Lingotes de oro y plata contra bitcoin: la guerra que no cesa
El bitcoin ha superado los 52.000 euros y ha dejado en evidencia a quienes apostaron por los metales preciosos. O al menos eso sostiene quien abre el fuego: «Seguid comprando lingotillos de
plata, de oro... Mientras los que compraron bitcóin dando saltos de alegría con el bitcóin en subida vertical sin descanso ya por los 52000 euros». La provocación no se queda ahí. El autor del mensaje se incluye a sí mismo entre los perdedores: «yo también confié en el oro y la plata y yo también me equivoque».
La discusión que sigue es menos sobre metales y más sobre una pregunta incómoda: ¿por qué el inversor español medio sigue mirando la criptomoneda con recelo cuando ya lleva años cotizando a precios que habrían multiplicado cualquier cartera?
El bitcoin a 52.000 euros: la cifra que incomoda
El dato que vertebra toda la discusión es el precio. El mensaje inicial fija el bitcoin en
52.000 euros y, en el tramo final del intercambio, alguien actualiza: «90.000 ya... y parece no tener techo». La horquilla temporal entre ambas referencias es lo que más escuece entre quienes defendieron el metal.
Un cálculo que circula en el intercambio compara el rendimiento de un depósito bancario tradicional con una entrada mínima en cripto. Para sacar
70 euros limpios con un depósito a tres meses en un banco convencional hacen falta unos
10.000 euros inmovilizados. Para obtener esa misma rentabilidad metiendo dinero en bitcoin dos meses antes y vendiendo después, según ese mismo cálculo, bastarían
100 euros. La conclusión que se extrae: si sale mal, la pérdida es asumible; si sale bien, el retorno relativo es idéntico al del depósito pero sin bloquear liquidez.
Hay quien rebate con la letra pequeña. La conversión a euros, el paso por el banco y la declaración a Hacienda son el filtro que muchos esgrimen como freno. La respuesta de quienes ya lo han hecho es tajante: «Yo ya pase dos inspecciones de hacienda con declaración de criptos por medio y no paso nada». El trámite existe, pero no es el muro infranqueable que algunos describen.
¿Por qué se sigue desconfiando del bitcoin en España?
La desconfianza tiene raíces concretas. Una parte del análisis sostiene que el bitcoin es útil al sistema aunque se presente como antisistema: «lo usan ya y comercian con él todos los bancos, algunos estados y grandes fortunas». Es decir, la criptomoneda no sería una amenaza para el orden financiero, sino una pieza más de su engranaje. Esa misma corriente advierte de que su precio puede manipularse y de que «cuando las élites decidan que caiga y se arruinen todos caerá como ha pasado con otras criptos que se han volatilizado».
Frente a eso, el argumento de los metales se apoya en la tangibilidad. El oro y la plata «nunca pierden valor a la hora de comerciar», mientras que todo lo que no sea físico es «pan para hoy y hambre para mañana». La crítica al dinero fiduciario se extiende al respaldo: se recuerda el episodio en que Francia reclamó en oro los dólares que acumulaba y se encontró con que el respaldo era papel mojado. La conclusión que se extrae es que cualquier moneda respaldada por un Estado es, por definición, una promesa revisable.
El contraargumento llega desde el flanco tecnológico: un pulso electromagnético o un apagón masivo borraría los bitcoins, pero no fundiría un lingote. La respuesta es que el oro también es vulnerable a la expropiación estatal: «El principal ladrón es el estado y para él es más fácil robarte tus lingotes en caja de seguridad que la wallet de bitcoin».
El cálculo que nadie termina de cuadrar
La discusión deriva hacia el terreno de la rentabilidad real. Un ejemplo que se lanza: quien compró 1.000 bitcoins a precios irrisorios tendría hoy, a los precios manejados en el intercambio, una fortuna de ocho cifras. La pregunta que sigue es la de siempre: ¿dónde está el problema? ¿Que no se venden?
La respuesta más repetida es que el problema no es vender, sino el momento. El bitcoin cotizaba ya en el entorno de los
50.000 euros a finales de 2021. Quien compró entonces y mantuvo la posición no ha visto multiplicarse nada. La rentabilidad extraordinaria se concentró en quienes entraron cuando valía céntimos o unos pocos dólares. Para el que llega ahora, el margen para doblar la inversión es, en el mejor de los casos, lento.
Ahí aparece la comparación con otros activos. Las acciones de
Nvidia han sido más rentables en el mismo periodo, según se apunta en la discusión. Y el oro, pese al desdén, sigue teniendo compradores que no buscan multiplicar, sino conservar. La pregunta que sobrevuela es si el bitcoin es una inversión o una apuesta. La respuesta más citada: «invertir en Bitcoin es como jugarte la pasta en un casino».
La trampa de la memoria selectiva
El intercambio tiene un momento de autoconciencia que desarma a propios y extraños. Alguien recuerda que el mismo que ahora se ríe de los metaleros se reía antes de los criptoentusiastas: «Del creador de “los invertidos en oro a 1600$ onza van a perder el 40% y me pongo conservador” y “el Bitcoin va a desplomarse, me lo han soplado de las altas esferas”». La coherencia, en este terreno, es un bien escaso.
La discusión también deja un dato de contexto que explica por qué el metal tiene arraigo en España: la operativa con metales preciosos no se popularizó hasta hace relativamente pocos años, y exige un conocimiento técnico que no todo el mundo tiene. El bitcoin, en cambio, se compra en un móvil. Esa facilidad es a la vez su virtud y su condena.
El cierre del intercambio no resuelve nada. El bitcoin sigue subiendo, el oro sigue en las cajas de seguridad y cada bando espera el momento en que el otro tenga que tragarse sus palabras. La única certeza es que el que compró a céntimos ya no discute: mira desde la barrera.