Von der Leyen anuncia otra crisis sanitaria mundial
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha asegurado que «estamos al borde, si no al comienzo, de otra crisis sanitaria mundial». Lo ha hecho en el mismo discurso en el que ha presentado una nueva iniciativa para combatir la desinformación, el llamado Escudo Europeo de la Democracia. La coincidencia no ha pasado desapercibida: el anuncio sanitario y el anuncio censurador llegan en el mismo paquete, y eso ha encendido todas las alarmas entre quienes ya venían avisando de que el ciclo pandemia-confinamiento no había terminado, sino que solo estaba en pausa.
La sospecha no es nueva. Desde que se levantaron las restricciones, una parte de la población sostiene que el estado de excepción sanitario no fue un paréntesis, sino un ensayo. La declaración de Von der Leyen, con su timing —justo cuando se anuncia un mecanismo para perseguir la «desinformación»—, ha sido leída por muchos como la confirmación de que el siguiente acto ya está escrito. No es una lectura descabellada: la propia presidenta ha vinculado ambas cosas en la misma intervención.
¿Qué ha dicho exactamente Von der Leyen?
La presidenta de la Comisión Europea ha afirmado que el mundo se encuentra «al borde, si no al comienzo, de otra crisis sanitaria mundial». No ha especificado qué patógeno, qué origen ni qué calendario. Ha anunciado, en paralelo, la creación de un Escudo Europeo de la Democracia para combatir la manipulación y la desinformación, un centro europeo para la resiliencia democrática y un aumento de fondos para medios independientes y locales.
El paquete tiene una lógica interna que a muchos se les escapa: si hay crisis sanitaria, hay emergencia; si hay emergencia, hay necesidad de controlar el relato. La pregunta que flota en el aire es si el orden es el inverso. Es decir, si primero se decide que hace falta más control y luego se busca la crisis que lo justifique.
La reacción: del escepticismo al «ya lo dijimos»
La respuesta no se ha hecho esperar. Hay quien recuerda que las promesas de transparencia y las advertencias sobre nuevas pandemias se acumulan desde hace años sin que ninguna se haya materializado en algo parecido a lo que se anunció. «No puede ser que después de cinco años tengamos que hacer remake del Pacovid», resume una de las intervenciones más repetidas. La idea de fondo es que el guion ya no cuela: la gente ha aprendido a reconocer los patrones.
Otros van más allá y sostienen que la advertencia es, en sí misma, una forma de preparar el terreno. Si alguien con poder para tomar medidas dice que sabe que viene una crisis y no concreta nada, solo caben dos lecturas: o no sabe nada y está metiendo miedo, o sabe algo y lo está callando. En ambos casos, la conclusión es la misma: no es un aviso desinteresado.
El contexto económico: crisis sanitaria como coartada fiscal
Hay una lectura económica que ha ganado peso en la conversación. La crisis sanitaria no vendría sola: vendría con su correspondiente factura. El argumento es que el aumento del gasto público, la deuda acumulada y la necesidad de justificar nuevas emisiones de deuda encuentran en la emergencia sanitaria un marco perfecto. La secuencia sería: se declara la crisis, se habilita el gasto ilimitado, se diluye la deuda vía inflación y se culpa al virus de todo lo que venga después.
No es una teoría marginal. En el fondo, es la misma lógica que se aplicó durante la pandemia anterior: medidas excepcionales, prorrogadas sine die, con un coste que se socializa y unos beneficios que se concentran. La novedad ahora es que el anuncio llega sin que haya ningún indicio objetivo de crisis inminente. Solo la palabra de Von der Leyen.
La desinformación como arma de doble filo
El Escudo Europeo de la Democracia es, en la práctica, un mecanismo para decidir qué es información y qué es desinformación. El problema es quién decide. Si el mismo organismo que declara la crisis sanitaria es el que define qué se puede decir sobre ella, el conflicto de interés es evidente. No hace falta ser conspiranoico para verlo: basta con aplicar la lógica más básica.
La paradoja es que la desinformación existe, y mucha. Pero la respuesta no puede ser crear un aparato que, en la práctica, solo persiga la que incomoda al poder. La credibilidad de una institución que se presenta como garante de la verdad depende de que esa verdad no sea selectiva. Y, de momento, el historial no invita al optimismo.
Lo que viene: entre el miedo y la resistencia
La conversación ha derivado hacia el futuro inmediato. Hay quien espera nuevas restricciones para otoño, coincidiendo con el despliegue del escudo digital y la vuelta a la rutina. Hay quien sostiene que la resistencia será mayor esta vez, porque la gente ya ha visto el mecanismo y no está dispuesta a repetir. Y hay quien, simplemente, ha decidido no obedecer a nada ni a nadie, venga de donde venga.
El dato que descoloca es que, por primera vez, la advertencia de una crisis sanitaria mundial no genera unanimidad en el miedo, sino división. La autoridad que la lanza ha perdido la capacidad de ser creída por defecto. Y eso, para un poder que se sostiene sobre el relato, es una crisis mucho más grave que cualquier virus.