Bitcoin: 21 millones de unidades y la pregunta por su subyacente
Un activo que no reparte dividendos, no paga intereses y no lo respalda ningún banco central habría multiplicado por casi tres el dinero de quien compró pequeñas cantidades cada semana durante cuatro años, según un cálculo que circula en el propio debate. La pregunta de fondo, la que nunca se termina de responder, no es cuánto vale el bitcoin: es
qué sostiene ese valor. El subyacente.
Se define en tres líneas: dinero digital protegido con criptografía que circula en una red descentralizada de ordenadores, propuesto en 2008 bajo el seudónimo de
Satoshi Nakamoto y lanzado en 2009 como software de código abierto. Con semejante carta de presentación —emitido por nadie, garantizado por matemáticas— la controversia estaba servida desde el primer bloque.
¿Qué es el bitcoin y de dónde sale su oferta cerrada?
Tres piezas explican el invento. La red funciona
entre pares: no hay banco ni gobierno que valide, sino miles de nodos que comprueban y registran cada operación. La
blockchain es el libro donde quedan escritas todas las transacciones, encadenadas bloque a bloque, sin posibilidad de reescribir el pasado. Y la minería es la subasta que reparte el trabajo: los nodos compiten resolviendo problemas matemáticos y cobran bitcoins nuevos más las comisiones de cada envío.
La escasez es la otra pata. El protocolo fija la emisión máxima en
21 millones de unidades, cada una divisible en ocho decimales. No se pueden duplicar, ni falsificar, ni intervenir. Ahí está la gracia según quienes lo defienden: se sostiene que ningún otro objeto reúne a la vez esas cualidades, ser único, divisible, intercambiable y guardable sin que se entere nadie.
¿Cuál es el subyacente del bitcoin?
La respuesta más repetida entre los partidarios es contraintuitiva: el respaldo es precisamente que
no hay emisor. Si un sistema monetario funciona solo con internet, energía y matemáticas, ningún agente externo puede manipular la política monetaria ni censurar pagos. La única amenaza sería que los gobiernos fueran honestos y gastaran con cabeza.
A esa tesis se le objeta que parte de un error de base. Una moneda no es una fracción de la riqueza de un país, ni convierte a su tenedor en accionista del Estado, ni obliga a nadie a entregarle una parte proporcional del patrimonio nacional al cambiarla: es una
unidad contable con capacidad de extinguir deudas. Y el dólar no está respaldado por el oro desde hace medio siglo, por mucho que se repita.
Otra lectura, más cínica, sitúa el respaldo fuera del activo: el subyacente del bitcoin sería la máquina de imprimir billetes y la mala política fiscal. Cuanto más se emite y más se recauda, mejor le va. El ejemplo venezolano —el fajo de billetes necesario para comprar un limón— se cita como ilustración de lo que ocurre cuando la emisión se descontrola.
Y una pregunta lateral, la más incómoda: ¿cuál es el subyacente del oro? Ninguno. Tienen subyacente los objetos que en sí mismos no valen nada y se cambian por otro que sí, como las fichas de un casino, que solo valen lo que el cajero esté dispuesto a dar por ellas. En la cadena de comparaciones alguien apela al caso de Linux: un sistema operativo sin empresa detrás que acabó dominando móviles, nube, inteligencia artificial y superordenadores.
De los tulipanes holandeses al oro digital
La comparación con la burbuja de los tulipanes holandeses es el reproche clásico: vale lo que la gente diga que vale, y nada más. Los matices que se oponen a esa lectura son tres. Es digital, luego se mueve al instante y al margen del fisco, las aduanas, la policía y las sanciones internacionales. Una burbuja crece, pincha y se acabó; el bitcoin lleva cayendo y subiendo desde
2011, cuando pasó de 32 dólares a un céntimo.
Y tiene rasgos de metal precioso, con matices: cantidad limitada —en el oro, solo aproximadamente—, imposibilidad de falsificarlo con los medios actuales y una masa de gente que paga porque cree que otros pagarán después. De ahí la etiqueta de
oro mejorado que usan sus defensores más entusiastas: proteger la riqueza de la inflación y de la confiscación.
Fe, ciclos y precios objetivo
Si no hay activo detrás, queda la fe, y la fe se mide. La tesis escéptica lo compara con una religión: el valor sube cuando entran nuevos convencidos y baja cuando los que están venden y no aparece nadie al otro lado. Conclusión de ese planteamiento: en dos años puede valer un millón de euros o un euro.
Frente a eso, los que operan con el gráfico delante sueltan cifras concretas. Hay quien asegura que
ni subirá de 300.000 ni bajará de 40.000 en los próximos dos años, y que la zona de venta razonable está entre 120.000 y 180.000. El mismo relato incluye compras y ventas concretas: venta en el entorno de los 50.000 dólares en 2021, recompras a 33.000, 30.000, 21.000 y 19.000 con una media de 25.000, y venta de lo comprometido en 2022 a 68.000. Todo aderezado con la idea de que aquí manda la psicología de masas, un ciclo de codicia y miedo que se repite con los mismos patrones.
El cálculo que más incomoda a los escépticos es el de las aportaciones periódicas. Comprar 10 euros de bitcoin cada semana entre el 12 de marzo de 2020 y el 6 de marzo de 2024 habría convertido
2.080 euros en 5.900, un 183,49% de rentabilidad, según el simulador que se cita para hacer la cuenta. La trastienda psicológica también se discute: quien compró en los picos de 260, 1.000 y 20.000 dólares fue señalado como incauto durante años, y el tiempo ha ido poniendo esa etiqueta en otro sitio.
Energía, internet y el riesgo de que alguien tire del cable
Los reparos técnicos no son menores. El primero es el gasto energético que exige sostener la red. El segundo, la dependencia de infraestructuras que no controla: mañana los consorcios que gobiernan internet podrían decidir borrar cualquier cosa parecida a esto, y la red quedaría reducida a mensajes entre envases de yogur y un trozo de nailon. Que algo cuyas virtudes se justifican en su incorruptibilidad dependa de la red que despliegan otros es, como mínimo,
perturbador.
También hay quien lo dice sin rodeos desde la cuenta de resultados: no deposita su patrimonio en algo que desaparece si se va la luz o se corta la conexión. Al otro lado, la réplica inmediata: con esa regla de seguridad, ninguna inversión digital sobreviviría a un apagón generalizado, y el valor inmobiliario tampoco está para fiestas si el sistema se cae del todo.
El Salvador y el impuesto como coartada
El experimento que más se cita está en El Salvador, el país que declaró el bitcoin moneda de curso legal. Su presidente lo resumió en una frase que circula como meme y como argumento: si el Gobierno puede imprimir dinero ilimitado de la nada, ¿por qué cobra impuestos? De fondo está la sospecha de que muchos tributos existen para sostener la ficción de que financian al Estado.
La versión amable de ese argumento no pide la desaparición del Estado, sino otra cosa: los gobiernos realmente honestos serán los que renuncien a emitir y se limiten a recaudar en una moneda que nadie pueda manipular. Puede que eso no lo veamos nosotros, admiten, sino los que vengan detrás. El Salvador sería el principio, no el final.
Con la tesis del tulipán y la del oro digital sobre la mesa, y con un cálculo de rentabilidad que zanja discusiones en dos líneas, la pregunta inicial sigue sin respuesta cerrada. ¿Y si el subyacente no fuera un activo, sino la certeza de que ya nadie podrá imprimir más?