030 y del consenso sanitario, y le exige que aclare qué defendía entonces y qué defiende ahora. Los datos disponibles apuntan a que esa factura sigue sin pagarse, y mientras no se pague, cualquier denuncia suya sobre publicidad institucional arrastrará la sospecha de oportunismo.
Pelea de gatos en el patio
El directo ha salpicado a nombres propios. Sobre Ángel Gaitán se ha escrito que el presentador lo dejó tirado, y hay quien sentencia que su carrera profesional ha muerto. Son reproches de patio de vecinos, no análisis: lo que se dirime es quién capitaliza el descontento, quién se lleva el mérito de la ayuda y quién paga el desgaste cuando la polémica se agota.
Alrededor, la sospecha circula en las dos direcciones. Se advierte de cuentas antiguas y casi inactivas que de pronto aparecen sentenciando que el presentador está acabado y que manipula; y se responde que eso es exactamente lo que hacen los conversos de última hora. Una parte sostiene, además, que el PSOE ha movilizado a sus medios afines contra Jiménez. Todo ello sin que nadie haya enseñado todavía un contrato, una adjudicación o una instrucción por escrito.
Queda la parte incómoda: el desglose de las cifras de ayuda, el documento citado y las fechas de cada declaración están ahí, pero nadie los ha puesto en una tabla comparable. Mientras eso no ocurra, la discusión seguirá dirimiéndose a golpe de clip.
¿Se puede criticar hoy al poder sin haberle hecho antes la ola?