Parar un dron yemení cuesta 2 millones; lanzarlo, 100.000
Cada destructor estadounidense embarca alrededor de
90 misiles y su misión no es atacar, sino tapar al portaaviones. Cuando desde Yemen se lanza una salva de
100 drones, cohetes o misiles, los escoltas disparan cada
misil Aegis disponible para desviar la amenaza. La misión se cumple. El problema aparece en el turno siguiente: las lanzaderas quedan vacías y no hay con qué rellenarlas lejos de puerto.
Sobre esa secuencia se construye el análisis difundido por Larry Johnson en
sonar21.com, que arranca citando al coronel Macgregor: se puede plantar cara a cualquier ejército del mundo siempre que la
guerra no dure más de una semana. La pregunta, obvia, es qué pasa en la segunda.
Sin buques auxiliares: el destructor tiene que volver a puerto
El cuello de botella está en la logística, no en el fuego. La Armada estadounidense prescindió de los buques auxiliares capaces de recargar misiles en alta mar, de modo que un destructor con las lanzaderas agotadas debe navegar hasta el puerto amigo más cercano donde haya misiles almacenados. Si se marcha, el portaaviones se queda sin su pantalla defensiva y, en la práctica, lo sigue.
El resultado es una ecuación incómoda: el poder de permanencia de una flota en una zona de combate pasa a ser una función directa de cuántos misiles dispara el adversario. Cuanto más barato es el ataque, más rápido se agota la defensa. El inventario de buques de reabastecimiento que ya no está disponible circula adjunto al propio análisis, y explica por qué el problema no se resuelve con más destructores, sino con más puertos cerca.
¿Por qué cuesta tanto derribar un dron barato?
Porque la defensa dispara munición muchísimo más cara que el objetivo. Cada misil Aegis de intercepción cuesta al menos
500.000 dólares en la versión más conservadora, y un funcionario retirado del Departamento de Defensa elevaba el coste real hasta los
2 millones. El aparato que se pretende abatir, en cambio, no vale ni
100.000.
Conviene precisar la nomenclatura, porque en la conversación se mezcla todo: Aegis designa el sistema de radar y de combate, no el proyectil. Los interceptores son misiles SM-2 o SM-3, y en el inventario hay opciones más baratas. La factura, aun así, sigue siendo varias veces superior al precio de lo que se derriba. Y esa diferencia, multiplicada por cien lanzamientos en una sola noche, es la que sostiene la tesis de fondo.
Elefantes contra abejas: la asimetría del dron de diez mil euros
La comparación más repetida es zoológica. Confrontar a Estados Unidos con Yemen se parece a un enjambre de abejas frente a una manada de elefantes: los elefantes ganan cualquier choque abierto y, aun así, no logran focalizar a un rival diminuto y disperso. En términos técnicos, un dron con una cámara barata hace hoy buena parte del trabajo que antes exigía un avión de alerta temprana.
Para un buque de guerra resulta tan peligroso un aparato de diez mil euros como un misil antibuque de un millón, con la ventaja añadida de que el dron no necesita plataforma de lanzamiento. Y la munición viaja en camiones y se esconde en la orografía montañosa: se puede arrasar una ciudad, no un desierto.
¿Por qué Afganistán e Irak no sirven como precedente?
Depende de quién mire el historial. En 2003 la brecha tecnológica entre el ejército iraquí y el estadounidense era abismal, hasta el punto de que la inteligencia conocía cuándo paraba un blindado enemigo para descansar. Ese monopolio de la información, sostiene una parte, se ha diluido: hoy cualquier aparato volador barato ve lo que antes solo veía un sistema aerotransportado de vigilancia.
En contra pesa otro argumento, y no es menor: la guerra del Golfo se prolongó
ocho meses a miles de kilómetros de distancia, la invasión de Irak se estiró años y Afganistán terminó con una retirada ante una resistencia irregular que nunca fue derrotada del todo. Quien invoca esos casos para rebajar la amenaza yemení choca con el mismo muro: la duración.
El problema que nadie resuelve: ver más allá de tres millas
La duda recorre toda la discusión técnica. Si las milicias yemeníes no disponen de medios de vigilancia marítima, ¿cómo apuntan a un grupo naval situado más allá del alcance visual, unas
tres millas marinas? Frente a ese escollo se alinean los medios convencionales: drones de vigilancia de gran altitud y bombarderos cargados de munición guiada lanzados desde bases lejanas, con la experiencia acumulada de otros teatros.
Mientras eso se dirime, el despliegue de buques de asalto se ha retirado y cualquier operación terrestre queda pospuesta, con el argumento de que lo pidió un socio regional. La lectura menos amable es otra: si un proyectil suelto toca un buque, el coste de imagen es histórico.
El balance se atasca exactamente ahí. Unos fijan el límite de una guerra de alta intensidad en una semana; otros, en dos. Nadie ha puesto por escrito cuánto tarda en volver un destructor desde el puerto más cercano hasta la pantalla del portaaviones, y ese es el número que falta en todas las cuentas.