De 2,50 a 2,80 euros: la cesta de la compra sube más que el IPC
Seis hamburguesas de cerdo costaban
2,50 euros. Una semana después, el mismo paquete de marca blanca,
2,80. Treinta céntimos que en un carro de 30 euros apenas se notan, hasta que la suma de todos los «apenas» convierte esa compra en 60. La escena se repite con otros productos y en otras cadenas: en DIA, Lidl, Alcampo, Eroski y Carrefour el resultado sale, en general, peor. Y para redondear el cuadro, un tomate:
212 gramos, 0,46 euros.
La queja lleva casi dos años abierta y ha ido cambiando de protagonista —la hamburguesa, los churros, la palmera de chocolate, las naranjas, la entrada de cine— sin cambiar de conclusión:
esto no para de subir.
¿Por qué el IPC baja mientras la cesta de la compra sube?
Porque el índice no mide lo que la mayoría cree que mide. No baja el nivel de precios: se modera la tasa de crecimiento interanual. Los precios siguen subiendo; lo que se frena es la velocidad a la que suben. El matiz apareció pronto en la conversación y de poco sirvió: en la tele se repite que el IPC ha bajado y ese titular choca de frente con el ticket.
Con el indicador oficial rondando el
2%, hay quien califica de irreal incluso el
1,5% que se ha llegado a manejar. La brecha entre estadística y carro de la compra es el eje de todo: una cosa es que la subida se modere y otra que el precio baje. Nadie ha visto bajar nada.
Las subidas de precio que sí aparecen en el ticket
- Palmera de chocolate: de 1,50 a 2,20 euros. Setenta céntimos de golpe.
- Chocolate 99% de marca blanca: de 1,99 a 2,40.
- Tableta de chocolate blanco en Lidl: de 0,60 a 1,15 euros.
- Churros: 1,00 euros en diciembre de 2021, 1,10 en 2022 y 1,50 ahora.
- Entrada de cine: 3,90, 4,50, 4,90 y 5,40 en algo más de un año.
- Hamburguesas preparadas: de algo más de 4 euros a 5 justos.
No es solo la materia prima. Una ración de chocolate con churros en el centro de Madrid pasó de
3,90 a
4,70 euros, con la queja añadida de que la calidad también ha caído: churros hechos horas antes y un chocolate espesado a base de aditivos. El patrón se repite en casi todos los casos: menos producto, peor producto y precio más alto.
El mismo producto, tres precios distintos según la tienda
Las naranjas son el mejor ejemplo de que la
inflación no explica toda la factura. Un saco de
5 kilos a 8,50 euros en un establecimiento;
2 kilos por 5,40 en otro; y ese mismo saco de 5 kilos, en oferta, por
3,50 euros. Diferencias así no salen del IPC, salen de la política comercial de cada cadena y del formato elegido.
La carne mueve cifras parecidas. Hay quien compra la pieza de vacuno gallego a
9,70 euros el kilo y la pica en el momento, delante del cliente, mientras el mostrador clásico muestra la escalada de los últimos años: aguja de cerdo de
3,59 a 6,50, entrecot de
12,99 a 19,99, lomo embuchado de
9,99 a 17,70 y chorizo ibérico de
9,90 a 16,70. El desglose completo de esa cesta, partida a partida, es lo que deja la boca abierta.
¿A quién se culpa de la subida? Cacao, IVA y dinero público
Las explicaciones compiten y ninguna se impone. La primera es global: el
cacao se ha disparado en los mercados internacionales, y eso arrastra a todo lo que lleva chocolate, con la sospecha añadida de que parte del movimiento sea pura especulación. La segunda es fiscal: hay quien sostiene, recogiendo lo que le dijo un cajero, que el culpable es el
IVA y, por extensión, el Gobierno. La tercera apunta a los beneficios empresariales y a la falta de educación financiera, que impide buscar explicaciones alternativas al relato oficial.
Y una cuarta línea, más incómoda: el coste de vida se ha disparado mientras los salarios se quedan quietos, con la comparación de países donde se sobrevive con
400 euros al mes y un coste de vida solo un 30% o 40% inferior. El resultado sería un país sin clase media, con muchos sueldos que no llegan a fin de mes.
Comprar al corte, picar en el momento y tirar de congelador
La respuesta práctica que más se repite es volver a la tienda de barrio antes de que cierre. Pieza entera, elegida a la vista, una sola pasada por la picadora, sin envasar ni aditivos. Se hacen bolas de
200 gramos, se sazonan, se congelan las que sobran y se descongelan despacio antes de cocinar. Sale igual o más barato que el envase industrial y evita la fécula y demás rellenos que se venden a precio de carne.
A eso se suma la compra en cantidad cuando aparece la oferta, la frutería del barrio y la sospecha sistemática hacia las grandes superficies, que siguen captando la mayor parte del gasto. La estrategia funciona, aunque no compense una subida que no se detiene.
Queda un dato que descoloca: frente a un IPC que ronda el 2%, circula una estimación que sitúa el encarecimiento de la cesta de la compra entre el
30% y el 40% desde la pandemia. Y otro más doméstico: una palmera de chocolate ha subido
70 céntimos. Nadie ha explicado todavía cómo conviven las dos cifras.