Belgrado: la calle tras perder las elecciones
Miles de personas se movilizaron en Belgrado para exigir la anulación de los resultados electorales. La convocatoria la firmó
Serbia contra la Violencia, la coalición prooccidental que había perdido los comicios pocos días antes. Las imágenes que acompañaron a la protesta recogían un intento de asalto al Parlamento, y una de las lecturas más difundidas fue la de un
golpe de color en toda regla. Sea cual sea la etiqueta, el patrón se repite: derrota en las urnas, llamada a la calle y exigencia de repetir el escrutinio.
El detalle que más se subraya es el nombre propio de la plataforma. Una formación que se presenta como contraria a la violencia es la que moviliza a los suyos cuando el resultado no le favorece.
Orwell se quedó corto, resume con retintín una de las valoraciones que circulan. Tampoco falta quien recuerda que, en un país bombardeado por la OTAN hace más de dos décadas, presentarse como prooccidental sigue siendo un ejercicio de equilibrio delicado.
¿Por qué se habla de un golpe de color en Belgrado?
Porque los paralelismos con episodios anteriores se han convertido en el eje del análisis. Se citan dos precedentes: la caída de Slobodan Milošević en Serbia y la de Viktor Yanukóvich en Ucrania, ambos con movilizaciones en la calle tras resultados electorales discutidos. La conclusión que extrae una parte del debate es que existe una mecánica repetida, activada con un núcleo reducido de población y con recursos llegados de fuera.
Sobre esa financiación, el razonamiento que circula sostiene que basta un segmento pequeño y muy movilizado para desestabilizar un país entero. Se menciona que con alrededor de una décima parte de la población, organizada y con dinero, se puede montar una revolución de colores. Es una afirmación que se lanza sin aportar documentos, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis de trabajo, no un hecho acreditado. En el mismo terreno, y con las mismas cautelas, se menciona un supuesto aviso de los servicios de inteligencia rusos a las autoridades serbias.
Del segundo puesto pesquero mundial a las cuotas de la UE
El caso serbio sirve para reabrir una herida española. Antes de la integración europea, España era la
segunda flota pesquera del mundo. Después llegaron los cupos, las zonas de veda y los calendarios decididos desde Bruselas. La flota quedó reducida a una fracción de lo que fue, y en el sector se sostiene que las reglas se aplican con manga ancha a otros: se apunta a Francia y a artes de pesca más agresivas que las españolas, autorizadas sin mayores aspavientos.
La lista de agravios no termina ahí. Se añade la reconversión industrial de los años ochenta y noventa, el cierre de factorías y la pérdida de tejido productivo. Y el capítulo diplomático: la negociación de cuotas de pesca en aguas del Sáhara Occidental con Marruecos, gestionada —según esta lectura— como si el territorio no fuera objeto de disputa. ¿Cómo se justifica que las decisiones sobre caladeros se tomen en función de intereses ajenos?
¿Gana algo un país al entrar en la Unión Europea?
Hay argumentos en los dos sentidos. El más consistente a favor apunta a los fondos de cohesión y a las subvenciones que llegan del Banco Central Europeo calculadas, en buena parte, por número de habitantes. Con un crecimiento vegetativo negativo desde los años noventa, ese flujo se convierte en la coartada contable para sostener el sistema de pensiones y para alimentar el mercado inmobiliario de las grandes capitales.
Quienes defienden la integración añaden el ejemplo de los países del Este que se incorporaron después: economías pequeñas que se transformaron a gran velocidad y que hoy muestran un nivel de consumo impensable hace tres décadas. Sus críticos responden que ese crecimiento se concentró en una minoría bien situada, y que los coches de gama alta que circulan por capitales de provincias no dicen nada sobre el salario mediano.
El viaje, en cambio, se ha abaratado. La moneda fuerte ayuda al cambio fuera de casa, y el turismo de bajo coste ha extendido la costumbre de moverse. Es el único beneficio que casi nadie discute.
Mientras el foco seguía puesto en Belgrado, la cifra que más se repetía en el análisis no tenía nada que ver con Serbia. Era el puesto que España ocupaba en el ranking pesquero mundial y el que ocupa hoy.