Kissinger murió a los 100 años y el silencio sorprendió
Henry Kissinger murió a los 100 años. Un siglo de vida, una veintena de países con su huella, y la reacción más ruidosa fue el silencio. En el entorno más cercano de quien plantea el asunto, solo su madre sabía quién era; el resto no había oído el nombre. La paradoja es el punto de partida: el arquitecto de medio mundo contemporáneo fallece y la conversación pública apenas se mueve.
El contraste con otras muertes recientes de figuras públicas es el primer dato que llama la atención. Hubo más movimiento cuando murió la que se cita como «la vieja pirata». La hipótesis que se maneja es incómoda: el personaje no está de moda, y por eso no se discute. La muerte de un hombre de 100 años, se argumenta, no es noticia; lo es su biografía, y esa sí da para hilo largo.
Qué papel tuvo Kissinger en España
La tesis más repetida es que Kissinger fue el elemento correctivo que se presentó ante Juan Carlos I y, al ver por dónde iba el personaje, al día siguiente se produjo el giro. Se dice incluso que le entregó como obsequio un trozo de «piedra lunar», un detalle que se cita como muestra del estilo del personaje. La acusación de fondo es más dura: haber participado en la eliminación de la soberanía española y en la instalación de un régimen que convertía a España en un satélite intervenido. Su relación con el entonces príncipe y luego rey se describe como un enlace más de esa operación.
Hay quien va más allá y sostiene que ETA no nació en los montes vascos sino en Langley. Es una afirmación que circula sin prueba aportada y que conviene tratar como lo que es: una hipótesis que se lanza en la conversación, no un hecho establecido. Lo que sí se documenta en el intercambio es la lectura de los Pactos de Madrid de 1953 como la venta del país a Washington a cambio de conservar el poder hasta la muerte del dictador, y el nombramiento de Juan Carlos como heredero por imperativo estadounidense.
Carrero, el Proyecto Islero y la bomba que no fue
Uno de los hilos secundarios más jugosos es el del Proyecto Islero. La versión que se defiende es que España pudo haber tenido armamento nuclear operativo y que la paralización de ese plan cerró la puerta a una soberanía real. Sobre la muerte de Carrero Blanco hay dos lecturas enfrentadas: la oficial, que atribuye el atentado a ETA, y la que sostiene que fue una operación de otro tipo. La respuesta a esa segunda lectura es tajante: repetirla sin prueba es una teoría sin sustento. El intercambio se calienta y se queda ahí, sin resolución.
El otro bloque de discusión es el
franquismo tardío. Se distingue entre el franquismo temprano, descrito como un sistema deficiente sobre un país destrozado por la guerra, y el de mediados de los 60 en adelante, que se compara con el gaullismo: capitalismo estatal gestionado por una clase tecnócrata, con la diferencia de que el presidente no se elegía cada cierto tiempo. La autarquía inicial se explica por el aislamiento internacional y la destrucción de la posguerra, coincidiendo con la Segunda Guerra Mundial. Después, se argumenta, España llevaba buen camino en industria y natalidad, y ese camino se rompió justo en 1975-76.
La URSS como freno del neoliberalismo
La conversación deriva hacia un asunto que interesa al subforo: el papel de la URSS en el equilibrio occidental. La tesis que se defiende es que la URSS obligaba a los gobiernos occidentales a hacer concesiones al pueblo, y que su caída abrió la puerta a todo lo que vino después. La respuesta no niega la segunda parte, pero recuerda la primera: campos de concentración, ejecuciones, soldados que volvían de la guerra y acababan en el gulag. El reconocimiento de los logros científicos y editoriales soviéticos no borra el resto. El resumen que se impone es el de un juego de equilibrios, no el de un modelo admirado.
Cuba, los misiles y el punto muerto
Otra derivada es Cuba. La instalación de misiles soviéticos en la isla y el acuerdo posterior —retirada de los misiles a cambio de un pacto de no agresión— se leen como una bendición indirecta: llevaron la situación a un punto muerto del que nadie salió, y no fue el peor escenario posible para la isla. La objeción es inmediata: en los 90, con Rusia enfangada en secesiones, nadie movió ficha para cambiar el estatus de Cuba. La discusión se queda en ese forcejeo, sin cierre.
El personaje y su entorno mediático
El último tramo del intercambio se detiene en la imagen pública de Kissinger. Se menciona su afición al fútbol y su vinculación con el impulso del fútbol femenino, un detalle que aparece en un artículo sobre su muerte y que se cita como curiosidad. También se discute la operación de relaciones públicas: la elección de la vía de playboy alfa intelectual y el matrimonio posterior con Nancy, de la elite. Las actrices que se le atribuyen se enumeran como parte de esa estrategia de humanización. La conclusión que se extrae es que la imagen del personaje se construyó tanto como su carrera.
¿Se hablará más de él cuando muera el siguiente de la lista? La pregunta queda abierta, y con ella la sensación de que el silencio sobre Kissinger dice más del presente que del propio personaje.