Vance señala a la UE: el enemigo de Europa es la pérdida de libertades
¿Qué pasa cuando el vicepresidente de Estados Unidos dice en voz alta lo que media Europa piensa en silencio? Que las instituciones europeas se ponen nerviosas. En un discurso que ha corrido como la pólvora, JD Vance ha situado el enemigo de Europa no en Moscú ni en Pekín, sino en el propio retroceso de derechos y libertades que atribuye a la maquinaria comunitaria. La reacción de Bruselas, entre el estupor y la indignación, ha sido la de quien recibe un correctivo en su propia casa.
El diagnóstico que ha soltado el vicepresidente estadounidense no es nuevo en los mentideros económicos, pero sí inédito en boca de un alto cargo de Washington. La tesis: la Unión Europea ha dejado de ser un proyecto de cooperación para convertirse en una estructura burocrática que legisla por encima de los Estados, censura el disenso y ahoga la competitividad con regulación. Y lo ha dicho sin anestesia.
La UE que nadie votó y la agenda que nadie aprobó
El primer frente que abre el discurso es el déficit democrático. ¿Quién ha votado a la presidenta de la Comisión Europea? ¿Quién ha refrendado su agenda? La pregunta, repetida hasta la saciedad en los foros económicos, tiene una respuesta incómoda: nadie. La Comisión Europea no sale de las urnas, sino de un pacto entre gobiernos y grupos parlamentarios. Y desde ahí legisla sobre fiscalidad, energía, migración o libertad de expresión con un mandato que sus ciudadanos nunca han validado en las urnas.
Esa brecha entre representación y poder real es el caldo de cultivo del malestar. Hay quien sostiene que la UE funciona como un Gobierno tecnocrático que se escuda en el consenso para blindarse de la crítica. En contra pesa el argumento de que sin ese consenso, el proyecto europeo se desintegraría. El problema es que el consenso se construye cada vez más a base de sanciones, multas y reglamentos, y menos a base de convencer.
Regulación que expulsa a las empresas de Europa
El segundo eje del discurso es económico. La UE se ha convertido en la región más regulada del mundo en materia ambiental, digital y laboral. El resultado, según el análisis que circula, es que las empresas europeas se marchan o pierden competitividad frente a Estados Unidos y Asia. Un ejemplo citado: la retirada de operaciones portuarias en el sur de España hacia la otra orilla del Estrecho, donde la presión fiscal y regulatoria es menor. Si eso no es un problema de competitividad, que baje alguien y lo explique.
La paradoja es que Bruselas vende esas normas como protección al ciudadano. En la práctica, el coste recae sobre el contribuyente y sobre la industria. El discurso de Vance conecta con esa percepción: Europa se ha vuelto cara, lenta y burocrática, y encima da lecciones morales al resto del mundo mientras pierde peso económico.
El caso rumano y la censura que Bruselas no quiere ver
Uno de los puntos más incómodos del discurso es la referencia a las elecciones rumanas. Según el relato que se ha difundido, la UE habría presionado para no reconocer un resultado electoral adverso, bloqueando al candidato que no encajaba en el guion. Si eso es cierto, estamos ante un precedente grave: la democracia se respeta cuando vota lo que se espera. Cuando no, se activan los mecanismos de contención.
Ese es el núcleo del mensaje: la UE no censura por autoritarismo clásico, sino por corrección política. No prohíbe partidos, pero los aísla. No cierra medios, pero los ahoga con regulación y subvenciones selectivas. No encarcela disidentes, pero los señala como negacionistas. El resultado es un espacio público cada vez más estrecho, donde ciertas opiniones simplemente no se pueden decir sin coste.
El público que no aplaudió
Detalle revelador: la frialdad con la que fue recibido el discurso en el propio auditorio. Apenas aplausos. Los presentes entendieron el mensaje: si seguís por el camino de la censura, no contéis con Estados Unidos para defenderos. La amenaza, velada pero clara, es que Washington puede desentenderse de una Europa que considera que ya no comparte sus valores.
Eso abre un escenario nuevo. Durante décadas, la relación transatlántica se ha dado por supuesta. Ahora, desde la propia Administración estadounidense se cuestiona si merece la pena defender a un socio que persigue a sus propios ciudadanos por opinar. La pregunta ya no es si Europa puede contar con Estados Unidos, sino si Estados Unidos quiere contar con Europa.
La trampa de la deuda y el gasto público
Mientras tanto, la Comisión Europea anuncia planes de gasto de cientos de miles de millones de euros para defensa y transición verde. Dinero que no existe, que se crea de la nada y que acabará pagando el contribuyente vía inflación e impuestos. Es el viejo truco keynesiano: gastar hoy para no resolver nada mañana, y presentarlo como solidaridad.
El problema es que ese gasto no genera crecimiento, sino dependencia. Más deuda, más regulación y menos margen de maniobra para los Estados. La UE se ha convertido en una máquina de repartir dinero que no tiene, mientras los ciudadanos ven cómo su poder adquisitivo se desploma. Y si alguien protesta, ya sabe lo que le espera: el sello de negacionista.
¿Qué queda del proyecto europeo?
El discurso de Vance no va a tumbar la UE. Pero ha puesto el dedo en una herida que no deja de supurar: la distancia entre lo que Bruselas dice ser y lo que realmente hace. Una unión que nació para evitar guerras y ahora genera conflictos internos. Un proyecto que prometía libertad y produce regulación. Una burocracia que se presenta como democrática y no pasa por las urnas.
Al final, la pregunta no es si Vance tiene razón. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse un edificio construido sobre la ficción de que todos estamos de acuerdo. Porque el día que los ciudadanos dejen de creer en el relato, no habrá reglamento que lo arregle.