Diez años en Inglaterra: agradecimiento y rencor en el mismo país
Un español pasa cuatro años en Yorkshire, se gradúa con la matrícula pagada por la universidad británica y se marcha con la sensación de haber sido uno más. Otro lleva una década en Inglaterra, ha fregado platos y limpiado retretes, y escribe que la gente de allí es odiosa. Hablan del mismo país y del mismo siglo. La conversación que han abierto, a raíz del ataque de Southport y de las protestas que le siguieron, retrata mejor a quien emigra que al destino elegido.
Qué ocurrió en Southport y por qué reabrió el asunto
El detonante es un suceso con víctimas mortales, varias de ellas menores de edad, ocurrido en Southport. Sobre ese hecho, un relato que afirma residir en Inglaterra desde hace
diez años construye un alegato que celebra el ataque y desea más muertes. El rechazo fue inmediato, también entre quienes comparten algunas de sus quejas sobre el país. Le llueven reproches por reírse de la muerte de niños y por pedir cuentas a otros sobre su propia vida.
Por debajo del ruido hay un asunto económico reconocible: la emigración española a Reino Unido, las condiciones laborales que encuentra y el desencanto de una parte de quienes se fueron buscando lo que no había en casa. En el aire quedan las manifestaciones que siguieron al suceso, seguidas desde lejos por quien las menciona sin haberlas visto.
Los que se fueron y volverían a hacerlo
No todos los relatos son amargos. Uno detalla
cuatro años en Yorkshire: la universidad le pagó los estudios, se sintió uno más y guarda como recuerdo las pintas en el sindicato estudiantil. Otro asegura haber pasado
veinte años en Países Bajos sin hablar mal del país, hasta el punto de considerar familia a parte de sus vecinos. Un tercero, tras
cinco años y medio en Reino Unido, sostiene que la verdad está a medio camino y que el asunto tiene mucha tela que cortar.
El testimonio más citado en positivo es de quien se marchó para tener una oportunidad de prosperar que no veía en España y hoy dice estar prosperando con su familia. La fórmula se repite: agradecimiento, trabajo duro y discreción sobre los asuntos internos del país de acogida.
Cria cuervos, resume alguien desde el otro lado.
El resentimiento que no se cura con los años
Enfrente está la otra cara. El relato de arranque describe un conflicto laboral en un restaurante donde una compañera extranjera le empujaba e insultaba y donde, según su versión, los jefes británicos la defendían a ella. De esa experiencia extrae una conclusión general sobre el carácter de los ingleses y sobre el progresismo local.
La respuesta más repetida es una pregunta: si le disgusta tanto el sitio, por qué lleva allí una década. Otra intervención añade un contrapunto profesional:
«ya quisiéramos trabajar aquí como allí», al recordar sus años con empresas británicas. Y una tercera desliza la sospecha de que quien no aguanta su tierra tampoco aguanta la ajena, y que marcharse no arregla un problema que viaja en la maleta.
Del carácter nacional a los agravios históricos
La conversación deriva hacia la historia. Una corriente sostiene que Reino Unido solo ha perjudicado a España y que, si la isla se hundiera, no la echaría de menos; reconoce, eso sí, respeto por su capacidad industrial y tecnológica, hasta el punto de comprar equipo de sonido británico por considerarlo el mejor. La respuesta llega con nombres propios: Roma, los imperios coloniales, media Asia. Si hay que pedir cuentas por lo que hicieron los antepasados, no queda país inocente.
Aparece incluso una cita del expresidente francés Nicolas Sarkozy —
«de todos los continentes del mundo, Europa es el más brutal»— usada como munición en un cruce de reproches donde la memoria se corta siempre en el punto que conviene. Quien reclama veinte siglos de agravios recibe como respuesta que su propia tierra también fue provincia de otros.
El giro hacia la inmigración y la convivencia
Hacia la mitad, el foco se desplaza. Ya no se discute si los ingleses son simpáticos o insoportables, sino la convivencia con las comunidades migrantes, la inseguridad percibida en barrios concretos y la política de integración. Se lanzan afirmaciones sobre redes de explotación y sobre delincuencia atribuida a colectivos concretos sin aportar datos, y se repite la tesis del llamado
gran reemplazo, una teoría sin respaldo empírico que se apoya en declaraciones gruesas en lugar de en cifras.
El intercambio se vuelve simétrico: los mismos reproches que se dirigen contra los británicos se dirigen contra los recién llegados a España. Una frase lo resume: «aquí se portan igual y no somos ingleses». Desde Italia llega un relato distinto, el de quienes sostienen que los migrantes asentados se integran, beben en la calle y comen cerdo, y que las tensiones graves no llegan.
Un dato para cerrar. Quien más grita lleva
una década en el país que dice odiar. Quien más ha vivido fuera —
veinticinco años— no dedica ni una línea al rencor. Diez años dan para aprender un idioma, un oficio y una cultura. También, al parecer, para alimentar un cabreo que no caduca.