Casa sin licencia y pueblo vacío a las 8: el campo que no venden
El sueño del «comes lo que cultivas» se derrumbó en una sola tarde y por un motivo poco épico:
24 mosquitos. Un comprador acudió a ver una casa de pueblo con terreno, seducido por el relato de la autosuficiencia rural y por la idea de dejar de remar alquilando el piso de la ciudad. Lo que encontró fue una vivienda levantada sin arquitecto ni licencia, con fotos y recuerdos de un dueño fallecido y frutas podridas por el suelo. Mientras el comercial enseñaba la propiedad, aparecían vecinos, amigos del fallecido, a hablar de él. Le picaron
24 mosquitos en el rato que estuvo mirando el terreno. A las siete de la tarde, describe, se respiraba una vibración «entre deprimente y decadente».
El contraste con la ciudad es el meollo. Contaminación, ruido y vecinos incómodos, sí. Pero esa sensación de
vidilla en la calle no la da un pueblo a las ocho de la tarde, con todos escondidos en casa como hurones. Y no todo el mundo aguanta el silencio.
Insectos, perros y ruido: el campo que no sale en los folletos
Ninguna de las experiencias que se cuentan en primera persona coincide con el folleto. Un residente en un diseminado explica que al regar los aguacates tiene que ponerse repelente o llevar insecticida, porque le dejan las piernas y las manos llenas de ronchas. Mosquitos, sobre todo; hormigas y arañas también, aunque estas últimas apenas molestan. Otro añade una capa de realidad nocturna: los
perros de los vecinos ladrando y los pájaros piando al amanecer, sin que el dueño atienda a razones.
La respuesta de siempre —que los insectos son parte del ecosistema, que sin ellos no hay polinización ni frutos, y que las plagas puntuales dependen de aguas estancadas o de cosechas que actúan como alimento infinito— no resuelve nada a las tres de la mañana. Convivir con ellos es un mal menor, dicen. Fácil de decir cuando no tienes la pierna llena de picaduras.
El aburrimiento rural que, según un participante, acaba en alcohol y drogas
El diagnóstico más duro que aparece en la conversación es demográfico y de expectativas. Viviendo en pueblos del interior de Zaragoza o Teruel, o en zonas de Huesca y Lleida, lo que se repite no es el paisaje: es el aburrimiento. Y según la experiencia de un participante, el aburrimiento lleva al alcohol y a las drogas. Gente que se pasa el día puesta. Frente a eso, hay quien sostiene que en el campo no quedan universitarios, sino los que pudieron o quisieron quedarse.
La foto se completa con la falta de servicios. Los que estudian se marchan y rara vez regresan: los universitarios se van del pueblo y vuelven solo de vacaciones.
La casa ilegal, el vecino desconfiado y el dominguero
Cuando un urbanita compra o hereda una parcela en el campo aparece un patrón muy reconocible: construcciones sin arquitecto, tipo rectángulo o caja, a veces sin enfoscar, que no respetan el entorno ni el modelo constructivo anterior. Se meten dos perros, se viene el fin de semana a poner música y a hacer barbacoa, y se presume de
casita del campo. Los hijos, más tarde, usan el rectángulo para traer a los amigos y armar jaleo.
A eso se suma la desconfianza del lugareño. Hay quien describe a los paisanos como gente que te ve con doble intención, que cree que quieres algo que ellos todavía no han comprendido. Y en medio, los que llaman
domingueros: senderistas, ciclistas y moteros que aparecen por caminos que cruzan fincas privadas, cogen algún fruto y, si les recuerdas que aquello tiene dueño, te miran como si fueras un huraño egoísta. El recién llegado no entiende las reglas. El de siempre tampoco tiene interés en explicarlas.
El cálculo del huerto: el excedente se regala o se tira
La parte romántica de la autosuficiencia choca con la cuenta de la vieja. Las cosechas llegan de golpe y con plagas incluidas: manzanas que se pudren en el suelo y en el árbol, picadas por polillas que aparecen sin avisar. Tienes que deslomarte para todo el proceso y, al final, regalar o tirar casi todo el excedente. El cálculo es despiadado: hacer conservas de tomate o mermelada de manzana cuesta más de lo que vale el producto en el supermercado.
El huerto como terapia tiene su público. Como negocio, ninguno. Quien se muda al campo buscando autosuficiencia alimentaria acaba comprando en el supermercado igual que antes, solo que con un huerto mucho más caro y una espalda peor.
Los que defienden el rural: hospital a 15 minutos y pabellón para 5.000 habitantes
No todo el análisis va en la dirección del desencanto. Una parte sostiene que en el rural se vive mejor que en la capital, y lo concreta: mejores casas, mejores coches, mejor nivel de vida. Un municipio de
4.000 o 5.000 habitantes puede tener un pabellón deportivo completo, un campo de fútbol con césped impecable, un instituto sin masificar y un
hospital a quince minutos. Para quien se adapta, el campo ofrece espacio suficiente para montar un taller de carpintería, un huerto, árboles frutales, gallinas, un horno de leña o un telescopio. Esa mezcla no la da la ciudad.
La conclusión que se repite es incómoda: el campo no es para todo el mundo. El que se adapta, ya no se va. El que no, vuelve. Y el que llega con el folleto en la cabeza suele ser del segundo grupo.
Con el suelo urbano por las nubes, el campo debería ser la salida obvia. Y sin embargo, muchos vuelven. ¿Es el campo el problema, o lo es el relato que vendemos de él?