Llueve en junio y los termómetros no llegan a 22 grados: el verano que los pronósticos no vieron venir
El mes de junio arranca con lluvias persistentes en buena parte de la península y temperaturas que se quedan por debajo de lo previsto. En Valencia, Galicia, Madrid y el sureste peninsular, los cielos encapotados y los chubascos han convertido lo que debía ser el pistoletazo de salida del verano en un ejercicio de contradicción entre lo que dicen las aplicaciones del tiempo y lo que se ve al asomarse a la ventana. Según varios testimonios recogidos en un foro, la Aemet habría pronosticado sol y calor donde luego caía un diluvio, y temperaturas de 29 grados donde el termómetro no pasaba de 22 a media tarde. La brecha entre predicción y realidad, según estos usuarios, empieza a ser
más que habitual.
El pronóstico que no cuadra con la ventana
La queja se repite con una insistencia que ya no parece casual. Aplicaciones móviles que anuncian cielos despejados mientras el horizonte se pone negro, previsiones de máximas que luego no se alcanzan ni de lejos, alertas que llegan tarde o no llegan. Un patrón que quienes siguen la meteorología con atención describen como un
desajuste creciente entre el dato oficial y la experiencia directa. No es un caso aislado: desde el norte hasta el sur, la percepción es que los pronósticos fallan más que una escopeta de feria, y que lo hacen siempre en la misma dirección, hacia arriba en temperaturas y hacia abajo en probabilidad de lluvia.
Hay quien sostiene que la explicación es más prosaica: un sistema climático cada vez más caótico, con fenómenos locales que se escapan a los modelos. En contra pesa el argumento de que la tecnología satelital y los radares deberían haber afinado, no empeorado, la predicción a corto plazo. Y en medio, una sospecha que gana adeptos: que la Aemet, como otros organismos, tiene incentivos para no desviarse del relato oficial de sequía y calor extremo.
¿Por qué la Aemet anuncia sequía cuando llueve en toda España?
La paradoja es difícil de sostener. Mientras los embalses siguen por debajo de su capacidad habitual y los titulares hablan de sequía agravada, el sureste peninsular registra las mayores lluvias de Europa en un episodio asociado a una DANA. Una zona tradicionalmente seca se convierte, durante días, en el
polo húmedo del continente. El contraste entre ese dato y el marco narrativo dominante es tan grande que algunos lo atribuyen a un piloto automático informativo: se repite el guion de la sequía aunque el cielo lo desmienta.
La respuesta oficial, cuando llega, suele apelar a la distinción entre tiempo y clima. Un episodio lluvioso no niega una tendencia secular. Pero esa distinción, correcta en términos científicos, se usa a menudo como comodín para no revisar nada. Si llueve, es variabilidad; si no llueve, es
cambio climático. El resultado es un marco que, como se ha señalado con sorna,
siempre gana: cualquier escenario confirma la tesis previa.
El negocio de la alerta y el desgaste de la credibilidad
Detrás del desajuste hay también una economía de la atención. Los medios viven de generar alarma, y el clima se ha convertido en el filón perfecto: sequías apocalípticas, inundaciones históricas, borrascas extremas. Cada episodio se presenta como inédito, aunque forme parte de la variabilidad normal. El problema es que ese exceso de dramatización tiene un coste: cuando el ciudadano comprueba que la catástrofe anunciada no llega, o que el sol previsto se convierte en tormenta, la credibilidad del conjunto se resquebraja.
No se trata de negar que el clima cambie. Se trata de constatar que el relato se ha vuelto tan rígido que ya no admite matices. Y que, mientras tanto, la predicción concreta, la que afecta al día a día, falla con una frecuencia que empieza a ser difícil de justificar.
Lo que dicen los datos frente a lo que dice el relato
El episodio de lluvias intensas en junio no es, en sí mismo, una anomalía histórica. Ha habido otros. Lo llamativo es la coincidencia entre un verano que arranca pasado por agua y un discurso público que sigue instalado en la emergencia climática permanente. Esa disonancia es la que alimenta la desconfianza. Y la desconfianza, una vez instalada, no se corrige con un comunicado.
Con estos mimbres, la pregunta ya no es si va a llover mañana. Es si alguien, desde los organismos oficiales, está dispuesto a reconocer que el pronóstico falla y que el relato se ha vuelto impermeable a la evidencia. De momento, el silencio es la única predicción que se cumple.