De 'El último hombre sobre la Tierra' a 'Soy leyenda': el remake como norma
Hay una generación entera convencida de que Will Smith inventó la historia del último superviviente en un Nueva York vacío. No lo hizo. Antes hubo un
remake con más acción en 1971 y, antes todavía, una
versión original de 1964 titulada «El último hombre sobre la Tierra». Tres películas, un mismo esqueleto y una sospecha incómoda: buena parte del cine que este siglo ha vendido como novedad es una reposición con más presupuesto. El fenómeno no es nuevo ni exclusivo de la ciencia ficción. Lo que sí es nuevo es la escala: hoy el reciclaje es la línea de producción principal de los grandes estudios.
El clásico que casi nadie sabe que tiene antecesor
El caso de «Soy leyenda» no es una excepción, es el patrón. «Scarface» tiene una versión de
1932 y otra de
1983 con Al Pacino; hay quien sostiene que el remake no solo honra al original, sino que lo supera. «El cabo del terror» (1962) se convirtió en «El cabo del miedo» (1991) con Scorsese detrás de la cámara. «La guerra de los mundos» pasó de
1953 a
2005. Y «El enigma de otro mundo» (1951) ya era un remake cuando se estrenó.
La lista se amplía sin esfuerzo: «La invasión de los ladrones de cuerpos» (1956), «La invasión de los ultracuerpos» (1978), «Secuestradores de cuerpos» (1993) e «Invasión» (2007). Cuatro versiones de la misma novela en medio siglo. El cine de género lleva décadas funcionando como una cadena de montaje donde cada generación rehace el molde de la anterior con mejores efectos y peor memoria.
¿Por qué tantos remakes se estrenan sin mencionar el original?
Porque reconocerlo cuesta dinero y prestigio. El caso más citado es el de «El juramento», el remake que Sean Penn rodó de «El cebo», uno de los mejores thrillers europeos, sin mencionarla ni en los títulos de crédito. La justificación habitual es que ambas parten de una novela, lo que permite saltarse el reconocimiento del filme intermedio. La jugada es legalmente discutible y moralmente cutre.
No es el único atrevimiento. «Psicosis» tuvo un remake plano a plano que su propio director rodó con la esperanza de que el experimento se entendiera como homenaje. La crítica lo entendió como lo que era. La diferencia entre homenaje y plagio suele ser el tamaño del abogado.
El sesgo generacional decide qué remake parece legítimo
Aquí está la clave que explica casi todo. A quien era adolescente en los noventa le pareció perfecto que Scorsese calcara «El cabo del miedo»: Gregory Peck y el blanco y negro sonaban a Pleistoceno. En cambio, el remake de «Robocop» pareció un insulto. La cuenta, sin embargo, es casi idéntica:
29 años entre una y otra,
27 años entre las dos siguientes. Una generación en ambos casos.
La conclusión es incómoda: si disfrutaste de una versión en su momento, es muy difícil que te enamore la nueva. No es un juicio estético, es memoria emocional. El original que viste primero ocupa el sitio y no lo suelta.
Cuando el remake supera al original: los casos que se defienden solos
Existen. «The Blob» de
1988 se considera superior a la versión de 1958, cuyo mayor aliciente era ver a Steve McQueen intentando actuar. «El talento de Mr. Ripley» (1999) rehízo «A pleno sol» (1960) con resultado más que digno. Y «El padre de la novia» acumula ya tres versiones:
1950, 1991 y 2022.
El remake más honesto es el que hace el propio director de su película. Michael Mann rodó «L.A. Takedown» en 1989 y la rehízo como «Heat» en 1995. Sam Raimi hizo lo mismo con «The Evil Dead» (1981) y «Evil Dead 2» (1987). Michael Haneke repitió «Funny Games» en 1997 y 2007. Cecil B. DeMille rodó «Los Diez Mandamientos» dos veces, en 1923 y 1956. Cuando el autor se copia a sí mismo, al menos no hay que fingir sorpresa.
El negocio del remake no va a parar, porque funciona: es la única apuesta que un estudio puede vender como segura en un mercado que ya no perdona el fracaso. La pregunta no es si habrá más. La pregunta es cuántas películas que hoy consideramos originales son, en realidad, la tercera o cuarta versión de algo que ya existía y nadie recuerda.