El relato de inseguridad en San Sebastián y la factura del voto
¿Se ha convertido San Sebastián en una ciudad donde una chica de veinte años no puede volver sola a casa? Ese es el marco que ha llevado a primer plano un mensaje difundido por la cuenta @Unai Cano, en el que se recogen testimonios vecinales que describen robos y agresiones y los atribuyen a la inmigración marroquí. El texto, acompañado de un vídeo, incluye frases como «no se conforman con robarte, necesitan agredir» y sentencia que la capital guipuzcoana «se ha convertido en el Bronx». Ninguna de esas afirmaciones va acompañada de cifras de criminalidad. Y ahí empieza todo.
¿Qué sostiene el mensaje y qué se le opone?
De un lado, quien difunde el vídeo presenta la situación como una emergencia silenciada. Del otro, una parte de quienes responden lo descarta de plano: se trata, dicen, de un bulo de la ultraderecha, y «la gente está encantada con la inmigración» en la ciudad. Entre ambos extremos, la conversación rara vez baja al dato: no aparecen estadísticas de denuncias, ni comparaciones con años anteriores, ni desglose por barrios. Solo relatos, unos de miedo y otros de sospecha.
Lo llamativo es que el escepticismo no discute el miedo. Discute la causa. Y la causa que se pone sobre la mesa no es el número de delitos, sino el comportamiento electoral de la provincia. Ahí el asunto deja de ser policial y se vuelve político.
«Disfruten de lo votado»: el voto como argumento principal
La réplica más repetida tiene forma de sentencia moral. Si la ciudad vive así, es porque sus votantes siguen eligiendo lo mismo. «No tendrán tanto miedo cuando siguen votando lo mismo», resume una respuesta, que añade que ni siquiera se ha convocado una manifestación para protestar. La frase condensa la tesis dominante: la inseguridad sería el precio de un
voto que nunca cambia.
Desde el flanco opuesto llega el argumento inverso. Se recuerda que el partido que capitaliza el discurso sobre la inmigración apoya la llegada de trabajadores latinoamericanos, y se acusa a los votantes más vocales de repetir consignas sin exigir nada a cambio. En medio, la ironía más repetida: los que presumen de haber «parado a la ultraderecha» habrían pagado ese logro con un pequeño sacrificio ajeno.
Del miedo al cálculo: vivienda, ayudas y gasto municipal
Cuando la conversación baja al terreno económico, aparecen los números. La primera pregunta es de manual: ¿cómo se paga el alquiler en la ciudad más cara de España? Hay quien responde que muchos no lo pagan —viven en pisos sociales o directamente ocupados— y calcula que, con seis personas en un inmueble cobrando el ingreso mínimo vital, «entran 4.800 euros al mes» sin afrontar renta ni suministros. Es un cálculo que circula sin verificación y que debe leerse como lo que es: una afirmación más, no una estadística oficial.
La segunda cifra que se lanza es lingüística. Se sostiene que el Ayuntamiento de Rentería —tercera localidad de Guipúzcoa por población y penúltima por renta per cápita— mantiene un departamento de vascuence con al menos seis empleados, lo que arrojaría un gasto superior a 273.000 euros solo en nóminas. Exacto o no, el argumento apunta a una cuestión de fondo que trasciende este caso: la prioridad del gasto público local en municipios con rentas bajas.
El desglose, con tramos de nómina y gastos de oficina, procede de un mensaje del hilo y no se ha contrastado con las cuentas municipales.
El marco vasco: entre la nostalgia y el ajuste de cuentas
Ninguna conversación sobre San Sebastián escapa de su historia. Una parte de las respuestas no habla de inseguridad, sino de una revancha largamente esperada: quien durante décadas justificó la violencia etarra vería ahora su ciudad degradada, en un ajuste de cuentas que no aporta ni un dato. Es un registro que dice menos de la realidad de la calle que del rencor acumulado.
Convive con eso un tono más melancólico. El del vecino que añora una España donde volver del teatro de noche no daba miedo, y que interpreta la inseguridad actual como el precio de haber llamado
opresión a la tranquilidad. Y sobrevuela una comparación recurrente: mientras las provincias del norte se perciben en declive y envejecidas, Málaga «va como un tiro» y no carga con el coste de esas regiones. La geografía se convierte así en argumento económico, casi siempre sin datos que lo respalden.
Con miedo o sin él, con cifras o sin ellas, San Sebastián seguirá siendo, según una intervención del hilo, la ciudad más cara de España para alquilar.